
Libro
Quinto
Crónica
de los sitios geográficos reales en
los que transcurren las acciones de los mitos y leyendas del
Paraguay.
Introducción
Antes
que nada queremos destacar unas sentidas palabras de agradecimiento
a la gente que nos ayudó en la empresa de recorrer los sitios geográficos
reales relacionados con mitos y leyendas de nuestro país. Casi anónimos,
ya que en estas páginas encontrarán algunos de sus nombres y/o
testimonios, estas personas pusieron la mejor buena voluntad para
ayudarnos en nuestras búsquedas y viajes.
No
pretende éste capítulo cerrar
una investigación que aún puede extenderse, sino marcar un camino
en este sentido. Un camino que de algún modo dejara abierto Narciso
R. Colmán con aquellos parrafitos en los que citaba nombres de
personas y lugares en los que el misterio se enseñoreaba manifestándose
de diversas formas.
Hemos
andado muchos kilómetros en este recorrido. Los hemos hecho de
todas las formas en ómnibus, en automóvil, en moto, en bicicleta,
a pie... Hemos saludado a cada persona con la que nos hemos cruzado.
Siempre obtuvimos respuestas que nos ayudaron a seguir adelante.
Nadie dio vuelta la cara ante nuestros requerimientos lo que habla a
las claras del profundo sentido de la hospitalidad de nuestra gente.
Sabrán
disculpar la calidad de nuestras fotografías, pero están hechas
por aficionados y poseen ante todo un valor documental más que artístico.
Cada
palabra de estas crónicas es la simple realidad que hemos vivido.
No incluimos en estas líneas ni un poco de fantasía con el propósito
de que ustedes, los lectores puedan conocer los sitios por los que
anduvimos con total objetividad.
Existen
sí cosas inexplicables como las huellas sobre la piedra, por
ejemplo, pero comprobables por los ojos de quien quiera acercarse a
ver. La sinceridad ha sido nuestro principio al elaborar las crónicas.
Vayamos a ellas.
Yaguarón
LA
CIUDAD ACTUAL
La
ciudad de Yaguarón, situada sobre, o mejor dicho atravesada por la
Ruta nº 1 se encuentra entre las localidades de Itá y Paraguarí,
y está signada por las leyendas. La Iglesia de San Buenaventura, el
Cerro Yaguarón, el Museo “Dr. Francia” y un poco más allá la
Compañía Mbáe Sa Guasu, marcan lugares que, en aquellos relatos
que han quedado en la memoria del pueblo, aparecen como escenarios
de aventuras memorables.
La
ciudad de Yaguarón es nuestro primer destino en estas “crónicas”
que pretenden dar fe de los sitios reales que la imaginación, o tal
vez algunos hechos misteriosos, han relacionado para siempre con los
mitos y leyendas de nuestra tierra.
EL
MUSEO, SITIO DE VISITA OBLIGADA.
En
primer lugar nos dirigimos hacia el Museo “Dr. Francia”, situado
a tan sólo dos cuadras de la referencia más importante de la
ciudad: la Iglesia San Buenaventura. Allí conversamos amenamente
con la encargada y pudimos observar las poquísimas piezas del
museo: “Es que esta casa se recuperó vacía y las piezas que hoy
podemos mostrar proceden de donaciones voluntarias. Aquí vivió el
padre del Dr. Francia, don José Engracia García Rodríguez, que
habitó en el tiempo en que la Corona Española le nombró
Administrador de Tabacos de Yaguarón”, dice nuestra anfitriona.
Cuatro
maniquíes que muestran los supuestos rasgos del Dr. José Gaspar
Rodríguez de Francia en diferentes edades, vestidos con atuendos de
la época, se encuentran en una de las habitaciones. Se destacan
también en el lugar las fotografías de la hija del Dr. Francia (¿la
Niña Francia de la leyenda?) y la nieta, esta última emparentada
con los Peña que fueron propietarios de la famosa Quinta de Yvyrai,
lugar de residencia de “El Supremo”, en el barrio Trinidad de
Asunción, de la cual hablaremos en capítulo aparte pues se
relaciona con la Leyenda de la Niña Francia.
RUMBO
AL MISTERIOSO CERRO YAGUARON
Caminamos
ahora hacia el Cerro Yaguarón. Nos acompaña, Rubén Darío Oviedo,
joven de 19 años que se ha pasado la infancia recorriendo los
lugares que ahora buscamos documentar. Transitamos por la Ruta Nº 1
a pie hasta llegar a la curva de entrada a la ciudad –estamos
realizando el camino inverso al de nuestra llegada, como si nos
dirigiéramos hacia Asunción– donde nos adentramos hacia la
izquierda. Cruzamos el Cementerio y seguimos andando unas cuántas
cuadras más en zigzag, primero a la derecha y luego a la izquierda,
a la derecha y a la izquierda hasta llegar al pie del cerro. “Hay
tres caminos para subir y bajar del cerro –nos explica nuestro guía–
uno de ellos está avanzando hacia la derecha, es como una calle y
es el más accesible, el otro es éste que está aquí frente a
nosotros. Es el camino del Vía Crucis, las cruces que están cada
tanto en la ladera del cerro señalan las últimas estaciones. Este
Vía Crucis comienza en la iglesia y termina en la cumbre del cerro.
Y el tercer camino es una escalera que se ha construido en la roca
misma y está en
aquella punta, hacia la izquierda”. Conocer los tres caminos es
nuestra propuesta.
Allá
vamos. Decidimos trepar primero por el camino del Vía Crucis. El más
difícil según nuestro guía. Es escarpado y hay que ir pisando en
rocas salientes pues las piedras sueltas en cualquier momento pueden
provocar el resbalón. Una vez arriba, nos dirigimos hacia el
extremo que apunta a la ciudad. Desde allí apenas podemos
distinguir el techo de la iglesia debido a la gran cantidad de árboles
que crecen a su alrededor, una fracción de la ruta, el cementerio y
algunas callecitas.
La
mayoría del pueblo está bajo los árboles.
Hacia
el horizonte, la cordillera. Las suaves pendientes que dibujan una
hondonada como recortada a tijera. Nebulosas se ven aquellas alturas
por efecto de la distancia.
LAS
LÁGRIMAS DE KERANA
A
escasos 50 metros del lugar donde alcanzamos la cumbre se encuentra
un ykua pequeñito. Apenas
un hilo de agua, casi imperceptible, brota desde una roca en forma
de pequeña olla. Seguramente el agua lo ha formado con su incesante
fluir. Aquí lloró de pena Kerana.
Lloró hasta la muerte. “Esto, durante semana santa estaba todo señalizado.
No sé por qué habrán sacado los carteles”, dice Rubén Dario.
Los pobladores de la zona no relacionan el ykua
como el lugar donde Kerana
llorara hasta quedarse sin lágrimas, hasta la muerte. Pero tampoco
saben dar nombre a esta pequeña surgente en la cumbre del cerro.
