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 Libro I

Libro Primero

El Génesis

Capítulo I

En el que se da noticia de la figura de Tupã y de la forma en que inicia la creación.

Iluminado por su propia luz, Tupã, en medio de las tinieblas primigenias, pensativo, busca la manera de crear la luz. Su rostro es grave, mas en su mirada un destello azabache habla del encuentro inminente con la creación.

Su cuerpo de coloso, antes reposado, comienza a tensar cada uno de sus músculos con un rayo de luz. Viste una túnica que cae, fresca, sobre su cuerpo divino al que la luz de su alma le ha otorgado el dorado color de las futuras mieses.

Tupã se levanta, atrae hacia sí lo más oscuro de esas tinieblas y condensa la esencia entre sus manos. Sus pies, levemente separados, se apoyan con firmeza en la oscuridad. Su mirada se proyecta con rectitud hacia lo que vendrá, sostenida por el firme eje de la nariz, recta y soberbia.

Tupã extiende sus manos hacia el infinito, las abre, y de ellas, el resplandor nace con la fuerza de los futuros huracanes inundándolo todo.

Tupã ha construido su morada para la eternidad. Ha creado la luz que le era propia, y ahora los astros brillan al pasar, bailan descubriendo sus encantos. Ahora, Tupã se deleita en la contemplación.

Capítulo II

En el que Tupã descubre a Arasy y la nombra Madre de los Cielos.    

De la contemplación al descubrimiento tan sólo hay un paso. Tupã observa con agrado las consecuencias de su obra y descubre, aún con más agrado, la presencia de otro ser que es gracias a su creación. Allí está, invisible y con todos sus encantos.

Tupã siente que el alma se le sale del cuerpo y va al encuentro de la maravilla que sus ojos contemplan.

Arasy levanta su mirada y es como si levantara el universo entero, y al bajarla nuevamente cae como caen las sábanas que se tienden sobre el lecho para una noche de bodas. Esa mirada de suave pelaje ha lanzado sus dardos de la luna al sol, desde sí misma al centro de la Creación.

Arasy, envuelta en su cabellera nace a nuevas sensaciones. Es el mismo Creador el que la ha visto con su túnica aérea, sus pies de sólido nácar sosteniendo las columnas que enmarcan los finísimos escalones que conducen a las mieles de la eternidad. La ha visto y la ha elegido.

–Arasy –dice Tupã ahora– y su voz recorre en un susurro enamorado y azul todo el universo. La ha nombrado y eso es suficiente para que ella sea ahora madre del azul eterno, Madre de los Cielos.

Capítulo III

En el que el Poeta, iluminado, ofrece su palabra en un canto de amor.

Tupã la siente dueña de sí mismo, se siente prenda y le ofrece el Reino de los Cielos. 
–Reina serás en tu reino– dice Tupã, y Arasy, vestida de blanco lunar, de rodillas agradece al Creador por la luz que la alumbra.

Y esa misma Luz Precursora se monta a la voz del poeta que rige este universo para hablarnos con otra palabra de los magníficos sucesos:

–«Tupã y Arasy, 
Almas gemelas, 
Solos en la Luz donde antes reinaban las Tinieblas. 
Hijos de la luz:
El Creador y la Madre de los Cielos.
Ella se descubre a sí misma sobre la blanca superficie lunar.
El descorre los velos del Dios que es y la desea
Tupã, Luz creadora
Arasy, Luz de la mirada, sola luz
Una dentro de la otra, 
fiesta de la luz y del amor
Una dentro de la otra,
Una con otra,
Una desde la otra,
Una hacia la otra,
Una sumada a la otra,
Una proyectada en la otra: amor.»  

Capítulo IV

En el que se da detalles a ciencia cierta acerca de las bodas de Tupã y Arasy y de la actitud de los Dioses de tierras lejanas.

El Poeta corre las cortinas del lecho nupcial. En medio de la Creación misma acontecen las bodas de Tupã y Arasy. Los astros, únicos testigos del compromiso eterno. Los astros se desatan de sus órbitas. Este momento de desobediencia les es permitido por única vez, pero la historia sabe que no será la última. El poeta se sube a su cisne y déjase volar por el espacio interminable. Las estrellas dejan caer sus brillantes pétalos ante el hecho que sucede. El pacto infinito ha sucedido. Tupã levanta con fuertes brazos el liviano cuerpo de Arasy y avanza a través del Universo, y es como si un jaguarete avanzara a plena luz sin que nadie pueda advertirlo. Con ese silencio, con esa osadía, Tupã y Arasy que ahora son uno avanzan hacia su dorado lecho. Planetas lejanos se emborrachan con el desequilibrio del amor por un momento y luego vuelven a sus cauces. Meteoros errantes se detienen y sobrevuelan la fiesta olvidándose de sus recorridos inciertos. Cometas de larguísimas cabelleras trazan dibujos bellísimos en la lejana oscuridad celebrando las bodas. El universo todo se tambalea. Se escucha un galope alejándose, son los Jinetes del Apocalipsis  que huyen de la Vida. El amor ahuyenta a la Muerte. La Noche se vuelve Día y el Día Júbilo sorprendido en toda su desnudez. Quetzatcoátl envía las plumas del Quetzal como ofrenda. Desde el Olimpo, Zeus ordena a sus hijos participar de las celebraciones. Mercurio, el de los pies alados, es el enviado de Júpiter, Venus bendice la unión con sus encantos. Vesta ayuda a encender el fuego de este nuevo hogar. Los Dioses todos observan la más colosal de las bodas, la más sencilla, la más ardiente. Un tigre azul guarda las puertas de la récamara  rugiendo cada cierto tiempo para que se sepa que vela el dulce sueño de los Dioses, el colibrí lanza-relámpagos envía sus brillantes colores en sutiles rayos que se convierten en pequeños soles. El cabure’i  desconociendo su futuro de escondrijos oscuros ofrece una dulce serenata nocturna. Pero en medio de la fiesta hay alguien que se esconde tras las sombras de los comensales del firmamento, alguien que por ahora no empaña la celebración...

Capítulo V

En el cual Tupã y Arasy deciden bajar a la Tierra.

A la mañana siguiente, pasada la embriaguez de la boda, Tupã y Arasy con un brillo nuevo sobre sus cuerpos contemplan el Universo azul.

–Allí está –dice Arasy señalando una esfera celeste que se mueve no lejos de los Reinos de Tupã– Esa puede ser la morada de nuestros hijos.

Tupã la atrae hacia su cuerpo blandamente y la mira con ternura.

–Bajemos a ver –responde

Allí van. Unidos en la luz, dejando a su paso una estela de perfumes azules. Satélites divinos giran alrededor de la Tierra. La perfecta anatomía de los valles y cerros de Areguá con sus llamaradas verdes los ha encandilado.

Descienden.

Ahora están en la cima del cerro.

Capítulo VI

Momento culminante en el cual Tupã y Arasy crean todas las cosas de la Tierra.

Tupã y Arasy se abrazan y del abrazo surgen las aguas de los mares.

Se besan y de sus besos fluyen los ríos que bañan y alimentan las selvas vírgenes.

Una mirada, y a sus pies, parte del valle encantado se llena con las aguas encantadas del lago Ypakarai, y todas las aguas de la Tierra se llenan de peces.

Se toman de las manos y, del contacto, una bandada enorme de todas las especies de aves escapa en busca de sus propios cielos.

Dan un paso hacia las aguas y de las plantas de sus pies los animales terrestres, a toda carrera, comienzan a buscar los sitios de sus moradas.

Las golondrinas buscan los lugares más altos para hacer sus nidos.

Formando una larguísima y pesada tropa, los elefantes, panteras, cebras, jirafas, leones, gorilas, rinocerontes, leopardos, búfalos, tigres, ciervos, ñus, mandriles, cocodrilos e hipopótamos trotan sobre las azules aguas del océano en busca de la sabana y las selvas africanas, lugares  que apañarán sus andanzas.

Parte de la gran familia de los pumas y jaguaretes salen en busca de las grandes tierras del norte que los asilarán entre sus montañas vigilados en su camino y desde lo alto, por la penetrante mirada de las águilas imperiales.

Los grandes cóndores prefieren seguir la trayectoria de kuarahy y avanzan hacia los picos más altos del mundo en vuelos altísimos sobre la cabeza de las llamas y los guanacos.

Los jurumi, los mborevi, los tagua, los jakare, los aguara, los ciervos de los pantanos, los karaja, los ka’i, los flamencos, las garzas, las cigüeñas, los koati, los gua’a, los mua, los guasu, los carpinchos, las nutrias, los kure ka’aguy, los ñandu, todos ellos y muchos más se sienten con un apego especial a estas tierras y saludan a los que parten con sus voces múltiples, con sus carreras y vuelos, orgullosos de sus colores...

Los osos polares, los pingüinos, las focas, las ballenas y los lobos marinos marchan al sur y al norte buscando los fríos vientos polares, seguidos de cerca por albatros y gaviotas que vuelan bajo, muy cerca de las olas en un romance eterno.

Capítulo VII

Momento en que Tupã, insatisfecho, decide crear al hombre y a la mujer.

Tupã está satisfecho, pero mira a su alrededor y siente que aún falta algo.

Siente la necesidad de recrearse a sí mismo.

Se recoge sobre sí mismo a orillas del lago.

Entre sus manos la arcilla primigenia que se hace barro y masa con el zumo del ka’a ruvicha, con la sangre del yvyja’u, con la sensible carne de las hojas de la sensitiva, con los movimientos del cuerpo del ambu’a, con el agua del manantial que surge entre las verdes piedras.

La materia de la creación suprema ya está lista.

Tupã moldea dos figuras.

Las hace a imagen y semejanza de sí mismo y de Arasy.

La creación está a punto de completarse.

El tiempo se detiene.

Las dos figuras, hechas con esa mezcla divina están expuestas a la luz de Kuarahy, la luz de la vida. Todos los seres del planeta observan. La respiración contenida. Ni un solo aliento se escucha. El silencio es total cuando Tupã y Arasy les infunden el soplo de vida.

El hombre y la mujer han sido creados.

El uno para vivir con la otra.

La historia está por comenzar.

Capítulo VIII

En el que Tupã y Arasy dan nombre al hombre y a la mujer y brindan sus sabios consejos a la pareja primigenia.

El hombre y la mujer, recién creados se arrodillan frente a sus creadores. El Universo entero exhala el aliento contenido y comienza a girar nuevamente. Todos los animales continúan su recorrido, las olas de los mares vuelven a bañar las playas.