Aunque después de leer a Narciso R. Colmán en Ñande
Ypykuéra, yo no puedo dejar de imaginarme a Kerana
en aquel momento. Destruida por todo lo que le había sucedido en su
corta vida. Apagada su belleza. Hecha jirones de llanto, agonizando
en este lugar que habrá sido mucho más inhóspito en aquel
entonces tan lejano.
LAS
HUELLAS EN LA PIEDRA
Frente
al ykua, a escasos diez
pasos, se encuentran las “huellas sobre la roca”. Se trata de
dos pisadas correspondientes a un paso humano. Al contrario de lo
que he hemos leído en algunos libros, las pisadas son de un tamaño
normal, en otras palabras, huellas de un ser humano. Algunos autores
han mencionado que se trataba de pisadas de gran tamaño. Otros las
atribuyen, dada esa característica, al pombéro
y en Yaguarón los pobladores dicen que son las pisadas de Santo Tomás
(en algunas versiones se menciona que desde una roca Santo Tomás se
elevó hacia los cielos dejando sus pies marcados en la piedra). Por
su parte, Rosicrán menciona en el Génesis de la Raza Guaraní que
se trata de una patada de “rabia” dada por Tau, maldiciendo a Tume
Arandu y jurando venganza por la muerte de sus hijos. Lo cierto
es que las huellas en la roca no dejan de ser misteriosas. Escapa a
nuestros conocimientos el considerar las posibles causas que dejaron
esas pisadas grabadas en aquel lugar. ¿Qué extraña combinación
de la realidad y lo sobrenatural pudo habernos legado ese documento?
¿De qué época histórica datarán? Misterios que sólo los
especialistas podrían aclarar.
RUMBO
A LA GRUTA
Desde
el lugar donde se encuentran las huellas, bajando y en dirección al
pueblo, nos encontramos con un camino muy estrecho en la escarpada
ladera del monte. Por este camino hacemos un recorrido que no deja
de ser riesgoso pese a algunas barandas bastante deterioradas. Es el
camino a la cueva o gruta. Después de algunos esfuerzos logramos
llegar hasta ese lugar. Una inscripción la nombra como Cueva de
Santo Tomás. En cambio, volviendo a la obra –única en su género–
Ñande Ypykuéra, podemos
leer que en esa cueva fue donde Tume
Arandu y su tribu destruyeron a los siete hijos fenómenos de Tau y Kerana, o sea a Teju
Jagua (que era quien habitaba ese lugar sin poder abandanarlo
dada su deformidad), Moñái, Jasy Jatere, Kurupi,
Luisõ, Mboi Tui y Ao
Ao, quienes murieron junto a la inmolada Porãsy,
hija de Marangatu.
La
gruta, en realidad no es tal, pues no se trata de una excavación en
la roca sino que las piedras que cayeron, producto –me atrevo a
afirmar– de alguna explosión de origen geológico, formaron una
especie de “casa”, bastante estrecha.
En
algunas de las
diferentes versiones que existen de la Leyenda de Santo Tomás, se
dice que el Santo vivió sus primeros días en estas tierras en una
cueva. Tal vez por eso los pobladores de Yaguarón la nombran de
esta forma.
Conviene
aclarar que, lo que en Rosicrán podemos encontrar como Moñái Kuare, los mismos pobladores afirman que se trata de otro
sitio, fuera de los marcos del cerro Yaguarón pero no muy alejado,
pero no hemos encontrado quien nos guíe hasta allí. El sitio
parece perdido en los rizos del olvido.
EL
CERRO TIENE SUS VUELTAS
Una
vez recorridos los sitios antes descritos, y documentados fotográficamente
los mismos, nos dispusimos a bajar por el sendero que antes se
presentaba a nuestra izquierda (“la escalera” según nuestro guía)
y ahora tenemos a nuestra derecha, mientras observamos el pueblo de
Yaguarón. No fue tan “dulce” como pensábamos el descenso. Un
camino tanto o más extenso que aquel por el cual trepamos. Sembrado
de dificultades en la primera parte y con unas gradas de piedra
bastante altas un poco más abajo. El cansancio no nos ayudó a
hacer de este descenso algo más relajado. Nuestra fuerzas se
agotaban. Trepar cerros como éste y descenderlos no es tan fácil
como pudiera parecer a simple vista. De todas formas la experiencia
vale la pena.
Quisimos
conocer la tercera vía: la más fácil según nuestro orientador.
Allí fuimos entonces, de un extremo al otro, siempre andando al pie
del cerro. Ante nosotros una especie de calle enripiada asciende
nuevamente hacia la cumbre del cerro.
Hicimos
una pausa antes de acometer la dura empresa. Una vez recuperados
iniciamos el segundo ascenso. Ciertamente fue mucho más tranquilo
que el primero. Este camino conduce a la segunda mitad de la cumbre.
En ella reina la vegetación. Esta mitad se encuentra en la parte
opuesta al pueblo de Yaguarón y no es visible desde aquel. Un
palmeral impone su presencia y entre las palmeras (mbokaja)
existen parcelas que son cultivadas por algunos campesinos que
afirman que se trata de propiedad privada.
Para
mejor descripción diremos que nuestro cerro posee la cumbre trunca,
como si alguien le hubiese cortado la punta. De esta forma la
“cumbre” es una extensión bastante amplia del terreno, más o
menos irregular pero en general plana, por la que uno puede moverse
como si estuviese en una amplísima terraza de varias hectáreas de
superficie. De un lado, pura piedra, del otro pura vegetación.
¿OTRA
LEYENDA ESTA NACIENDO EN LA CUMBRE DEL CERRO?
Atravesamos
el bosque que tenemos ante nosotros y volvemos a salir a la parte
rocosa.
El
sol aprieta nuestras cabezas. El sendero más cercano para bajar,
después de andar entre monte
y salir nuevamente a la punta rocosa que mira al pueblo, es la
“escalera”. Pero antes divisamos algo que se nos había pasado
por alto. En esta cumbre plana existen dos elevaciones del terreno.
Como pequeñas montañitas. Suponemos que para un alpinista esa, la
más alta, debe ser la verdadera cumbre. Cumbre sobre la cumbre.
Preguntamos
a nuestro guía acerca de si existe sendero para trepar a aquel
lugar que a la distancia se ve muy enmarañado, lleno de árboles a
simple vista espinosos y ahora grisáceos por la prolongada sequía.
“Sendero hay pero no podemos ir hasta allí”, nos dice y ante
las nuevas preguntas dice: “Hace mucho tiempo que nadie se anima a
ir allí”. Un silencio caliente salta, da tres vueltas en el aire
y cae sobre el grupo, entonces el guía explica: “Allí, se dice,
cuentan, que se suicidó un hombre. Era muy malvado según parece.
Se ahorcó en esa cumbre. Hace muchos años. El póra
ronda sobre todo al mediodía que es la hora en que se mató. Una
chica subió sin saberlo hace poco y demasiado grande le asustó el
fantasma de ese señor”. Miramos nuestros relojes. Las agujas
marcan las doce en punto. El guía no quiso acompañarnos. Nosotros
preferimos quedarnos con la duda. Tal vez una nueva leyenda esté
naciendo en la cumbre del Cerro Yaguarón.