Tupã pone la mano sobre el hombro del hombre y le dice:

“Desde hoy, todas las cosas que fueron creadas estarán a tu servicio. Te llamarás Rupave, padre de la raza americana. Cumplirás tu misión respetando todas las cosas de la Tierra. Procrearás con la mujer que ha sido creada de la misma mezcla y que dejo a tu lado. Buscarás tu propia felicidad. Te alimentarás de las hierbas y de los animales que he puesto en este reino. Serás el conductor de este pueblo, y este pueblo será fuerte y noble. Nunca olvidarás que existen el bien y el mal. Para recordártelo siempre, he puesto en el Universo a Angatupyry, espíritu del bien y a Tau, espíritu del mal. En el equilibrio de sus fuerzas encontrarás guía para todos los actos de la vida. La presencia de Tau te obligará al esfuerzo y de esa manera comprenderás el valor de todas las cosas. La presencia de Angatupyry compensa la maldad de Tau y su fuerza te sacará de las enfermedades y te ayudará a resolver los tantísimos problemas de la existencia”.

De la misma manera, Arasy puso la mano sobre el hombro de la mujer y le dijo:

“Como has nacido a mi imagen y semejanza, te impongo por nombre Sypave, madre de la raza americana. Tendrás el privilegio de ser madre de los primeros habitantes de la Tierra. Procrearás con el hombre que ha sido creado de tu misma mezcla. Cuidarás de tus hijos y de la Tierra. Guardarás especialmente el fruto de arasa que aquí te entrego y que enriquecerá a tu reino.

Luego Tupã entregó las semillas del mbokaja a Rupave y le dio muchos y buenos consejos sobre cómo vivir en amor y pacíficamente.

Les dijo Tupã en tono grave: “Ha llegado el momento en que deberán comenzar la vida en éste que será el reino de ustedes para la eternidad. A partir de ahora deberán amarse y reproducirse indefinidamente. De la misma manera, deberán amar a los hijos que nazcan de su amor, infundiéndoles el respeto a los mayores, a la Tierra y al equilibrio de todas las cosas que en ella nacen, crecen y mueren. Cuando llegue la hora, ustedes, que llevan en su sangre la sangre de esta tierra, deberán volver a ella. De esa manera podrán volver a vivir, porque cubiertos sus cuerpos en la profundidad de la tierra las plantas se alimentarán de ellos y los animales, a su vez, de las plantas. De esa forma podrán estar en todos lados, viendo las maravillas que no hayan alcanzado a contemplar durante la vida. Cuando enfrenten a la muerte por vez primera, háganlo con calma, pues la vida continuará eternamente. Pueden tomar de la tierra cada cosa que hay en ella siempre que la necesiten. Los árboles, los frutos, las plantas todas y los animales están para servirles. Pero, si acaso destruyeran sin necesidad alguna cosa, recibirán un castigo por ello. Recuerden siempre que, quien arrebate la vida a un hermano, no podrá dormir en paz por el resto de sus días. Con el tiempo y con el esfuerzo de ustedes les descubriré los secretos con los cuales podrán labrar la tierra y hacer brotar las simientes para que el espíritu de cada uno de los integrantes del pueblo que habrán de formar, se aplaque y sosiegue. El trabajo es un buen consejero. Y disfrutarán el doble cuando los frutos de las plantas que plantaren estén maduros”.

Más tarde Tupã anunció la llegada de los karaiete diciéndoles:

“Un día llegarán a estas tierras unos hombres extraños. No serán dioses de nadie. No deben dejarse engañar. Serán diferentes en el color de su piel, en sus costumbres, en su figura, en su modo de hablar. No los rechacen ni los tomen por dioses. Serán hombres que vendrán de tierras lejanas y después de su llegada muchos cambios habrá en estas tierras. Marcarán el destino futuro. Muchos vendrán a quedarse entre ustedes. Deberán respetarlos y exigirles respeto. Llegarán bogando en las aguas, en brazos del viento y ansiosos de ver la Tierra.”

Capítulo IX

En el que se cuenta de la forma en que Tupã y Arasy abandonaron la Tierra.

Dicho ésto Tupã y Arasy  abandonaron la Tierra y en ese mismo momento los tajy, los jacarandá y los chivatos se cubrieron de flores; y los frutos de los naranjos, los pomelos, los mangos, las papayas y los aguacates, maduros y enormes pendieron de las ramas de sus árboles. La hierba de los prados se transformó en un manto verde, aterciopelado por deliciosas fragancias. Los sonidos de la naturaleza en un in crescendo maravilloso llenaron todos los rincones de la creación. Los peces saludaron dando saltos fuera del agua y haciendo divertidas cabriolas en el aire, para luego volver a sumergirse. Los aguara corrieron en círculos alrededor de los samu’u que florecían una y otra vez borrachos de aromas celestiales. Los koati intentaban graciosas reverencias formados en una fila interminable. Los jakare latigaban las aguas en la orilla formando abanicos que el sol transformaba en pequeños arco iris. Las anacondas se enroscaban suavemente en las ramas de los árboles prestándoles el tramado de los colores de sus pieles. Era la gran fiesta del agradecimiento después de la gran fiesta de la cración. La luz se hizo más potente y clara y el cielo más azul en clara señal del regocijo de Tupã y Arasy.

Rupave y Sypave se miran a los ojos.

En ellos está esa luz de los cielos.

En ellos está la savia del ka’aruvicha y la esencia de la tierra.

No están solos.

El amor los ha despertado.

Rupave y Sypave se abrazan tiernamente y se entregan al amor sobre la hierba.

Capítulo X

En el que se cuenta acerca de los hijos que procrearon Rupave y Sypave.  

Tres hijos varones y muchas hijas mujeres fueron el fruto de aquel amor primigenio. El primero fue llamado Tume Arandu, el segundo llevó por nombre Marangatu y el último de los varones fue llamado Japeusa y se decía de él, que había nacido de pie.

Entre las muchas hijas mujeres que procrearon, cuatro se destacaron por sus bondades y fueron: Guarasyáva, incomparable nadadora; Tupinamba, mujer de una resistencia física notable, Yrãséma, a quien llamaban «murmullo de las aguas» porque poseía el don de la música y el canto; y por último Porãsy, mujer de singular belleza, la más bella entre las bellas.

Capítulo XI

En el que se dan datos ciertos acerca del semblante y las cualidades de cada uno de los principales hijos de Rupave y Sypave.

Criados todos en los parajes de la colina de Aregua, los hijos de Rupave y Sypave vivieron su infancia en armonía y felicidad. Convivían con los animales de quienes se habían hecho amigos y de quienes aprendían los secretos de cada especie. Amaban la naturaleza que Tupã y Arasy les habían dejado en herencia y crecían físicamente tanto como en sabiduría.

Tume Arandu, el primogénito, se destacó siempre no sólo por su paciencia para descubrir y aprender los secretos de la naturaleza, sino por su calma y sus medidas palabras. Sus hermanos lo escuchaban frecuentemente cuando él se sentaba sobre alguna piedra a orillas de los arroyuelos que abundaban en la región. Entonces él hablaba despacio, como midiendo el efecto de cada una de sus palabras. Desde siempre tuvo una gran ascendencia sobre todos sus hermanos. Su contracción al estudio de las plantas –podía pasar horas observando los efectos de una hierba en los animales– no le impedía desarrollar una fortaleza física que infundía respeto en todos. A una señal de Tume Arandu sus hermanos se reunían a su alrededor para escucharlo.

Sus ojos claros y su mirada aún más traslúcida, hablan de su enorme bondad. Sí. Ocupa el espacio ahora, Marangatu, segundo de los hijos varones. De elevada estatura y delgado en su contextura física, Marangatu fue un virtuoso de la bondad. Jamás alzó la voz y siempre estuvo dispuesto a dar antes que a recibir. Frugal en el comer y austero en todas las cosas materiales, Marangatu vivió para los demás porque era la única forma de vivir para sí.

Nació de pie, al revés que todos sus hermanos. El errático destino de Japeusa lo conduciría a un final prematuro. Inquieto y vigoroso, Japeusa anduvo equivocándose frecuentemente y sin encontrar el verdadero sentido de su vida.

Por su habilidad se diría que está emparentada con los peces, por su belleza, que es una verdadera sirena. Guarasyáva conoció cada arroyo, cada laguna, cada río, surcándolos con su ágil cuerpo de nadadora. De bella nadadora. No hubo secretos en el agua para la esbelta muchacha de larguísima cabellera negra.

Lejos de imaginarse que de su nombre nacería una raza, Tupinamba, corre y recorre los alrededores de su pueblo. Investiga. Sube a los cerros. Trepa a los árboles para husmear el horizonte con su mirada. Contempla los valles y luego va hacia ellos. Tupinamba nunca se agota. Se suma a cada cacería codo a codo con los hombres de la tribu. Toda hecha de fibras. Flexible y fuerte.

Yrãséma, en cambio, es una joven reposada. Ha encontrado en la música a su compañera ideal. La guitarra está siempre entre sus brazos. La guitarra y su voz arrulladora que envuelve en un perfume exquisito a quien la escuche.

La más pequeña de las hermanas mujeres es Porãsy. Aún está lejos de suponer el sacrificio al que se entregará. Pero porta sus armas a simple vista: su belleza sin par no tiene parangón en nuestra raza. De ella se valdrá para salvar a a su pueblo.

He aquí los hijos de Rupave y Sypave.

Con sus bondades y sus maldades, con sus luces y con sus sombras, viviendo tranquilamente en el paraje de las colinas de Areguá.

Aliados con la naturaleza cada uno hace el trabajo que le corresponde.

Capítulo XII

En el que se narran los hechos que llevaron a la muerte a Yrãséma.

Todo el día se ha escuchado en los alrededores del majestuoso lago la susurrante voz de Yrãséma. Su canto ha sido constante, y los animales y las plantas y los hombres han caído bajo su hechizo.

Ya es noche en la aldea y sin embargo Yrãséma continúa cantando sin pausa.

Nada se mueve cuando su armoniosa voz se escucha.

Corre el sonido como corren los arroyos de esta tierra.

Es tarde ya cuando la bella joven se llama a silencio recogiéndose en su hamaca de plumas.

Su madre viene a verla cuando ya duerme.