EL
TEMPLO SAN BUENAVENTURA
Hemos
dejado para lo último esta visita a la Iglesia San Buenaventura.
Joya del estilo barroco que predominó en las construcciones
franciscanas del siglo XVIII. Su fundación data de 1755
aproximadamente. Buscábamos en el templo, además de observar la
belleza de su altar mayor, los retablos, el púlpito y la sacristía,
que conocíamos de referencia; un bajorrelieve que, según menciona
Concepción Leyes de Chávez, en su libro “Río
Lunado”, página 102, existiría en la iglesia, mostrando la
lucha entre un indígena (sería el Guarán de la leyenda titulada
Yaguarú) y el monstruo de la mitología guaraní llamado Jaguaru.
Lo único similar es un bajorrelieve circular que se encuentra
adosado a la pared del frente del templo, a un costado de la puerta
y que, según datos de la persona que allí guía a los visitantes,
habría estado en la parte superior del frente, encima de la puerta
principal. En dicho bajorrelieve se aprecia a un guerrero luchando
con una lanza contra un animal. Según referencias de la misma
persona, en tiempos pasados se podía ver bien que se trataba de un
guerrero romano luchando con un león y que existirían fotografías
que lo demuestran. Lamentablemente ninguna de esas fotografías se
encuentran en el templo. Este bajorrelieve es lo único que se
asemeja a lo mencionado en aquel libro. Dados los hechos tendremos
que concluir que la imaginación de Concepción Leyes de Chávez
transformó al guerrero romano en un indígena y al león en Jaguaru,
ubicando el bajorrelieve en la pared posterior del templo y no en el
frente como comprobamos in
situ.
EL
VALLE DE SA GUASU
Decimos
adiós al templo de San Buenaventura con sus tallas exquisitas
recubiertas con pan de oro y nos encaminamos al valle Sa
Guasu abandonando Yaguarón. Una leyenda que se inscribe en este
mismo libro da nombre a este lugar. Viajamos en un ómnibus que
recorre las compañías cercanas a Yaguarón. Hoy en día se le
llama Compañía Mbáe Sa Guasu y se encuentra ubicada en el camino que va de Yaguarón
hacia Pirayú, antes de llegar a la serranía. Nada de particular
encontramos en esta compañía. Campesinos trabajadores, alejados de
la leyenda del monstruo antropófago. Sólo algunos pobladores la
conocen, muy pocos. Y nadie teme, hoy en día andar por los caminos
antiguamente asolados por el cíclope de nuestra mitología.
Atyrá
Atyrá
es otra ciudad-referencia cuando hablamos de mitología y leyendas
de nuestra tierra. Su pasado cargado de historias y su presente
pleno de realizaciones comunitarias llamaron nuestra atención y
movieron el interés para que sea la segunda ciudad en nuestra larga
lista de viajes y visitas. A Atyrá se llega desde Altos y desde
Tobatí por caminos de tierra y parcialmente asfaltados, y desde la
Ruta nº 2 (a la altura de Caacupé) por un desvío hoy
completamente asfaltado de 15 km.
EL
SITIO DE REUNION DE LOS AVARE Y EL PUEBLO
Cuentan
que en el lugar que hoy ocupa el edificio de la Municipalidad de
Atyrá, antiguamente existían siete yvapovõ,
bajo cuyas sombras se reunían a deliberar los avare y el pueblo se acercaba a participar en las Asambleas. De
hecho, el nombre de la ciudad: Atyrá proviene de la palabra Atyha
que significa lugar de reunión. Ya no quedan rastros de los yvapovõ
si es que alguna vez existieron.
Desde
este sitio, hoy centro de Atyrá, Tumé
Arandu habló al pueblo pidiendo concordia y amor en el momento
en que los siete fenómenos –los hijos de Tau
y Kerana– sembraban el
odio y desataban la furia de las diversas aldeas. Allí el sabio,
comunicó con cautela los planes para destruir a los monstruos que
asolaban las tribus. Allí innumerables veces se reunieron las
tribus de la región para resolver sus asuntos.
Los
veo ahora bajo la sombra de los árboles discutiendo en grupos pequeños.
Veo a algunos líderes naturales pedir la palabra y hacer sus
discursos. Veo a los avare
dar respuesta a los interrogantes. Los veo entrar en una choza
grande a deliberar. Veo los cerros tal cual están hoy, dando marco
a estas reuniones y alimentándose de las palabras que llegan hasta
ellos rodando sobre la hierba. Veo esas palabras floreciendo en los
cerros y alegrando su existir milenario...
EL
PRESENTE DE ATYRA
Ahora
Atyrá es conocida por su dedicación hacia la higiene. La llaman
con justicia, la ciudad más limpia del país. Dicen que su trabajo
“ecológico” es también loable. Sus calles son tranquilas y en
todas ellas nos encontramos con carteles que reproducen frases de célebres
pensadores. Frases que ayudan a vivir en armónica convivencia y que
fomentan el crecimiento individual y comunitario. La iglesia, la
pequeña peatonal donde tienen sus locales los artesanos del cuero,
el reloj solar, el cementerio que, al contrario de lo usual,
reivindica con alegre colorido la vida eterna, y la casa museo del
ex-intendente (el que puso en marcha la renovación de Atyrá), son
referencias de la ciudad. También lo es la cascada que aquí llaman
“el chorro” aunque está ubicada a unos kilómetros pasando la
comunidad de Monte Alto. Y las compañías que rodean a Atyrá:
Monte Alto, Mbururú, Candia Loma, Candia, Caacupemí... Ha
trabajado mucho la gente de Atyrá para hacer de su ciudad una
ciudad habitable, una ciudad que les sirva de espejo, una ciudad
atractiva para el turismo que, si bien no acude en gran número, es
constante. Todos los días llegan visitantes hasta el pequeño
pueblo.
EL
CERRO KAVAJU
El
cerro Kavaju tal vez no se
encuentre entre las referencias obligadas de los pobladores de Aturá,
pero todos lo conocen. Saben de su existencia y muchos lo han
visitado. De hecho, un muchacho de 16 años, Nicanor Vera, nos
acompaña como guía en nuestra excursión al cerro. Aunque bien se
podría decir que se trata de una incursión.
La
mañana es tranquila y abierta. El azul del cielo parece querer teñir
los campos un poco secos en esta temporada invernal. ¡El azul del
cielo paraguayo! Polvorientos y rojizos caminos nos han traído
hasta el pie del Cerro Kavaju.
Contenidas expectativas comienzan a soltarse como si fueran
pandorgas y se van quedando atrapadas entre las ramas de la densa
vegetación que cubre el cerro. Subimos. El camino es sumamente
complicado. Ante éste, el cerro Yaguarón es un juego de niños. El Kavaju, llamado así por
la forma de la cumbre que dibuja una especie de silla de montar,
apreciable sobre todo desde el camino que va de Caacupé a Tobatí,
es difícil de trepar. La ladera que mira a las compañía Mbururú
aparece casi en ángulo recto, desde la cumbre hasta el suelo.
Plantas exóticas se prenden en las rocas y dejan caer largos brazos
desde lo alto. Enormes y erosionadas piedras reposan quién sabe
desde qué siglos unas encastradas en otras. El blancuzco color de
las rocas aparece tamizado por oscuridades que forman las
caprichosas formas que el agua y el viento les han ido tallando en
la superficie. Subimos, subimos, subimos... No podemos dejar de
comparar este cerro con el cerro Yaguarón. Este es más alto, más
impresionante...
No
sabemos exactamente con qué nos vamos a encontrar. Buscamos la
cueva en la que, según la leyenda, Moñái escondía sus hurtos. El
ascenso lo hicimos trepando uno de los lados menos empinados hasta
llegar a la cumbre más alta y no encontramos rastros de la dichosa
cueva. ¿Existirá en la realidad o es una invención más de la
frondosa imaginación de los escritores que se han dedicado a narrar
las leyendas? Nuestro guía asegura que existe, pero que está del
otro lado. Cerca de la cumbre descubrimos una serie de “fallas”
que forman como habitaciones estrechas. ¿Será una de estas la
cueva donde se escondía Moñái? Las recorremos a todas. Nos
deslizamos bajo las piedras para llegar hasta ellas. Trepamos.
Saltamos. No nos convence lo que vemos.
Desde
esta cumbre podemos observar un campamento evangélico, una olería,
los cerros, que a lo largo de todo el horizonte nos encierran en una
ronda neblinosa, algunos caseríos, algunos caminos visibles por
tramos debido a la abundante vegetación.
Luego
de un breve descanso iniciamos el descenso por el “otro lado”.
Es más peligroso este sitio. “Ahí está la cueva”, dice
nuestro guía al que tanto acosáramos con nuestras preguntas. Ahora
sí. Mirándonos unos a otros sorprendemos gestos de satisfacción.
Esto es lo que buscábamos. En un lugar poco accesible sobre la
piedra que cae en ángulo recto y entre la vegetación una boca
oscura abre sus fauces y se queda inmóvil para la eternidad. Desde
la senda donde nos encontramos la observamos arriba. Documentamos.
Fotografiamos. Allí sube la sombra de Moñái, con sus cuernos de
luz, reptando entre los árboles. Sólo él puede llegar hasta allí.
Allí sube la graciosa figura de Porãsy. Un coro de mariposas le da
luz al camino para que la bella joven no tropiece. Las mariposas y
su polvo de estrellas. Los pasos de Porãsy sobre esa luminosa
avenida que desde nuestra senda es apenas perceptible. Estimo que Moñái
duerme la “mona” de sus fechorías. Veo a la hermosa mujer
perderse en aquella boca siniestra. Es el comienzo del fin. Es el
comienzo al fin.
Tobatí
/ Caacupé
DOS
PUEBLOS UNIDOS A UNA LEYENDA
Hemos
visto en la leyenda que el indio José, perseguido por guerreros de
otra tribu, salvó su vida después de invocar a la Virgen prometiéndole
que tallaría una imagen con la madera del árbol que le ocultó de
los salvajes.
En
el recorrido por los sitios reales de aquellos hechos legendarios,
guiamos nuestros pasos hacia las localidades cordilleranas de Tobati
y Caacupé, ciudades donde podemos observar las dos imágenes que el
indio José hiciera de la Virgen.
LA
IMAGEN MAS PEQUEÑA
Caacupé
es desde tiempos lejanos sinónimo de espiritualidad. Hacia allí
converge cada año la devoción de cientos de miles de paraguayos y
extranjeros que adoran a la Virgen y que se dan cita cada 8 de
diciembre para venerarla. Pero el santuario es atracción, para los
fieles católicos, durante todo el año. En la gran explanada frente
a la Basílica que guarda la imagen de la Virgen, innumerables velas
arden día y noche. A Caacupé llegamos a través de la Ruta Nº 2,
hermosa carretera rodeada de bellísimos paisajes donde los cerros,
plenos de vegetación, dan un marco imponente. Abundar en la
descripción de esta tierra, de la basílica y de los milagros de la
Virgen de Caacupé resultaría una tarea no justificable. Poesías y
canciones demuestran la fe inquebrantable de un pueblo profundamente
devoto. Es difícil encontrar un paraguayo que no haya pisado el
templo de Caacupé. Que no se haya arrodillado delante de la imagen
de la Virgen, que no le haya pedido alguna gracia, que no le haya
encendido alguna vela...
La
imagen, hoy protegida dentro de una urna de vidrio que en su parte
superior es abovedada, mira a todos los visitantes con la misma
bondad. Sus devotos sienten que les mira a cada uno con infinita
ternura y con una sonrisa mansa, propia de la santidad. Su manto
azul y oro es conocido y reconocido en todas partes.
La
imagen, que no llega al metro de altura, pequeña en dimensiones, es
grandiosa en expresión y despierta las lágrimas en más de un
visitante... Cuenta la gente que esta imagen es la que el indio José
talló con infinito amor para su devoción particular. Es la imagen
que él hizo para su hogar.
LA
VIRGEN DE TOBATI
Quisimos
entonces conocer a la otra Virgen, la que da brillo a la iglesia de
Tobatí y hacia allí nos dirigimos. Al enfilar hacia aquella
ciudad, el camino se torna más agreste que en otros sitios del
departamento Cordillera. Los cerros aparecen con sus rocas desnudas
como deslizándose curiosos hasta el costado del camino. Son estos,
antiquísimos sistemas orográficos que nos muestran la acción de
los vientos y del agua en sus piedras milenarias. Como si los
artesanos de Tobatí, que trabajan con maestría la madera, se
hubiesen unido en armonioso ejército de trabajadores para tallar la
piedra. Numerosas fábricas de cerámica y olerías dejan correr el
humo de sus hornos en las alturas más altas de la Cordillera. En la
plaza, frente a la iglesia de este pueblo de trabajadores, se
encuentra una fuente que deja caer el agua de dos cántaros, obra
realizada durante el Concurso de los Pueblos, en el cual Tobatí se
destacara por sus proyectos y realizaciones obteniendo el primer
lugar.
La
iglesia está cerrada con llave cuando llegamos a ella. En la
fachada principal, arriba, un vitral de forma circular representa al
Indio José tallando la madera. Afortunadamente encontramos a la señora
Justina Kulzle de Gill (“Nena”), quien guarda la llave del
templo en los momentos en que el paí se encuentra ocupado dando
clases en el colegio.
De
esta forma logramos acceder a la iglesia que, como tantas otras en
el departamento, nos muestra un altar realizado por los indígenas
bajo la dirección de los franciscanos, fundadores de pueblos allá
en el Siglo XVIII. Bellísimo el altar. Alguna vez fue guardado
parte por parte en casas de diferentes familias del pueblo y recién
volvió a ocupar un sitio central cuando se construyó el edificio
de la iglesia actual. En algunas partes faltan piezas.