Yrãséma se revuelve inquieta en su lecho. Respira mal. Su madre le toca la frente. Yrãséma sufre calores fuertísimos. Hierve en medio de la calma de la noche estrellada que está llegando a su fin. Sypave se sienta a su lado y tomándola de una mano vela las últimas horas del sueño de su hija. Cuando los primeros resplandores comienzan a mover la vida del monte, Sypave despierta al inquieto Japeusa y lo envía junto al lago, a buscar hojas de agrial y cáscaras de inga. Pero el destino ya estaba escrito y Japeusa, en lugar de las plantas que su madre le había pedido, junta hojas de  ka’atái, de ortiga y frutos de naranja agria con lo cual prepara un brebaje que da de beber a su hermana Yrãséma, cuyos excesos en el cantar han provocado una descomunal hinchazón de garganta y le han enronquecido la voz. Poco tiempo después de beber el preparado de su hermano, Yrãséma siente que su garganta se cierra cada vez más hasta que al fin expira.

Muere como mueren las plantas a las que el agua no les ha llegado.

Muere suavemente, como si ella misma fuese el suave arrullo de sus cantos pasados.

Muere sin mancha.

Muere virgen.

Cierra los ojos sobre el recuerdo de sus dulcísimos cantares.

La consternación es general.

Japeusa conciente de su equivocación huye de la aldea.

Los habitantes del poblado forman un círculo alrededor del cuerpo sin vida de Yrãséma. Es la primera vez que contemplan la muerte de un igual.

Incrédulos rodean el cuerpo con flores mágicas. A su alrededor van posando diferentes objetos con el único fin de revivir a la muerta. Hierbas. Frutas. Amuletos. Ramas.

Esperan que una mariposa multicolor se pose sobre la cabeza de la niña y le devuelva la vida.

Esperan sin darse por vencidos.

Esperan sin levantar los ojos del cuerpo sin vida.

Esperan cantando en un susurro.

Esperan que se levante y siga cantando.

Capítulo XIII

En el cual Tume Arandu explica el sentido de la muerte a su tribu.

Tume Arandu, en medio de la perplejidad general, hace una señal con sus manos y toda la tribu se calla. Tume Arandu tiene algo que decir, y lo dice así:

“Estamos todos rodeando el cuerpo sin vida de Yrãséma y nos resistimos a creer en su muerte. Es la primera vez que uno de nosotros se queda sin aliento. Así lo han querido Tupã y Arasy. Pero para que no estemos negando su muerte con nuestros cantares, debemos llevar el cuerpo de mi hermana al sitio donde encontrará reposo. Tupã ha ordenado que todo hombre que muere debe ser puesto en un profundo pozo hecho en la tierra. Ha dicho que cada uno de nosotros tendrá, a su hora, su propio tyvy.

En la tierra está nuestro origen y a la tierra hemos de volver.

Enterremos a Yrãséma y ya verán que Tupã es sabio.

Cuando pasen unas cuantas lunas nadie se acordará de la muerta. Pues cuando los despojos de los muertos se hayan mezclado con la tierra, pasarán a vivir la Vida Elemental y sentirán todo lo que la tierra siente. Sí, la tierra es un ser vivo, y su sangre es el agua y su aliento es el aire.

A aquellos que piden venganza, les digo que no debe extrañarles el error que ha cometido mi hermano Japeusa. Todos tenemos un destino que debe cumplirse inexorablemente y aunque nos opongamos. Japeusa no hizo más que responder a sus instintos erráticos. Ustedes saben que nació al revés de todos nosotros y no debemos esperar que se comporte como nosotros. Es por este motivo que pido clemencia para mi hermano y para los que como él estén cumpliendo su destino inexorable”.

Capítulo XIV

En el que se cuentan los sucesos acaecidos en el entierro de la joven Yrãséma.

El cuerpo de Yrãséma fue puesto cuidadosamente en una urna de barro.

Flores y frutas le acompañan en el interior del cántaro.

Así colocado, su cuerpo parece estar a punto de hacer sonar la guitarra y comenzar a cantar.

Lleva para la eternidad sus más hermosos vestidos.

Sus hermanos ya han escogido el lugar donde enterrar el cuerpo de Yrãséma: ha de ser bajo un guayabal de altísimos árboles y frutas doradas.

Luego de depositar la urna en el fondo de la fosa, toda la tribu forma un círculo en derredor y entona las canciones que cantara Yrãséma, rindiéndole así un postrer homenaje al arrullo de su voz encantada. Ahora Sypave, su madre, toma entre sus manos un poco de la tierra removida y la deja caer dentro de la fosa. Imitándola, todos hacen lo mismo hasta que terminan por cubrir el agujero.

Japeusa está aquí.

Ha llegado para la ceremonia del entierro de los restos de su hermana; él mismo ha sido el causante de su muerte.

Japeusa está aquí y la tribu, con indignación, grita en su contra y pide que se le aplique el duro castigo de la muerte.

Sypave se interpone entre la furia y su hijo.

Es hora de cederle la palabra a Sypave.

La tribu calla y espera.

“Tupã nos ha dejado muchas enseñanzas, pero la más importante de ellas es aquella en la que nos señala claramente que no debemos arrebatar la vida a nadie. Dejemos entonces que sean nuestros propios dioses quienes apliquen el castigo a Japeusa. Ellos sabrán hacerlo mejor que nosotros. Nadie que haya matado a un hermano, aunque sea por equivocación puede tener la conciencia tranquila. Dejemos en paz a Japeusa, que bastante tiene con su conciencia.”

Japeusa se aleja nuevamente.

La tribu entera murmura.

Japeusa ante la mirada de todos se arroja a las aguas del río y desaparece.

Capítulo XV

En el que Jahari sueña con la muerte de Yrãséma, y corre a su lado para protegerla.

Sobresaltado por una horrible pesadilla, Jahari despierta.

El cuerpo entero bañado en un sudor frío. Se sienta en la hamaca. Los pies en tierra.

En su extraño sueño, la voz del gua’a que él mismo obsequiara a Yrãséma, repetía «Jahari, Yrãséma ha muerto», una y otra vez repetía la frase el gua’a.

Jahari no cree en las supersticiones, pero la aparición del gua’a y su frase han sido una imagen tan clara...

Jahari corre como el ñandu.

Salva los obstáculos del camino con la fuerza del amor.

Jahari tiene miedo. Lo siente en el cosquilleo que eriza sus cabellos.

La aldea ya está cerca.

Jahari es impulsado por el miedo, por la desesperación. Corre. Un silbido es lo único que los árboles y las plantas y los arroyos escuchan cuando pasa el joven a toda velocidad.

Capítulo XVI

En el que la tribu descubre el castigo que Tupã y Arasy han impuesto al infortunado Japeusa.

Mientras Jahari corre, en la aldea la tribu busca infructuosamente el cuerpo de Japeusa. Las aguas del río se lo han tragado. Pasan los días. El sol y la luna, una y otra vez han iluminado las tierras del reino de Rupave y Sypave.

Una mañana, cuando el sol despunta en el oriente, Marangatu descubre un esqueleto sobre la arena de la playa. En cuclillas escruta los huesos y entre los huesos, adherido al esqueleto, un animal extraño, de piel ósea comienza a moverse. La tribu rodea a Marangatu que observa en calma. El extraño animal despega sus patas de las costillas del esqueleto y comienza a andar hacia atrás. Los aldeanos gritan todos a una vez: “¡Japeusa, Japeusa!”. El cangrejo se aleja por la arena dejando las huellas de sus duras patas.

La tribu entierra el esqueleto en la arena y todos se alejan del lugar.

No cabe duda de que Tupã y Arasy han castigado a Japeusa transformándolo en cangrejo y obligándolo a andar hacia atrás para toda la eternidad.

Japeusa ha sido convertido en cangrejo y los cangrejos desde hoy se llamarán, para este pueblo, japeusa.

Capítulo XVII

En el que Jahari se entera de la muerte de Yrãséma, canta su canción y muere de amor.

Agitado por la larguísima carrera, Jahari llega a la aldea.

“¡Yrãséma!” llama a viva voz, acongojado.

Toda la tribu, que ya ha comenzado a olvidar la desgracia, lo mira compasivamente.

Jahari, percibe las miradas y unas lágrimas cargadas de pena resbalan por sus mejillas. Corre hacia la habitación de Yrãséma. Sypave va a su encuentro. El gua’a que anda cerca confirma la frase de sus sueños con estridente voz: “Yrãséma ha muerto”.

Las lágrimas de Jahari corren por la aldea.

Suben a todas las cosas que pertenecieron a Yrãséma. Las recorren, las acarician con su profunda tristeza, llenan los cántaros donde la joven guardaba el agua fresca. Resbalan en la curva de su hamaca y juntas forman un torrente que se encamina a la tumba de Yrãséma. Allí, riegan la tierra aún blanda y refrescan las flores que la tribu ha depositado. La tristeza de las lágrimas de Jahari, su humedad infinita hace que las flores revivan.

Jahari junto a la tumba.

Jahari desconsolado.

Jahari todo el día y toda la noche llorando por su amada, de rodillas frente a la tumba.

En su mente las horas de felicidad:

Cuando escuchaba a lo lejos el arrullo de la suave voz de Yrãséma. Cuando embelesado por los rasguidos de su dulce mbaraka reposaba durante horas a su lado. Cuando ambos se prometieron amor eterno en aquel atardecer sembrado de estrellas fugaces y de deseos. Cuando con regocijo Yrãséma recibió el gua’a que ahora ha anunciado su muerte. Tantas horas de paz, encanto, dulzura y felicidad. Tantas horas de amor entre ambos...

Jahari canta junto a la tumba:

Ya que nos has de estar junto a mí,

murmullo de las aguas,

ya que tu voz se ha apagado en este mundo,

arrullo de los vientos,

ya que la noche ha cegado tu mirada,

luz de los trinos,

ya que no podré abrazar tu cuerpo en este mundo,

oh Tupã, oh Arasy,

oh luz, oh cielos,

ya no quiero estar en este mundo sin Yrãséma.

Llévenme a visitar a mi amada.

No bien hubo terminado su letanía Jahari se desploma sobre la tumba de su amada y allí queda muerto. La tribu en medio de un silencio que lo cubre todo, cava una fosa junto a la tumba de Yrãséma y sepulta al amante desconsolado que así se funde para siempre con su amada virgen.

Capítulo XVIII

En el cual se cuenta cómo la calma de la tribu es interrumpida por el desmedido deseo de Tau.