Lamentablemente el robo ha sido una constante en estos templos y las
preciadas imágenes han ido a parar a veces a manos de
coleccionistas privados, desvirtuándose la función de las mismas.
Nos cuenta la señora Justina que muy pronto comenzarán los
trabajos de restauración. Nos conduce hacia la sacristía donde
descansa una réplica de la Virgen. “Ya no se saca la que está en
el altar cuando hay procesiones. Preferimos resguardarla pues es una
reliquia invalorable”. Si bien esta réplica está hecha con amor
por los artesanos del pueblo, al ver la imagen original que preside
el altar de la iglesia notamos una gran diferencia. Casi dos metros
de alto tiene esta figura que nos mira con ternura desde su sitial.
Las manos juntas. El manto azul. La mirada...
Imaginamos
a aquel artesano que ahora llamamos indio José. Lo vemos bajo la
sombra de un árbol añoso con sus rústicas herramientas, trazando
sobre la madera los rasgos de la Virgen. Imaginamos las sensaciones
de sus manos al levantar una viruta, al pulir, una vez terminada la
talla quién sabe con qué piedras, la madera ya transformada.
Imaginamos al hombre y en sus manos, a la imagen. El pan de oro
aplicado ahora en una habitación de piedra, cerrada y alumbrada por
numerosas velas. Imaginamos la delicadeza de los movimientos al
colorear las mejillas, las manos que giran sobre recipientes llenos
de pigmentos. Imaginamos el momento en que el manto cae sobre la
madera y por último la corona apoyándose con suma delicadeza sobre
la santa cabeza. Imaginamos aquel proceso larguísimo y delicado...
Ahora
ya estamos en la ruta de regreso, los cerros nuevamente nos imponen
su majestuosidad de piedra y los valles su verdor enmarañado.
ITA
ESPEJO
Cerca
de Tobatí, a una distancia de más o menos 5 kilómetros, sobre el
camino que pasa por la Compañía Huyguaty,
se encuentra un cerro al que los lugareños denominan Ita Espejo. El monte está completamente dentro de la propiedad de
Monte Alpino (fraccionadora de agua mineral). La parte que mira
hacia el camino, que termina en la tranquera de la empresa, posee
piedras cortadas a noventa grados, lisas y enormes. Del otro lado,
una surgente que nace en el cerro alimenta un arroyo que ya fue
convertido en balneario por los habitantes de este sitio. Las extrañas
formas que adoptan las piedras en el lugar son la clave para
entender su nombre. Piedras lisas dispuestas en terrazas y piedras
lisas a noventa grados, todas con un alto componente de mica,
mineral que produce brillos continuamente cuando la luz del sol les
da a pleno. Este es el surgente donde se bañaba Tume
Arandu cuando recibió la para nada santa visita de Tau.
Repelido por el sabio cuentan que el malvado arrojo su aliento sobre
la piedra que Tume Arandu
usaba como espejo maldiciéndolo para siempre. Un lugar más en este
departamento Cordillera sembrado de misterios.
Caazapá
EL
YKUA BOLAÑOS, FUENTE DE AMOR.
Cordillera
del Yvyturusu. Desde
Villarrica, capital del departamento del Guairá, nos movemos hacia
Caazapá, capital del departamento del mismo nombre. Es esta la única
ruta en buen estado para acceder a la ciudad del Ykua
Bolaños. Aislada en el centro de Región Oriental, Caazapá sufre
ese abandono, pero a pesar de todo sus habitantes trabajan para
avanzar, y lo hacen con la misma fe con que fray Luis Bolaños hizo
correr aquella piedra para que brotara el agua. Cuentan que ya
tienen universidades y están orgullosos de recibir alumnos de otros
pueblos en esas aulas.
Las
únicas calles asfaltadas de Caazapá conducen a quizás el único
lugar que los viajeros visitan de esta ciudad: el Ykua
Bolaños, fuente del amor, ykua
milagroso...
A
pie recorrimos el camino, saludando a nuestro paso a los vecinos,
costumbre que en el interior de nuestro país, y sobre todo en
pueblos como Caazapá, por suerte no se ha perdido. La señalización
indica que el camino nos conduce al ykua
y al polideportivo de la ciudad. Efectivamente al llegar al sitio lo
primero que aparece ante nuestra vista es una gran construcción: el
polideportivo.
Es
domingo y aquí hay preparativos de fiesta.
En
el amplio salón, al cual nos asomamos para saludar a las pocas
personas que allí están, las mesas están ubicadas y preparadas
con mantelería y cubiertos. Preguntamos por el sitio exacto de
ubicación del ykua y un joven nos indica que bajemos por el sendero.
A
escasos cien metros del salón, está el célebre Ykua Bolaños, ahora frente a nuestros ojos. Claro, lo hemos visto
en fotografías, pero no es lo mismo. Estar ante el surgente
milagroso es otra cosa. Exuberante es la vegetación en derredor al
lugar. Un sobre-relieve enmarca el surgente recordándonos la imagen
del fraile.
En
el breve camino recorrido conocemos a una amable persona, se trata
de la señora Ofelia Núñez de González (60) pobladora de la compañía
San Miguel. Ella nos explica que esta comunidad queda en el camino
de Caazapá hacia Iturbe. Nos cuenta de su chacra, los animales, la
huerta, la caña y el maíz que planta su esposo... Nos cuenta que
la fiesta de hoy en el polideportivo es para celebrar la ordenación
de un tal Sánchez, caazapeño él, como diácono... Nos cuenta de
su niñez. Como era esto antes: “Cuando yo era niña, el surgente
arrojaba más cantidad de agua y aquí se formaba como una pileta
natural de piedras. Ahora han arreglado y adornado. Todo esto no era
así. Había un yuyal bastante cerrado. Y allá abajo se formaba un
arroyo más grande donde veníamos a lavar la ropa en época de
seca. Hubiesen visto en Semana Santa, la cantidad de gente que llegó
hasta aquí. Vienen con cortaplumas y se llevan pedacitos de la
cruz. Esa cruz chiquita que ven ahí, en Semana Santa era enorme.
Ahora quedan pedacitos. La gente se lleva los pedazos de madera para
hacer amuletos o crucifijos porque dicen que eso va a hacer que su
amado o su amada nunca los abandone sobre todo si viajan mucho.
También vienen a tomar el agua del mismo vaso porque se dice que si
hacen así nunca se van a separar”.
Una
mariposa de un azul tornasolado y refulgente llega hasta la naciente
y se detiene sobre el agua como si fuera una flor. Liba de las
aguas. Quizá esté enamorada...
Carapeguá
LOS
DOMINIOS PRIMEROS DE LA RAZA POMBERO
Tierra
de los Akahendy, Carapeguá nos recibe con sus vastas llanuras
despojadas de grandes árboles. Matorrales por doquier en el camino
a las “tierras bajas”. ¡Cuántas veces la Ruta Nº 1 ha visto
interrumpirse el tránsito por las aguas de las lluvias en esta
localidad! Nosotros mismos nos hemos quedado durante alguna jornada
esperando que las aguas bajen para poder cruzar. Algunos aventureros
se han lanzado con su vehículo y han sido arrastrados con diferente
suerte.