Desde aquella mañana de silencios en que Jahari fue sepultado, la calma reina en la aldea. Tume Arandu continua descubriendo misterios en las hierbas que crecen en el valle, Guarasyáva se hace dueña de los secretos de los animales del agua. Porãsy, en su reinado de belleza y hermosura pasea por los montes hablando con los pájaros. Tupinamba sigue conquistando cerros con su fuerza inigualable. Marangatu cuida a su unigénita con infinita bondad y ella, Kerana es el apodo de la hija única de Marangatu, ella duerme. Kerana, bella como sus tías, está en la flor de la adolescencia, sus ojos tienen el brillo del movimiento de las aguas cuando juegan con el sol. Sus delicadas manos existen sólo para las caricias. Su boca tiene la consistencia de la carne de las papayas maduras. Sus piernas han sido torneadas por el agua y los vientos con infinita dulzura.

Kerana, la suavísima dormilona.

Kerana, la joven más codiciada de toda la tribu.

Todos disfrutan de los escasos momentos en que la dormilona deja su hamaca para pasearse por la aldea, pero aún nadie imagina la desgracia que su belleza encierra para ella y para toda la gente que está a su lado.

Desde lo más oscuro de las sombras nefastas, Tau, el espíritu del mal, observa a la niña.

La observa con deseo.

La observa con pasión lujuriosa.

La observa para encontrar los puntos débiles y atacarla.

La quiere para sí y está dispuesto a todo para conseguirla.

El espíritu maligno se decide ahora a atacar. Para aparecer en la tierra convierte su repugnante cuerpo en el de un joven apuesto y elegante. Vestido como un extranjero acierta a pasar por la aldea donde Kerana duerme sus dulces sueños. Lleva entre sus manos un flauta mágica que hace sonar junto a la hamaca de Kerana. La niña despierta y ve al joven. Nunca antes había visto un joven tan hermoso. El genio maléfico sonríe grotescamente para sus adentros, pero en el exterior de su ingenioso disfraz la sonrisa es casi celestial y la mirada suavemente acariciadora. Kerana, hechizada por la música, la mirada y la sonrisa, lo escucha con placer. Más tarde el joven sigue su camino dejando extasiada a Kerana. Pero la estrategia del espíritu maligno es observada con detenimiento por Angatupyry, el espíritu del bien. “¡No te será fácil!” piensa para sí Angatupyry.

La calma de otrora ya ha sido rota. Aunque en apariencias todo esté como entonces, en los cielos ha comenzado la lucha.

Capítulo XIX

En el cual Angatupyry interviene y Tau lo enfrenta.

Kerana duerme y sus sueños son ocupados por una única imagen, la del joven que pasó como pasa la suave brisa, dejándole un placentero recuerdo.

Pero Tau le tiene preparadas otras trampas a la niña hija de Marangatu. Dos días después de su primera aparición vuelve con el sonido de su flauta mágica a despertar a Kerana. La niña ahora lo escucha embelesada. Ya no es sólo música lo que trae el joven desconocido. Ahora conversa con ella. Le cuenta historias maravillosas. La enamora.

Angatupyry observa las visitas de Tau que ahora se hacen diarias.

Un paseo por el monte.

El obsequio de una mariposa de radiantes colores.

Miradas de pasión.

Angatupyry decide intervenir.

Primero siembra la duda en la niña. Le hace soñar sueños escandalosamente repugnantes. En sus pesadillas, Kerana ve como el joven apuesto y tierno se transforma en un horrible monstruo, se transforma en el mismísimo Tau. Pero la innata ingenuidad de Kerana la lleva a contar sus pesadillas al joven. Cuando Tau se entera de los sueños cae en la cuenta de que es acosado por Angatupyry y decide enfrentarlo. Como tantas otras veces, Tau y Angatupyry se han de trabar en una lucha sin tregua. Eligen como escenario los grandes campos cercanos a las colinas de Areguá.

Capítulo XX

En el que se relata la lucha extraordinaria entre el espíritu del bien y el espíritu del mal.

La lucha es fragorosa. Durante seis días con sus noches se han debatido los espíritus contrapuestos cruzándose en furibundos encuentros cuerpo a cuerpo. Lanzándose llamaradas de odio.

Kerana ha dormido esos seis días completos sin levantarse ni abrir los ojos.

Tau y Angatupyry, trenzados en recio combate, continúan ahora la lucha. Una vez más Angatupyry está venciendo. Tau extenuado trata de evadir las feroces embestidas del espíritu del bien. Una vez más el bien triunfará sobre el mal.

En su lecho, Kerana comienza a tranquilizarse.

Tau se va retirando de sus sueños.

Angatupyry sonríe viendo casi vencido a su eterno enemigo.

Tau muerde el polvo de la derrota. Rueda por el campo una y otra vez tratando de esquivar los arrestos de Angatupyry. Su monstruoso cuerpo herido y dolorido ya no da para más, está a punto de retirarse del combate. Ya es el séptimo día de lucha y Tau se ve a merced de su enemigo, pero con el último aliento invoca al dios del valor. Lo invoca sabiendo que él también puede morir para siempre jamás con esa súplica.

“Pytãjovái 63, ayúdame a vencer”, gime desde el suelo Tau.

“Pytãjovái, ayúdame”, repite con desesperación viendo avanzar a Angatupyry.

Un viento de fuego frena el ataque de Angatupyry. Tras las llamas se escucha la horrenda carcajada de Tau. Pytãjovái ha escuchado los ruegos del malvado y se ha presentado en el campo de batalla con todas sus armas. No crecerá más el pasto donde el aliento del dios del valor ha sido expulsado. Angatupyry yace moribundo. Tau se levanta y mira altivo con sus ojos cargados de maldad. Kerana despierta de pronto. Marangatu que ha estado observando el largo sueño de su hija intenta hablarle pero la niña le pide que la deje sola y sube a lo alto de un árbol desde donde escruta el horizonte. Tau, convertido nuevamente en el apuesto joven se dirige hacia ella sin oposición alguna.

Capítulo XXI

En el cual se cuenta cómo Tau rapta a Kerana y la maldición de Arasy.

Kerana escucha el sonido de la mágica flauta del joven que le ha hecho perder la cabeza. Hechizada, baja del árbol y corre por el monte al encuentro del mágico sonido. Fundidos en un largo abrazo los jóvenes se saludan. Tau, desde su disfraz de ingenuo, por primera vez le habla con lascivia. Le habla de sus deseos más recónditos. Se desenfrena haciéndola protagonista de los placeres carnales que él imagina. La niña pretende resistirse pero Tau, conducido por sus propias ansias, se muestra ante ella con toda su fealdad convirtiéndose de pronto en el terrible monstruo que es. Grita Kerana y toda la tribu acude a su llamado. Tau se aferra a su presa y huye enceguecido. Nadie puede detenerlo. Lo ven alejarse llevándose consigo a la bella Kerana.

Tau conduce a la niña a su inaccesible morada y la persuade de intentar escaparse.

“No lo intentes, morirás si pretendes irte”, le dice con su voz de trueno.

Tau, a partir de entonces sacia su sed de placer en el joven cuerpo de Kerana.

Sometida, la niña llora desconsoladamente y su llanto enfurece aún más al terrible espíritu del mal. “No seré tuya jamás” grita Kerana cada vez que el monstruo la posee, pero el grito es apagado por los ensordecedores gruñidos de Tau.

La tribu implora, clama, pide a Arasy que interceda para lograr el milagro de rescatar a Kerana. La indignación y el estupor han invadido a las gentes que ahora piden un castigo ejemplar para el raptor desalmado. Arasy escucha los ruegos y maldice a Tau, lo maldice para toda la eternidad y maldice a toda su descendencia.

Capítulo XXII

En el cual se informa de los alumbramientos de Kerana, fecundada por el espíritu del mal, de las características de sus siete hijos y del terrible dolor de la joven.

Siete lunas han pasado desde aquel día aciago en que Kerana fue raptada por el malvado. Siete lunas han observado pálidas de espanto la desesperación de la niña. Ahora Kerana está dando a luz. Ella espera un niño, pero la maldición de Arasy le ha hecho engendrar un monstruo. Kerana da a luz un horrible monstruo de siete cabezas. Siete de cabezas de perro cuyos ojos despiden llamaradas. Siete cabezas de perro y un horrible cuerpo de lagarto. En el futuro será conocido como Teju Jagua. Siete cabezas de perro que le condenan a la inacción. Su ferocidad fue aniquilada por deseo de Tupã y, contrariamente a su horrenda figura, se alimenta solamente de frutas y de la miel que su futuro hermano menor, Jasy Jatere le lleva hasta su escondrijo.

Kerana, asediada permanentemente por Tau, parió un hijo cada siete lunas. Todos sietemesinos. Todos fenómenos deformes. Todos malvados.

El segundo hijo del mal vio la luz con la forma de una gran sierpe con cabeza de loro y un descomunal pico. Su bífida lengua, roja como la sangre. Su piel escamosa y veteada. Su cabeza emplumada. Su mirada maléfica. Se le conoce con el nombre de Mbói Tui, ronda por los esteros y protege a los anfibios. Adora la humedad y las flores. Se lo puede identificar sin verlo pues lanza terribles y potentes graznidos que se escuchan desde tantísimas lejanías.

Kerana, abrumada por la pena, apabullada por el incontrolable Tau, carcomida por la certeza de estar engendrando monstruos capaces tan sólo de hacer el mal. Dolida porque su cuerpo es el artífice que está dando forma a un ejército terrible, pare su tercer hijo:

Se le conocerá en el mundo de los hombres con el nombre de Moñái 66 y tal como su antecesor inmediato, su cuerpo es el de una enorme serpiente. Posee dos cuernos rectos e iridiscentes que funcionan como antenas. Sus dominios son los campos abiertos. Sube a los árboles con gran facilidad y se descuelga de ellos para cazar a las aves con las que se alimenta, a quienes domina con el hipnótico poder de sus antenas. Es por ello que también se dice que es el señor del aire. Moñái protege el robo y lo fomenta. Ladrones y sinvergüenzas aún hoy lo invocan en sus fechorías.

En su cuarto período de gestación, Kerana siente que al fin hay algo de humano en su vientre. A los siete meses, como ha ocurrido con todos sus hijos anteriores, pare a un niño de dorados cabellos y piel muy blanca, pero el niño ha nacido con un bastón áureo en su mano derecha. Una leve presión sobre su varita mágica y el niño, al que llaman Jasy Jatere, desaparece volviéndose invisible. El niño horroriza a su madre desapareciendo y apareciendo en lugares increíbles. Jasy Jatere será el duende que en las siestas, escudado en su figura de niño, asediará a las jóvenes y a las niñas que se animen a salir solas, conquistándolas y poseyéndolas con los poderes de su mágico bastón. Dominará a las abejas y de ellas obtendrá la miel con la que se alimentará, cuyos restos lleva hasta la cueva donde vive su hermano mayor, Teju Jagua.

Kerana no tiene consuelo. Ya hace más de dos años que se encuentra presa del espíritu del mal y Kerana sigue contando los días. Su radiante cuerpo de otrora se ha deformado debido a los maltratos que ha recibido en forma constante por parte de Tau.

Ahora Kerana da a luz al quinto engendro del mal. Su figura se parece en mucho a la de Tau, En sus rasgos agudos. En su piel oscura, en el cabello de alambre y la boca grande.

Se le conocerá por su nombre: Kurupi, que llenará de temor a las jóvenes.

Y también se le conocerá por su principal característica física: un enorme y larguísimo pene que lleva enrollado a la cintura. Sus ataques a las mujeres solas que se aventuran por la selva serán mucho más furibundos y crueles que los de su hermano Jasy Jatere. En esos casos Kurupi viola y mata a sus víctimas. Pero su mayor diversión es raptar a las vírgenes, quienes desparecen misteriosamente para regresar encintas y listas para parir a los siete meses. Los hijos de Kurupi, sin embargo, mueren al séptimo día de un extraño mal *.

Kurupi domina a los animales silvestres y no abandona nunca la selva donde reina con el poder de su sensualidad, excepto para raptar a sus víctimas.

Cansada y desilusionada. Entregada y mustia, Kerana da a luz a su sexto hijo. Una vez más sietemesino. Una vez más monstruoso. Se le conocerá con el nombre de Ao Ao. Posee la facultad de reproducirse solo y vive en una gran manada en las zonas más inhóspitas de cerros y montañas. El Ao Ao se alimenta de carne humana y vive persiguiendo a las gentes que se aventuran por los cerros. La única manera de salvarse de la manada es trepando a un pindo. Cualquier otro árbol en el que se refugien los perseguidos será desarraigado por sus terribles garras y derribado en poco tiempo pero al parecer, el pindo posee algún hechizo contra la ferocidad de estos monstruos. El Ao Ao es cuadrúpedo pero cuando ataca se para en dos patas. Sus poderosísimas garras y su cabeza feroz nos recuerdan a un oso, pero su cuerpo es como el de una oveja y bajo esa apariencia logra que las gentes se acerquen sin temor **.

El séptimo alumbramiento de Keraná fue tan terrible como los seis anteriores. Esta vez, de su vientre, nació una criatura totalmente contrahecha. Su cabeza, semejante a la de un perro, deja ver una larga hilera de filosos dientes de diferentes tamaños. Sus orejas son pequeñas e impuestas en la parte superior del gran cráneo. Su cuerpo esmirriado y seco, sus extremidades mitad humanas, mitad garras le dan un aspecto desgarbado. Se le conocerá con el nombre de Luisõ.

Luisõ habita en los campos santos y se alimenta de los cadáveres que allí desentierra. Se le puede escuchar en las noches de luna llena, cuando emite sus lastimeros y aterrorizadores aullidos trepado a las lápidas de las tumbas ***.

Luisõ fue el último alumbramiento de Kerana.

Tau, parece concentrarse ahora en alimentar el malvado espíritu de su prole y se olvida de la doncella. Vejada y arruinada la pobre Kerana duerme cada vez más para evitar las lágrimas, infructuosamente, pues hasta en sueños llora...

Capítulo XXIII

En el cual el Jahari gua’a se da a conocer como enviado de Tupã y revela el secreto de la hierba mágica a Tume Arandu.

Dejemos por un momento la maldición de Arasy, que se está cumpliendo en toda su extensión mientras Tau se regocija con los genios del mal que ha engendrado. Dejemos por un momento la expansión del mal, los espíritus, los fenómenos y las gentes.

Vayamos ahora hasta el lugar donde se encuentra Tume Arandu.

A orillas de una aguada luminosa, el sabio investiga las hojas de unas plantas pequeñas que allí crecen. Una voz extraña y chillona lo sobresalta: “Tengo algo que decirte” dice la voz. Recuperado del susto inicial, Tume Arandu alza la vista y no ve sino al Jahari gua’a que está posado en una rama cerca de allí. El ave lo mira y repite la frase: “Tengo algo que decirte”. Tume Arandu se acerca y le ofrece el dorso de la mano a la manera en que un aficionado a la cetrería lo haría con su halcón. El gua’a se posa sobre el brazo de Tume Arandu y le habla al oído.

A juzgar por las expresiones de Tume Arandu, pues desde aquí no podemos oir lo que le está diciendo, debe ser algo asombroso. El gua’a habla sin parar y Tume Arandu expectante, lejos del paisaje que le rodea, absorto, escucha las maravillosas palabras del ave. Luego, con el gua’a en el hombro cual un pirata, se dirige hacia el otro lado de la aguada y se pierden por un estrecho camino entre los árboles del monte.

El secreto le ha sido revelado.

Tal como lo había dicho Tupã, los esfuerzos de Tume Arandu han merecido la develación del secreto. Tume Arandu ya conoce la hierba mágica, el ka’aruvicha, la hierba portadora de la eterna juventud. Pero también conoce cuáles son las condiciones para utilizarla. Restricciones severísimas acarrea el uso del ka’aruvicha, restricciones que de ser violadas se pagan con la propia vida. El hombre que haya bebido la infusión de ka’aruvicha y cometa el angaipa, será hombre muerto. Pero si se mantiene casto, mantendrá su juventud, será inmortal, gozará siempre de buen humor, será sabio y estará a salvo de toda enfermedad. En cambio la mujer que la beba se fortalecerá, procreando de mejor manera y sin dolores de parto.

Tume Arandu prepara la infusión.

Él mismo ha de beberla y ha de dársela a sus hermanas y al gua’a, maravilloso instrumento de Tupã, que ha partir de ahora no se separará de Tume Arandu ni un solo instante.

 Capítulo XXIV

En el cual se da noticia del estado de cosas promovido por los hijos de Tau.

A los siete años, los fenómenos alcanzan su apogeo.

Sus fechorías constantemente atormentan al pueblo. Los frecuentes raptos de las doncellas que lleva a cabo Kurupi. Las violaciones. Los robos y saqueos de Moñai. Los ultrajes de los cementerios de Luisõ. Las escandalosas travesuras de Jasy Jatere. Las salvajes persecuciones de la manada de Ao Ao y sus ritos antropófagos. Los graznidos de Mbói Tui. la terrible mirada de fuego que se esconde en la cueva de Teju Jagua inspirando temor y supersticiones.

Moñai acumula el producto de su pillaje en Yvytykuápe.

Nadie se atreve a cruzar los montes por temor a Kurupi.

Los cerros son el imperio de la ya famosa manada de Ao Ao.

El cementerio se transforma en lugar de miedo y terror por obra de Luisõ.

El atrevimiento de los cazadores que buscan sustento en los esteros es castigado con la muerte por Mbói Tui, el protector de los anfibios.

Muertes, ultrajes, robos y violaciones predisponen a los habitantes de la tribu a pelearse unos con otros. A matarse entre hermanos. Las familias se atacan unas a otras. Se incendian las aldeas.

El mal, propagado por el triunfo de Tau, impera en las tierras que Tupã bendijo aquel día primero. Ahora los hombres se arman, se matan, prefieren el vandalismo a la bondad. La semilla del mal está instalada en toda la tribu.

Es en este momento de confusión y furia es cuando la calma y sabiduría de Tume Arandu aparecen para decir basta. El sabio convoca a los avare y a los más renombrados miembros de la tribu para que le acompañen al Ñemono ongáva de Atyha pues tiene algo importante que decir, algo que solucionará los problemas actuales.

 Capítulo XXV

En el cual se habla de la reunión del pueblo en la Asamblea y de las resoluciones que se tomaron para acabar con el vandalismo desatado por los fenómenos.  

Aquel día el pueblo estuvo reuniéndose desde muy temprano, deseoso de escuchar las palabras de Tume Arandu. Cuando todos estuvieron atentos, el sabio les dirigió un breve pero clarìsimo mensaje de amor, de unidad y de compañerismo. Lo hizo con palabras sencillas, las más difíciles de pronunciar en esas ocasiones. Lo hizo apelando al sentimiento común y dejó en todos y en cada uno de los asistentes la semilla de la bondad y la esperanza.

Luego, en una sesión secreta, se reunió con los notables de la tribu y les dijo:

“No les digo nada nuevo contándoles que estamos viviendo un tiempo en el que la muerte se impone sobre la vida. La tristeza ocupa el lugar que antes estaba reservado a la alegría. El odio es el sentimiento que reemplaza al amor. La sangre corre con más fuerza que el agua de nuestros arroyos. El agua cristalina de la vida se enturbia en las oscuras cloacas de la muerte. Es evidente que de esta forma nos encaminamos directamente a la desaparición total. Hemos de hacer algo.”

Tume Arandu hizo una larga pausa y luego continuó ante el azorado silencio de todos los notables de la tribu:

“He de revelarles un gran secreto.”

Todos intercambian miradas y asienten con la cabeza.

“Tupã ha enviado un mensajero a través del cual está con nosotros todo el tiempo, dándonos las indicaciones para que terminemos de una vez y para siempre con los males que nos azotan.

Hélo aquí, el Jahari gua’a se ha revelado como mensajero de Tupã.

Se sirve Tupã de él, como instrumento para estar a nuestro lado. Sus palabras me han inspirado un plan para destruir a los siete fenómenos y con la ayuda de una de mis hermanas podremos llevarlo adelante.

Ha llegado la hora del fin para los siete hermanos. Ya no tienen escapatoria. Debemos aprovechar este momento. Tau ha marchado hacia Ruapehu y no podrá intervenir. Si logramos acabar con ellos haremos retroceder a la maldad que tiende su manto sobre todos nosotros.”

Un pesado e incómodo silencio se forma cuando Tume Arandu calla.

”Si estamos de acuerdo en seguir el plan que Tupã nos dicta, he de marcharme para preparar a mis hermanas e iniciar las acciones”.

Los asistentes con la mirada clavada en el piso responden con su silencio. El miedo y la incredulidad han ganado su voluntad, pero no pueden impedir que el valor de Tume Arandu y de sus hermanas se interponga a la maldad.

Tume Arandu se levanta y se marcha.

Capítulo XXVI

En el cual Tume Arandu pide la colaboración de sus hermanas.