Podemos
imaginarnos a aquellos seres “carape”, andrajosos mimetizados en
esos matorrales que ante nuestros ojos se multiplican hasta el
horizonte. Sus lúbricos juegos con inocentes jóvenes a las que,
una vez secuestradas mediante hechizos, sometían en el afán de
mejorar su raza. Imaginamos la furia de aquel padre que incendió
los campos y creyó haber exterminado a los pombéro.
Imaginamos a ese mismo padre viendo morir en sus brazos a su amada
hija. Lo imaginamos muriendo de pena. Tierras grises, estas de
Carapeguá. Tierras de las que poco se puede decir. ¡Tan poco!
Tierras que, aún en esa adversidad, sus pobladores actuales han
sabido trabajar para hacer de sus vidas algo digno de respeto.
Villarrica
KURUSU
BARTOLO, LA CRUZ DE LA LLUVIA.
Los
datos que los libros nos han proporcionado para llegar hasta el
sitio exacto donde reposa la Cruz del pai
Bartolo son ciertamente confusos. Confiados en que podremos llegar
hasta allí con la ayuda de los pobladores, nos lanzamos a la
aventura. Pasope, Puente Liberal, el camino hacia Rosado y otros puntos de
referencia son nuestra guía.
Llegamos
a Villarrica del Espíritu Santo una mañana fría con cielo
despejado.
Parece
que ha llovido durante la noche.
En
el horizonte, la Cordillera del Yvyturusu.
Idas
y vueltas en las conversaciones con los gua’i.
No logramos ubicar hacia dónde exactamente debemos dirigirnos. Al
fin, con la colaboración de los taxistas de la terminal de ómnibus
llegamos a un punto más o menos coherente entre tantas
elucubraciones. Algunos de los datos librescos que traemos son
errados. Otros apuntan hacia donde dicen debemos encontrar el Kurusu
Bartolo.
Camino
a Rosado.
Marchamos
hacia Itapé, donde según nos cuentan existe una imagen de la
Virgen muy venerada. Avanzamos hacia las orillas de Villarrica.
Tomamos el camino principal por Loma Hovy.
Cruzamos el punte sobre el arroyo Guarapó. Apenas un kilómetro
hemos andado y nos introducimos –con la ayuda de los vecinos del
lugar– en el camino que va hacia la Compañía Espinillo. Buscamos
ahora a la familia Portillo que, según afirman algunos, custodia la
Cruz. El camino, antes enripiado, ahora se nos muestra arcilloso.
Resbalamos frecuentemente. La cordillera sigue allí, frente a
nuestros pasos, omnipresente en nuestro recorrido. Cerca de dos kilómetros
hemos andado cuando nos detenemos frente a una construcción en
forma de rancho. Típica casa campesina: galería abierta en el
centro y habitaciones en los extremos. Atravesamos el patio y
saludamos a la familia. Una pareja joven y una señora mayor nos
reciben. Ella es Damiana Maidana de Portillo y nos invita a pasar
para ver la cruz. ¡La hemos encontrado!
Entramos
al dormitorio. Dos camitas, un ropero, y el altar donde se erige la
cruz: Kurusu Bartolo. Al
pie arden las velas. Imágenes de santos junto al símbolo de la
cristiandad. La sencillez del campesino acompaña los días de la
cruz en estos sitios apartados del ruido mundano. La charla sobre la
milagrosa cruz es amena y entretenida. Nos habla la señora Damiana
de los tiempos de antes, de cuando en procesión se llevaba a la
cruz a dar un baño en el arroyo, cerquita, aquí a dos kilómetros
más o menos. El arroyo Bartolo, donde muriera aquel trajinador pai del siglo pasado. Nos cuenta la señora de la existencia de otra
cruz. Esta es la más chica –tendrá dos metros de altura– la
otra es mayor. Las dos se hicieron con la madera de la cruz
original. En la cerrazón de los años se pierde la historia por la
cual de una se hicieron dos cruces.
La
segunda cruz está en la casa de José Barúa, nos dice la gente de
Espinillo.
Volvemos
a salir al camino que lleva a Itapé, avanzamos. Pasamos el desvío
a Rosado unos quinientos metros más o menos y después de una curva
a la izquierda nos detenemos en la casa de José Barúa. Allí, en
la galería de entrada, está la otra cruz. Debe tener casi tres
metros de altura, y también un pequeño altar la acoge. No hay
velas aquí. Don José no se encuentra en casa. Nos atiende
amablemente su hija. Documentamos fotográficamente el lugar y
volvemos. Seguiremos buscando los lugares de nuestras leyendas.
Seguiremos adelante en este camino.
Itacurubí
de la Cordillera
LAGUNA
SIRENA, MISTERIOS VARIOS.
Dos
veces tuvimos que viajar hasta Itacurubí de la Cordillera para
llegar a ver con nuestros propios ojos la famosa Laguna Sirena. La
dificultad a superar consistía en lograr el permiso para entrar en
propiedad privada. En la primera oportunidad llegamos hasta el
lugar: Compañía Loma Medina, en domingo. Craso error. Toda la
gente de la Estancia Buenaventura estaba en las cuadreras. ¿A quién
pedir la autorización para superar las tranqueras? Decidimos,
entonces, ir nosotros también a las carreras y conocer a la gente
del lugar. Hablar, si hubiere oportunidad, de la Laguna Sirena y
escuchar lo que se dice al respecto. Andrés Emilce Medina (34)
poblador de la comunidad cuenta que la laguna es muy, muy profunda.
Cuenta también que cuando se tira una liñada hacia el centro
mismo, producto de la profundidad, cae nuevamente a los pies del que
pesca. Cuenta que al tirar una piedra con honda, la piedra detiene
su camino y cae en el centro producto de alguna atracción extraña.
Cuenta que las aguas arriban rápidamente. “Mi tío –dice– fue
una vez con un amigo y las aguas arribaron tan rápido que tuvo que
pasar la noche prendido a lo alto de un tacuaral hasta que lo
rescataron”. Cosas mágicas contadas durante las cuadreras.
Al
caer la tarde, sin posibilidad de visitar el extraño lugar,
prometemos volver y emprendemos el camino de regreso.
Días
más tarde volvemos al camino enripiado que conduce a la tranquera
de la Estancia Buenaventura, conocida en Itacurubí como “Estancia
Maggi”. El patrón no está pero nos franquean la entrada. Hay que
esperar que vuelva de Coronel Oviedo. Lo hacemos pacientemente. Los
peones y capataces se reúnen en rueda y hablan sobre “la
Sirena”. El póra, el moñái,
el pombéro aparecen en sus relatos. Antes, dicen que había sirenas
allí. La laguna está íntegramente en la propiedad de la estancia.