Ya en la aldea, Tume Arandu hace llamar a sus tres hermanas y les pide que se sienten alrededor del fuego que él mismo aviva con una rama.

Guarasyáva, Tupínamba y Porãsy, más luminosas que el mismo fuego, iluminan el lugar con su extraordinaria belleza.

Tume Arandu les habla ahora de la juventud.

Les revela el secreto del ka’aruvicha.

Les cuenta los prodigios del Jahari gua’a. Les habla de la constante preocupación de Tupã por su pueblo y al fin, les cuenta el plan para exterminar a los siete monstruos.

“Yo iré a matarlo –dice, poniéndose de pie Porãsy– Engañaré a Moñái y escaparé de sus fauces sin un sólo rasguño, pero si Tupã desea el sacrificio, allí estaré para morir por mi pueblo”.

Porãsy, altiva extiende su mirada más allá del círculo familiar que la rodea y gira alrededor de los reunidos. Está ansiosa por comenzar su tarea.

La misión no le asusta. Todo lo contrario, le infunde valor. Porãsy aspira el aire renovado de la tarde que va cayendo del otro lado del río. Llena sus pulmones más que de aire, de valor y coraje. Porãsy ha decidido ser la protagonista y así será.

Capítulo XXVII

En el cual nos enteramos de cómo Porãsy llega hasta la caverna de Moñái y lo convence de reunir a sus hermanos.

Aún no sale el sol y Porãsy ya parte hacia la gruta donde Moñái vive y acumula el producto de su rapiña. Camina sola en medio de la oscuridad de la selva. Conoce cada tramo como la palma de su mano. Cada latido de cada ser vivo se convierte a su paso en un aliado que exhala su fuerza para acompañar a la joven. La menor de las hermanas de Tume Arandu marcha, y en sí misma acumula todos los deseos de la tribu, de la selva, de los cielos y de los ríos. Todos quieren verse libres de la maldad que por tantos años han soportado.

Porãsy avanza.

Cuando se aproxima al cerro Kavaju 79, en cuya gruta descansa el monstruo, Porãsy redobla los cuidados. Su andar ahora es imperceptible. Es como una sombra que se adentra en la cueva. Tan sólo un lejano resplandor delata la existencia de una antorcha de fuego prendida en las paredes de la gruta.

Porãsy entra sin hacer el menor ruido.

Porãsy sabe que Moñái, aún dormido no tardará en advertir su presencia.

El fétido olor de la caverna mal iluminada, como una alimaña, se desliza y pretende cubrir a la joven, pero el poder de los aromas de la selva repelen la podredumbre y la niña se mantiene incólume. Moñái mueve su largo y viscoso cuerpo. Sus cuernos se iluminan con cada movimiento.

De pronto levanta la cabeza y sacando su bífida lengua, con voz de trueno dice:

“¿Quién eres, qué haces aquí?”

“He venido a verte. Tanto se habla de tus hazañas. Tanto se habla de tu agilidad. Tanto se habla de tu valor. Tanto que me he enamorado y decidí venir a verte para decírtelo, Moñái”, contesta la joven.

Desconcertado el monstruo se arrastra hasta un lugar desde donde ver mejor la hermosura de Porãsy. Sus calientes bufidos dejan salir nubes que se adivinan blancas en la penumbra de la cueva.

“Dices que han llegado hasta tí los cuentos de mi agilidad y de mis hazañas y de mi valor”.

“Así es”.

“Y dices que te has enamorado de mí”.

“Así es”.

“Entonces estarás dispuesta a ser mía ahora mismo”.

“Para eso estoy aquí, pero es mi deseo, antes de vincularnos, conocer a tus hermanos y celebrar nuestras nupcias junto a ellos”.

Moñái, obnubilado por la suprema belleza, gira alrededor de la niña haciendo zigzaguear su largo y escamoso cuerpo. La desconfianza siembra su semilla en la naciente mañana que extiende sus primeras luces en la boca de la gruta.

Moñái piensa.

En sus iridiscentes cuernos la luz va y viene de arriba a abajo. Sin embargo, el deseo pesa más que la duda en esa extraña balanza que se mueve  en el tenebroso interior de Moñái. Sus ojos son el reflejo de la cueva en la que habita y en ellos no hay lugar para otra cosa que no sea la extrema belleza de Porãsy.

Moñái ahora habla:

“Sabrás que Teju Jagua, uno de mis hermanos, no puede salir de su cueva a raíz de su deformidad, pero si realmente me amas, como dices, entonces podemos partir de inmediato hacia Jaguaru 80 y celebrar la boda en aquel lugar”.

El plan de Tume Arandu comienza a andar.

La partida hacia Jaguaru, prevista por el sabio, es inminente.

Porãsy responde de inmediato y sin dudar:

“Comprendo perfectamente y si ése es tu deseo, partiremos de inmediato”.

Sin ningún recaudo la bestia parte hacia Jaguaru acompañado de la bella Porãsy.

Allá van.

Ella elegante y hermosa.

Él reptando y avergonzado de andar así a la luz del día, pero ansioso  de poseer a la que reina sobre la belleza de la tierra.

Capítulo XXVIII

En el cual se cuenta la boda de Moñái y Porãsy en Jaguaru.  

Han pasado diez días desde aquella mañana en la que Porãsy llegó a la primera cueva, la de Moñái. Ahora está en la segunda caverna, la que sirve de habitación al temido e inofensivo Teju Jagua. Ha esperado la niña durante días junto al deforme de siete cabezas. Al fin Moñái ha regresado con el resto de sus hermanos.

Ahora están todos reunidos.

Porãsy ataviada con un vestido de niebla y cascadas, sabe que está llegando el momento en que su actuación debe ser totalmente convincente. Ante su ojos, como nadie los ha visto antes, están los siete hermanos: Kurupi, Jasy Jatere, Moñái, Teju Jagua, Mbói Tui, Luisõ y Ao Ao. La postal es terrorífica pero todos están extrañamente alegres. Corre la chicha y beben los monstruos monstruosamente.

Fuera de la gruta es noche cerrada.

La luna es la gran ausente a la fiesta.

Tume Arandu y los suyos rodean el cerro en silencio.

La trampa se prepara y el fin está cerca.

Adentro, la grotesta fiesta fulgura a la luz de las antorchas. Los monstruos tórnanse toscos y bamboleantes en medio de las tinieblas del alcohol. Porãsy espera el momento para actuar. Observa a los siete hermanos. Observa la borrachera sabiendo que su tribu espera una señal suya para actuar.

Momento culminante: Porãsy cree llegado el momento e intenta escapar.

Alcanza la puerta y está a punto de salir.

Desde afuera ya empujan la gran piedra que cubrirá la entrada.

Moñái advierte el movimiento y, como un rayo, saliendo de la penumbra envuelve con su cuerpo de serpiente el frágil cuerpo de la niña tirándola nuevamente al fondo de la caverna. Sus fauces abiertas desmedidamente para lanzar un grito aterrador: “¡Traición!”. El grito de la furia de Moñái. El grito desesperado de Porãsy: “¡Cierren la gruta, ya no puedo salvarme!”. La tribu clausura la entrada y el fuego exterminador comienza a alzarse en el cerro.

Capítulo XXIX

En el cual se narra la ascensión de Porãsy a los cielos.

Un enorme faro. Una antorcha gigante que enciende el día en el centro mismo de la noche.

La tribu en ronda alrededor del cerro. Caminan tomados de la mano. Cantan opacando los terribles gritos de los siete hermanos monstruosos.

Tume Arandu de espaldas al fuego.

El poeta busca el rostro del sabio y advierte rodando en sus mejillas dos perlas traslúcidas. Porãsy se ha sacrificado. El sabio despeja de su mente las imágenes de su pequeña hermana en manos de los monstruos. Deja salir las terribles imágenes convertidas en pequeñas lágrimas.

Arden los monstruos consumiéndose en el fuego.

Arde Porãsy y su pequeño cuerpo ingresa en la transformación final.

Espíritu de mua el espíritu de Porãsy, luminoso y claro se concentra sobre sí mismo.

Cerca de la madrugada la tribu entera presencia la ascensión de una luz pequeña e intensa que desde entonces llamaron Mbyja Kofi 81. También desde entonces, Tupã destinó al espíritu de la pequeña Porãsy a alumbrar la aurora de todas las mañanas de la historia.

Capítulo XXX

En el cual nos enteramos del destino que tuvieron los siete monstruos lejos de la faz de la tierra.

Siete días y siete noches estuvo el cerro bajo el mar de fuego, alimentado con ahínco por toda la tribu. Al fin, los siete maléficos ascendieron a los cielos convertidos en siete pequeñas estrellas que hoy conocemos como la constelación de Las Pléyades o Las Siete Cabrillas. La tribu les dio el nombre de Eichu y aún hoy se les conoce con aquel nombre.

Consumidos los horribles cuerpos de los monstruos y purificados sus espíritus, descansan para siempre en el alto cielo.

Cuando la luz del octavo día despeja los últimos restos de la densa humareda Tume Arandu abre la gruta. El viento se lleva para siempre las cenizas y la tribu vuelve a respirar la brisa límpida que Tupã legara en el principio.

Capítulo XXXI

En el cual se transcribe la canción que el Poeta dedica a Porãsy.

El contento y la grande alegría que la tribu toda siente ahora, liberada del tormento y del miedo provocado por los maléficos, se ve empañada por el sacrificio de Porãsy. Lloran sus antiguos pretendientes. Lloran sus hermanas. Llora en silencio el sabio Tume Arandu. Llora la selva y los ríos y el aire de la tarde y los pájaros del monte. Es el dolor de haber perdido a la que reinaba sobre toda la hermosura del mundo. Y el dolor se expresa con lágrimas dolientes.

Llora el poeta y enhebra las lágrimas de toda la tribu en su fina pluma, para bordar con palabras un canto de alabanza y alegría que borre las lágrimas y aleje el dolor.

La voz del poeta al fin logra expresar su canto y dice:

La naturaleza se expresa gozosa

cuando tu apareces, estrellita hermosa.

Blanca flor del alba, tan buena tú fuiste

que al querer salvarnos quemada moriste.

Hija de Arasy, perlita del cielo,

tu fresco rocío llega desde el cielo.

Lágrimas de niebla cargadas de esencias,

las flores se abren ante tu presencia.

Oh bella estrellita, cuando asoma el día

al mirar tu brillo nos das alegría.

De tu viaje eterno hallamos consuelo

al saber que eres mimada del cielo.

Y si las heladas blanquean los campos

tu luz refulgente tòrnase un encanto.

Tú eres del cielo la estrella encantada,

has nacido hermosa y eres venerada. ****

Capítulo XXXII

En el que se narra la vuelta de Tau y su furia vengadora.

Pasaron los días y la calma pareció retornar a la tierra. Los hombres se esforzaron por hacer las paces y olvidar sus rencores. En muchos sitios se encendieron fogatas que representaban el fin del odio y de la guerra. La rapiña y las pillerías iba desapareciendo poco a poco. La primavera con su esplendor comenzaba a hacer brillar a las plantas de la selva que restallaban de aromas y colores.

Una mañana en que la maravillosa orquesta de la creación se aprestaba a dar inicio a las primeras notas del gran concierto primaveral, de improviso el cielo se vistió de negro. El sol que había comenzado a tender sus aúreos rayos palideció y quedó atrapado más allá de la densísima capa de nubes borrascosas que avanzaron desde el oriente precipitándose con furia.

Tau estaba de regreso.

Lo supo antes que nadie Tume Arandu a través del gua’a.

Lo supo la tribu porque de inmediato recrudecieron la violencia y las rencillas.

Lo supo el monte sobre el cual un viento destructor se abatió con la fuerza de mil huracanes dando por el suelo con ramajes floridos y pudriéndolo todo.

Lo supo el río cuyas aguas se vieron encrespadas contra su voluntad y lanzaron miles de peces muertos a las orillas.

Tau rugía en lo alto del cerro y Kerana lloraba desconsolada.

Tau prometía venganza y la venganza se iniciaba con esa arrolladora tormenta que no sólo agitaba el exterior de la tierra sino que encendía los fuegos más oscuros de los espíritus de los habitantes de la aldea.

Desde entonces un tiempo difícil se inició en aquellos parajes.

Tau descendió del cerro y a toda carrera fue en busca del artífice de la la destrucción de sus hijos. Fue en busca de Tume Arandu sin pensar que éste ya lo estaba aguardando.

Tau corre atraviesa los montes y en un tris se encuentra junto a una laguna donde el sabio se está bañando. Tau, fuera de sí, lo convoca con su grito vengativo. Tume Arandu gira sobre sí aún metido en el agua y mira fijamente a Tau. Lo mira con calma. Lo mira con fiereza. Lo mira de una manera única e inconcebible.

Tau, avergonzado, huye del lugar.

El sabio nuevamente le ha tendido una trampa.

Lo ha empayenado.

El poder del ka’aruvicha nuevamente ha dado resultado sobre la abominable maldad de Tau.

En su huida Tau se encuentra frente al Ita Oñeangecháha y ante la visión de su propia imagen desencajada y furibunda empaña con su aliento la piedra lisa y brillante y sobre ella dibuja una pata de ñandu en señal de amenaza y maldición a la generación de Tume Arandu.

Capítulo XXXIII

En el cual se cuenta la triste muerte de Kerana.

Nadie sabe ahora el paradero de Tau. Todos saben que se toparán con él sembrando cizaña. Las habladurías sobre sus maldades corren una tras otra de aquí para allá. La discordia y el mal son sembrados paciente y ardientemente por Tau en todos los rincones de la tierra. Los males se multiplican como nunca antes. El caos es ahora mayor que cuando los maléficos hermanos organizaban sus parrandas. Tau va de correría en correría, de la selva a los montes, de los montes a los poblados, de los poblados a los ríos, de los ríos a las islas y su maldad no parece tener fin.

En lo alto del cerro Jaguaru, Kerana continúa con su amargo llanto.

No puede parar.

Sus lágrimas son incontenibles.

Nadie que la viera ahora diría que esa mujer flaca, pálida y desgarbada fue hace apenas unos años una joven hermosa y soberbia, admirada por toda la tribu.

Su cabello antes radiante ahora está hecho jirones, mechas revueltas sobre una cabeza en la cual su rostro demacrado provoca lástima y espanto.

Kerana llora.

Llora por su amargo destino.

Llora por haberse dejado engañar.

Llora por haber parido aquellos siete monstruos.

Llora por sí misma y por su tribu.

Llora hasta que la fuente de sus lágrimas se agota y al fin, desfalleciente, se deja caer sobre sí misma dando un último suspiro.

Kerana ha muerto y en el sitio de su muerte un pequeñísimo surgente deja correr un hilo de agua para toda la eternidad *****.

Capítulo XXXIV

En el cual se narran la historia del gran incendio que decidió a Tupã a imponer un gran castigo para los hombres.

Convertido en innumerables personajes Tau recorre todos los lugares donde es posible sembrar la semilla de la maldad. Así, hoy es un extranjero bondadoso que se detiene a pedir un poco de agua y al rato se encuentra en otro punto distante, transformado en un alegre joven que munido de extraños instrumentos es capaz de ejecutar melodías encantadoras. Más tarde se transforma en un hombre pendenciero que provoca peleas entre hermanos y después es un habilidoso nadador que llega al poblado a través del río desde remotas tierras.

El engaño es una constante y en todos los lugares donde aparece siembra, de una u otra forma, la discordia y provoca las rencillas.

Pero al fin este papel también aburre a Tau y decide hacer una gran maldad.

Decide vengarse destruyendo la creación.

Tau prepara su poderosa fuerza y, valiéndose de la ausencia de su eterno contrario, Angatupyry, decide incendiarlo todo.

Imagina ahora Tau las llamas del incendio y a medida que las imagina las llamas van naciendo en distintos lugares de la tierra. Primero son débiles y pequeñas pero ocupan lugares estratégicos. Los hombres y las mujeres de la tribu en sus distintas aldeas apagan con facilidad los primeros brotes. Pero el sol se hace cada vez más insistente sobre los pastos secos y las llamas comienzan a reproducirse a gran velocidad.

El fuego se propaga.

Ahora las llamas son de la estatura de un hombre.

El fuego avanza, crece, se multiplica.

Tau ríe con sonoras carcajadas. Tau ríe y su risa se transforma en más y más llamas que alimentan el fuego enloquecido. Un mar enorme y rojo comienza a arrasar las aldeas. Los hombres huyen. Abandonan a sus ancianos. Dejan a los niños librados a su suerte.

Grandes lenguas de fuego empujadas por el rojo aliento de Tau se elevan hasta la altura de los árboles más altos. Allá van. Indestructible, el monstruo ígneo galopa con ferocidad consumiendo en esa carrera las bellezas de la creación. Entre el crepitar de los vegetales, se escuchan los rugidos desesperantes de las fieras, los gritos de los monos y los alaridos de hombres y mujeres que son alcanzados por el fuego.

El gran incendio divierte a Tau que se llena de regocijo.

Han pasado las horas y Tau se echa a descansar sobre las llamas.

Entonces las llamas, como un caballo al que su montura ha dejado libres las riendas, aflojan su loca carrera. Todavía corren pero ahora ya no son acicateadas por nadie.

Siete días han de pasar hasta que los poquísimos sobrevivientes del infierno dejen de sentir el fluir del fuego cerca suyo. Un gran desierto chamuscado, desde el cual brotan pequeños hilos de humo elevándose impasibles hacia el cielo, ha quedado luego del gran siniestro.

A pesar de la desgracia, la desunión y las discordias se multiplican nuevamente.

No hay paz para la tribu y Tupã decide desde su trono poner fin a tanta crueldad.

Señales y mensajes terroríficos serán dados desde el alto cielo y será muy pronto.

Capítulo XXXV

En el cual se cuenta cómo Tupã dio instrucciones a Tume Arandu y cómo éste las llevó adelante.

Ahora Tume Arandu lo sabe todo. Posándosele sobre el hombro, el gua’a  le ha hablado con la voz de Tupã y le ha indicado el camino a seguir de ahora en más.

“La furia de Tupã es grande y para dar un corte a las horribles visiones a las que los hombres lo han estado sometiendo, Tupã ha llamado a Tupã Amaru, el padre de las aguas, y le ha ordenado que azote la faz de la tierra con una lluvia larga y torrencial que todo lo cubra”. Esas fueron las primeras palabras del gua’a, pero no fueron las últimas.

“Es voluntad de Tupã que Tume Arandu construya un ygarusu para hacer frente al diluvio y que junto a sus hermanas Tupinamba y Guarasyáva navegue en él hasta que las aguas desciendan. Es menester que Tume Arandu guarde todo esto en el más absoluto secreto. Tume Arandu y sus hermanas serán el punto de partida de una nueva generación más pura y obediente, Tupã proveerá que así sea”.

El resto de los dichos del gua’a se referían a las mismas cosas repitiéndolas una y otra vez con el fin de que todo salga tal cual Tupã lo había mandado.

Ahora ya lo sabe.

Tume Arandu se adentra en el bosque.

Elige el árbol con el cual construirá el ygarusu.

Ahora se le ve concentrado en su trabajo. Debe hacerlo solo y con sus propias manos. Esa es la condición que Tupã le ha impuesto.

Tume Arandu asegura el árbol con una multitud de cuerdas antes de intentar cortarlo. Ha puesto en práctica un ingenioso sistema de poleas por el cual cuando el árbol caiga quedará a un metro del suelo en forma horizontal. Hachas y herramientas de extraña forma utiliza el sabio en la construcción que avanza día tras día. De la misma manera avanzan los callos en las manos de Tume Arandu que se van haciendo más y más diestras en el arte de construir embarcaciones.

Han pasado ya diez días y Tume Arandu da los últimos toques al ygarusu.

Capítulo XXXVI

En el cual se intentan explicar los raros fenómenos de la víspera del Yporu

El plazo de Tupã se ha cumplido y la crueldad sigue siendo una constante en las aldeas de la tribu, violencia, muertes, riñas, disputas, sangre...

El sol de la tarde, en su curva descendente, moja su figura de hostia dorada en aquella sangre y se tiñe de rojo. Se vuelve oscuro y su arrebolada cabellera se hace más perceptible al ojo humano.

Las llamas que le son propias se mueven constantemente en un aletear que nada bueno puede anunciar. Como si sangrara, el cielo azul también comienza a teñirse de rojo oscuro.

Giran en círculos los lobos buscando morderse la propia cola. Se desespera toda la fauna del monte. Los animales corren sin ton ni son. Comienzan a sentir que ya no son dueños de sí mismos. Desde los más feroces hasta los más insignificantes gritan y tiemblan con furia y miedo.

Los hombres de cada aldea, temerosos, hacen las paces con sus enemigos.

Las guerras llegan a su fin cuando los guerreros, amedrentados por los signos del cielo, rompen sus flechas y las entierran en el monte.