Queda como a dos kilómetros de acá, dicen. Nadie se aventura a
nadar en esas aguas. Hace un tiempo había una canoa que algunos
peones habían llevado hasta allí pero ya no está más. ¿Quién
sabe qué habrá sido de ella?
Don
Carlos Santos Maggi Rolón, bisnieto del antiguo propietario don
Buenaventura Rolón está ahora con nosotros. él
en persona nos conduce hasta la laguna. Pregunta sobre nuestro
trabajo. Se interesa. Pocos árboles en el camino. Un campo lleno de
chircas. Las huellas desdibujadas por el pasto. Avistamos un
montecito. Ahí está la laguna. La prolongada sequía hace
inimaginable la presencia de agua por aquí. El pasto y las chircas
semisecas no dan aviso de agua. Bajamos del vehículo en el que nos
transportara don Carlos hasta allí. Entramos en el bosquecito y allí,
en el medio... ¡la laguna Sirena! Una extensión de agua
relativamente pequeña. Don Carlos se adelanta y hunde, al borde
mismo de la laguna, una larguísima vara. No hay fondo, dice. Se
cuenta que aquí tiraron carretadas de oro en otro tiempo y de ahí
proceden todos los misterios. La vegetación es enmarañada
alrededor del espejo de agua. El agua es turbia. El viento apenas
riza el estanque. Mi bisabuelo incluso inició algunos trabajos para
desaguar la laguna. Misión imposible. Es demasiado profunda.
Abandonaron la tarea, pero quedó una zanja, vamos a ver, dice don
Carlos. Rodeamos el bosque y entramos por otro sendero. Cerca de aquí
está el arroyo Yhaguy.
Nos metemos en el bosquecito y después de varios arañazos de ramas
y lianas encontramos la zanja que fue excavada hace tantos años
para desaguar la laguna. La zanja nos guía hacia el arroyo. Está más
cerca de lo que imaginábamos. Cuando hay creciente, el arroyo y la
laguna se unen. El agua llega hasta acá, dice un peón, señalando
una altura superior a su cabeza. Lo miramos incrédulos pero los demás
afirman lo mismo. Llegamos al arroyo, Corre como si no estuviera
pasando cerca del misterio, o tal vez corre por eso mismo. Como si
nada lo uniera a tantas historias de miedo, a veces pasa impertérrito
y otras huye alocado. Una hectárea a lo sumo es la superficie de la
laguna, tal vez un poco más. Aquí se pesca de todo, salen hasta
surubí. Tarariras es lo que más hay, cuentan los peones que
parecen tener más ganas de irse que de quedarse.
Volvemos.
Salimos del bosque. Desandamos el camino ya hecho perdiendo de vez
en cuando las huellas. Nos estrechamos las manos y prometemos volver
de visita en cualquier momento.
Asunción
LA
CASA DEL DR. FRANCIA NO ES LA ORIGINAL
Barrio
Trinidad: sobre la calle Sacramento unas dos cuadras después del
edificio central del IPS (Instituto de Previsión Social) buscamos
la casa que fuera del Dr. Francia. La famosa Quinta de Yvyraí, tan
citada en las páginas de Yo El Supremo, la novela histórica de
nuestro insigne Augusto Roa Bastos. “La casa quedó dentro de la fábrica
de Whaldreen”, nos dice un vecino. Nos encaminamos hacia la fábrica
de Whaldreen, muy cerca de allí. En el portón, una caseta y en
ella un guardia de seguridad. Parece ser que allí se recibe la
correspondencia y se habilita o no la entrada de los vehículos.
Preguntamos al guardia por la casa. Nos confirma que sí, la casa
del Dr. Francia está allí, detrás de un inmenso galpón (la fábrica).
¿Se puede verla?, inquirimos. ”Deben solicitar autorización en
la tienda, sobre la avenida”. La tienda es el conocido Cemento
Shopping. Entramos. Luego de varias consultas telefónicas la
respuesta es “Deben presentar una nota”. No nos desanimamos.
Decidimos consultar con el Dr. Pussineri, director de la Casa de la
Independencia. Amablemente nos atiende en su despacho. Nuestras
preguntas se orientan hacia la casa que está en el interior del
Cemento Shopping. “Esa no es la casa original del Dr. Francia. Yo
he visto el título de propiedad, data de 1842, y el Dr. Francia ya
había fallecido. El lugar sí es ese. Allí estaba la casa original
y parece que la casa que quedó es una copia o por lo menos es muy
similar a la que habitó en el mismo lugar El Supremo”. La incógnita
queda develada. La casa no es la original. De todas formas, nuestra
curiosidad nos lleva a presentar la nota y probar suerte. Queremos
una foto de la casa. Queremos verla, aunque sea exteriormente, pero
hasta ahora no nos ha sido posible.
Concepción
LA
VENERADA KURUSU ISABEL
El
punto más lejano de nuestro recorrido, previamente planificado, es
Concepción. Partimos de Coronel Oviedo abordando un ómnibus que
nos llevará a través de la Ruta Nº 3 hasta Yby Yaú y luego por
la Ruta Nº 5 hasta Concepción. Llegamos a la ciudad norteña a las
dos de la madrugada. La fría noche nos muestra una ciudad quieta,
silenciosa... En sus calles no hay un alma. Por suerte un hospedaje
ha puesto guardias que esperan a los pasajeros de esta hora. Luego
de un breve descanso –nos levantamos a las seis– nos disponemos
a afrontar el día trabajando para llegar hasta Kurusu
Isabel. ¡Estamos de suerte! Víctor González, el sereno del
Hospedaje El Ciclón, es originario de la zona donde se encuentra Kurusu
Isabel. Conoce bien el lugar y
nos acompaña en nuestra caminata hasta el mercado de
Concepción en busca de transporte para llegar hasta allí. La
leyenda ya está escrita. Lo hemos hecho con la ayuda de la
bibliografía existente, pero ahora nos enteramos que Rosa Isabel
Sanabria (o Rosa Ysabel Sanauria) murió de sed. Sabemos que no tenía
hija alguna. Sabemos también por los datos que recogemos que murió
durante el regreso de las Residentas y no durante la ida hacia Cerro
Corá. Los datos que hemos utilizado para construir la versión
literaria de la leyenda no coinciden con los que comenzamos a
recoger en Concepción. Se ve que los autores de los libros que
hemos consultado no han estado en este lugar corroborando los datos.
¿Quién sabe desde cuándo se vienen citando un libro sobre otro
para que el error parezca hoy más real que la realidad misma?
Sobre
la marcha resolvemos dejar nuestra leyenda como está, pero hacer
constar los datos reales en estas crónicas. El lector entonces podrá
cotejar las dos “realidades”.
Nos
despedimos de Víctor González –el también tiene que
descansar– y a las ocho en punto nos ponemos en marcha buscando el
camino hacia Kurusu Isabel. Hay que recorrer la calle Pdte. Franco hasta la ruta,
allí continuar un kilómetro y tomar el desvío que nace junto al
Club Hípico que está frente al Regimiento Acaverá. No nos lo han
dicho pero para llegar a la ruta, desde el mercado hay unas diez
cuadras. Ya en la ruta dejamos atrás el cementerio y luego aparece
el regimiento, todo a nuestra derecha, un poco más allá de la
puerta principal del regimiento, y a la izquierda aparece el Club Hípico
y allí un desvío en forma de “Y”. La calle es enripiada y por
ella transitan principalmente motos, bicicletas y carretas. Gran
cantidad de carretas tiradas por bueyes. Son los campesinos que
llevan sus productos al mercado de la ciudad. Ida y vuelta de
carretas. En la primera parte del camino nos encontramos con una
gran abundancia de loros. Por ello bromeamos acerca de llamar al
camino con el nombre de Tape
Gua’a, pero avanzando un poco nos encontramos con una gran
cantidad de cuervos. Entonces, para nosotros se transforma en Tape Cuervo. Un poco más y alcanzamos la Compañía Santa Rosa. La
gran mayoría de las casas se ubican, quién sabe por qué extraño
capricho, sobre la vereda izquierda. El caserío, se extiende
durante varios kilómetros, parece terminar cuando llegamos a la
escuela pero continúa y un poco más allá, sobre la vereda
derecha, en una arribada aparece ante nosotros un templete con techo
de tejas a dos aguas y paredes pintadas de amarillo. Una pequeña
cruz de hierro en la cumbrera del frente nos avisa que hemos
llegado.
Las
puertas están abiertas.
Ingresamos
al recinto llenos de expectativas.
Una
hilera de sencillos bancos de madera nos cuentan que allí se reúne
la gente a rezar. Funciona como oratorio el templete. Guirnaldas de
papel descoloridas por el tiempo, que alguna vez habrán sido azules
y rojas, cuelgan de un extremo a otro del recinto. Frente a los
bancos una mesa alta también de madera y detrás de ella una puerta
de rejas de doble hoja cerrada con candado. Tras las rejas se
observa un altar vestido con mantel de encaje blanco y sobre él
floreros, crucifijos y candelabros. En el rincón de este segmento
cerrado que está iluminado por dos ventanas, se encuentran
más de una decena de cruces de diferentes tamaños todas
“vestidas” de blanco. Al volver a salir nos percatamos de que
junto a la puerta de entrada de un lado hay una pequeña mesa y del
otro tres cántaros tapados con platos de hojalata y sobre ellos,
jarritos para beber. Los destapamos y encontramos que los cántaros
están vacíos y los jarritos llenos de polvo. Hace mucho que nadie
deja agua para los viajeros sedientos que, como Rosa Isabel
Sanabria, pasan por este lugar. Campos desolados en aquel norte
recorrido. Tierra reseca en este Trópico de Capricornio donde
estamos parados. Montes huraños avanzan con la mirada oblicua sobre
los caminantes y un sol despiadado que aún con las baja temperatura
invernal de esta jornada nos obliga a andar casi en cueros.
Rosa
Isabel Sanabria. La joven quinceañera que no soportó la caminata
de las Residentas y murió de sed no sabía que su nombre y su cruz
se convertirían en leyenda. Los vecinos no han sabido o no han
querido responder a nuestras preguntas. Tal vez haya algunos otros
misterios que descubrir en Kurusu
Isabel... Nosotros no pudimos desentrañarlos.
Areguá
EL
LUGAR DE LA CREACIÓN
La
colina donde hoy se alza la iglesia principal de Areguá, es la
misma en la que apoyaron las plantas Tupã
y Arasy. Desde allí
crearon todas las cosas del mundo. Cuando el lago aún no era lago. Con su tierra Tupã amasó la materia de lo que sería el
primer hombre y la primer mujer. Con su tierra los artesanos aregüeños
amasan el barro para sus cántaros y sus figuras de cerámica rústica.
En su tierra crecen con fuerza sin igual los frutillares. Tierra
elegida desde un principio. Destinada a los dioses y a los hombres.
Desde sus alturas los viajeros divisaban la esplendorosa Mbaeveraguasu.
Suenan
las campanas de la iglesia y las gentes suben la colina para
escuchar la palabra de Dios. Desde Asunción podemos llegar a esta
localidad por tres caminos, el que va desde Luque, el que accede
directamente a la colina por un desvío de la Ruta Nº 2 unos kilómetros
antes de Itauguá y el que pasa por Ypacaraí y Patiño.
Suenan
las campanas de la iglesia y su llamado se hunde en las
profundidades de las aguas del lago atrayendo a los peces y
enriqueciendo la pesca. Suenan las campanas y el barro cuaja más
fuerte bajo la protección de la música divina. Areguá es mágica.
Ella es la puerta a los mitos de nuestra tierra, de nuestros
antepasados... Desde sus calles, pero sobre todo desde su colina
todo se presenta con mayor naturalidad para el interesado en conocer
los relatos fantásticos de la raza.
Areguá,
puerta de entrada.
Ella
sabe que en el lecho de ese lago joven está la más hermosa de las
ciudades que se haya construido en estas tierras. La construyó un
atlante y la llamaban Mbaeveraguasu.
Areguá
guarda los secretos de la música que en la resplandeciente sonaba.
Areguá
vió y vivió el desborde alocado del Tupãykua.
Los
árboles de Areguá vieron pasar la belleza de Porãsy, la fuerza de Tupinamba,
la sabiduría de Tume Arandu,
la bondad de Marangatu.
La
hierba de la colina sirvió de lecho al primer encuentro amoroso de Rupave
y Sypave, los padres primeros. Allí fueron engendrados Japeusa
y Guarasyáva que tan distintos destinos tendrían. El uno trágico,
la otra glorioso.
Areguá
es la cuna, para qué decir más.
EL
LAGO YPACARAI
Conocido
en todo el mundo por la famosa canción que lo nombra, el Lago
Ypacaraí es, a esta
altura, símbolo del Paraguay. Ese enorme espejo de agua situado
entre Areguá, San Bernardino e Ypacaraí posee una historia muy
particular. Se cuenta que sus aguas bravías fueron “amansadas”
por la bendición de fray Luis Bolaños. Que antes de eso los
surgentes se derramaban con gran fuerza aumentando el volumen de sus
aguas constantemente con el peligro de hacer desaparecer las
poblaciones de su alrededor. La leyenda dice que el lago se formó
por voluntad de Tupã que no permitiría que los karaiete conocieran
la bellísima ciudad llamada Mbaeveraguasu que se levantaba en aquel
valle.
Hoy
en día el lago no es tan azul como dice la canción, sus aguas están
contaminadas. Numerosos balnearios y playas privadas le dan vida y
se la quitan en un sólo acto. Le dan vida con sus movimientos, sus
colores, sus construcciones. Se la quitan arrojando sus desperdicios
en las aguas.
Los
paseos en barco son, a pesar de todo, algo maravilloso. La sensación
de estar en un pequeño mar, la visión de las costas. Tener la
oportunidad de disfrutar de la fresca brisa que recorre la
superficie de las aguas enroscando sus dedos en las olas pequeñas.
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