Va cayendo la tarde y todo parece encendido.

Cada cosa y cada ser vivo es una brasa al rojo, una llaga.

Cuando la oscuridad de la noche mata esa visión sanguinolenta, una cerrada lluvia de estrellas se desata sobre la región. Los nativos buscan refugio y los que no lo encuentran son víctimas del nerviosismo de las fieras que los devoran en un abrir y cerrar de ojos.

Nadie entiende bien que está sucediendo pero todos saben que el fin se acerca.

En el posento de los dioses Arasy, ante el arrepentimiento que observa en los hombres, pide clemencia a Tupã y le implora que levante el castigo. Pero Tupã, severo y serio se limita a contestar que aplazar la pena capital es imposible.

En medio del nerviosismo general la noche va pasando.

Cerrada y misteriosa.

Sin luna y ciega pasa la noche.

Tume Arandu conduce a sus hermanas hasta el sitio del bosque donde ha escondido el ygarusu y dentro de él comienzan la tensa espera. Tume Arandu les habla entre tanto de los designios de Tupã y de las horribles cosas que tendrán que ver inexorablemente cuando ocurra el Yporu.

La mañana despertó imponiendo el mismo miedo que su antecesora.

El sol, la morada de Tupã, no mostró su alegre y tibio rostro como siempre lo hacía. Vendaba sus ojos un jaguaveve. Evidentemente Tupã no deseaba contemplar lo que habría de acontecer.

Capítulo XXXVII

En el que se cuentan los hechos que acontecieron cuando el Yporu se descargó sobre la tierra.

Ahora el sol, con los ojos vendados, desaparece por completo.

Nubes que parecen seres vivos se abalanzan enturbiando el cielo. Como fieras hambrientas avanzan dándose las unas contra las otras y provocando el mismo estrépito que haría una manada de millones de rinocerontes. No son nubes negras. Son nubes de un color indescriptible. Son nubes del color de la muerte.

El aire se enrarece. Apesta a cucarachas muertas. El cielo está cubierto por una gran osamenta que se desplaza como si estuviera viva.

Miedo y desconcierto son uno solo en los rostros de los nativos. El gran monstruo de la destrucción los mira de frente y no hay nadie que pueda detenerlo.

Los relámpagos caen como enormes flechas partiendo en dos los árboles más añosos de la tierra y levantando humaredas salvajes. Pedazos de nubes espesas como un caldo grisáceo y mortal se precipitan a tierra dejando cráteres informes en la roca de los cerros.

Un viento pesado se levanta arrancando el follaje ya marchito de los árboles. Un hálito caliente que provoca quemaduras a su paso y mata con sus caricias demoníacas. El cielo se desploma.

Es el fin.

Comienza a llover.

Con una furia contenida el agua se deja caer sobre la tierra. El agua forma lanzas aceradas que no mojan, en primera instancia perforan y se clavan en la tierra para luego derretirse por la fuerza de más y más lanzas que caen unas sobre otras. Entonces el agua comienza a cubrirlo todo. Entonces la sangre de los muertos brilla sobre la superficie del agua. Entonces los vivos huyen hacia las zonas más altas con desesperación. Entonces el ygarusu de Tume Arandu y sus hermanas boga al garete en ese mar que comienza a formarse de cuya superficie se levantan olas tan altas como los cerros. Olas furiosas. Los hombres, las mujeres, las bestias trepan buscando las cumbres. Se muerden, se rasguñan, se devoran entre sí. La ley del más fuerte es la que talla en este momento. Serpientes gigantescas estrangulan a los jaguarete, los jaguarete devoran a los nativos y los llevan entre sus fauces. Los nativos se matan entre sí y clavan sus lanzas ora en los cuerpos calientes de las bestias, ora en las laderas de los cerros para ayudarse a trepar. El desconcierto es total. Cada quien toca la música de su propia salvación. Cada quien lucha por su vida a su manera y sin embargo todos sienten que la condena les alcanzará por igual. Tume Arandu, sentado en el fondo de la embarcación se tapa el rostro con ambas manos. Más allá de su sabiduría, más allá de la inmortalidad de que le ha provisto la yerba mágica, el ka’aruvicha, Tume Arandu no soportaría el espectáculo de la destrucción total. Sólo el poeta puede contarnos lo más terrible. Y así lo hace:

Todo canto que canta al exterminio
habla a la vez con la santa voz del niño
que con el fin, nace, y al comienzo,
comienza a andar a tientas en las aguas
donde se queman, sagrados, los inciensos.
Mas la luz sagrada ha de brillar
y la vida renacerá en la tierra
que sagrada fue desde el comienzo
y bendita en las palabras de Tupã. 

Cae la noche y las aguas rugen. Las olas, ágiles como venados, saltan a bordo del ygarusu inundando el fondo del gran bote. Ahora son frescas estas aguas. Se alejan de la muerte. Se acercan a la vida. La muerte es un recuerdo apenas. Las aguas lo cubren todo. La tierra ha desaparecido por completo. El Yporu, la sentencia sagrada, se ha cumplido. Tupã Amaru ha cumplido con su misión y, mientras se retira a su morada, deja órdenes de que las lluvias prosigan sin descanso hasta el aburrimiento.

Capítulo XXXVIII

En el que se cuenta el fin del Yporu y los primeros acontecimientos en las tierras nuevas.

Los tripulantes de aquel gran bote construido por Tume Arandu no logran recordar el tiempo que duraron las lluvias. Tupã les quitó el sentido del tiempo. No hubo más que una sola penumbra. Ni la negrura de las noches, ni la claridad de los días.

Pudo haber pasado una sola jornada o una eternidad.

Lo único cierto es el agua que todo lo cubre y nada ha dejado en pie, excepto el ygarusu, que boga pequeño en aquella inmensidad de agua que se extiende hasta tocar los cielos en todas las direcciones.

Ha dejado de llover y ahora una niebla densa acompaña el avance del ygarusu que parece un espectro deslizándose sobre la calma y el silencio aún cargados de misterio.

Días más tarde, disipada la bruma, una fresca brisa riza apenas las aguas.

El gua’a, que acompaña en el ygarusu a los tres sobrevivientes, les anuncia que ya no lloverá y que las aguas comenzarán a bajar lentamente. Tume Arandu y sus dos hermanas divisan en la claridad del primer día los picos de ciertos cerros sobre los cuales se han salvado algunos animales. Sabremos más tarde, por boca del poeta, que aquellos animales fueron los que conformaron luego la fauna guaranítica.

Meses después las aguas dejan al descubierto la tierra.

Tume Arandu, sus hermanas y el gua’a descienden del ygarusu y se adentran en los montes. Los árboles llenos de algas y vestigios de la vida acuática los saludan con sus perfumes vegetales. Todo es nuevo para ellos. El paisaje no difiere mucho de lo que ya conocían pero ahora sienten un particular respeto por la naturaleza.

Al fin y al cabo la naturaleza es Tupã y Tupã es la naturaleza.

Los pocos pájaros y animales que, acurrucados en las cimas de los montes, lograron salvarse del diluvio ahora aparecen saludando con sus cantos y sonidos al hombre sabio y a sus dos hermosas hermanas. Anduvieron este primer día con cautela los hermanos. Esperaban una indicación de Tupã, una señal, una palabra, y miraban de reojo al gua’a que no habría el pico.

Piensan y avanzan los tres hermanos cuando al salir del monte hacia un claro amplio y verde advierten la presencia de dos hombres que están sentados junto al fuego.

Tume Arandu, con el gua’a sobre el hombro, se acerca a ellos adelantándose a sus hermanas. Los hombres, altos y vigorosos, se ponen de pie y saludan a Tume Arandu y a sus hermanas Guarasyáva y Tupinamba. Karaive y Mafihory, dijeron llamarse los hombres que, por otro lado eran jóvenes y fuertes. Ambos invitaron a Tume Arandu y a sus hermanas a sentarse alrededor del fuego y les contaron su historia.

Karaive y Mafihory habían sido pobladores de la luminosa Halánte 90, la ciudad más hermosa de un gran país que se ubicaba en medio del mar. Halánte también había sido devorada por las aguas y los dos hermanos se salvaron providencialmente al encontrar un pequeño bote que abordaron y en el cual resistieron el diluvio.

Tume Arandu al ver su condición de marítimos apodó a Karaive con el sobrenombre de Paragua y a Mafihory con el sobrenombre de Amaraso, los cuales perduraron en el tiempo. Con esos nombres se les conoció para siempre. Con esos nombres descubrieron muchísimos años después el lugar donde antes se alzaba Halánte, pero esa es otra historia y el poeta se las contará cuando llegue el momento.

Tume Arandu se retiró a realizar sus meditaciones a una bella zona del bosque y los cuatro jóvenes entablaron una amistosa relación. Descubrieron arroyos que cantaban una música nueva y pájaros que ya conocían de antes, jugaron con ellos. El sol brillaba en lo alto como nunca antes y el amor se hizo presente. Tiempo más tarde Amaraso casóse con Tupinamba y Paragua con Guarayáva. Tupinamba y Amaraso decidieron partir hacia las tierras del norte y se asentaron cerca de un gran río que sería conocido como Amazonas. Guarasyáva y Paragua procrearon cerca de otro gran río que se encontraba hacia el poniente y que sería conocido como Paraguay.

Muchas historias ocurrieron entre aquel momento y la llegada de los Karaiete que Tupã había anunciado a Rupave y Sypave aquel día primero. Muchas historias extraordinarias y magníficas. Pero esas historias merecen otro sitio pues hasta aquí podemos decir tan sólo que Tupinamba fue madre de la raza Tupi y Guarasyáva madre de los Guaraní. Dos tribus poderosas fueron los Tupi y los Guarani, con sus características propias y con sus semejanzas. Entre ambas cubrieron casi todo el continente y ambas tribus escribieron, como protagonistas, una historia fabulosa hasta que llegaron a estas tierras los Karaiete y el terror se instaló durante mucho tiempo entre los nativos.

*      El extraño mal al que se refiere el texto es el tétanos. Dice Rosicrán en Nuestros Antepasados: “Tupã dispuso que a los siete días de nacer se les descompusiera el ombligo, acabando por fallecer del mal de siete días (tétano).”

**    Es evidente la relación existente entre el Ao Ao y el “famoso” lobo con piel de cordero que aparece en numerosos escritos de la literatura de todos los tiempos.

***   El Luisõ, llamado también en guaraní Huicho, es la versión local de el lobizón u hombre lobo que tanto abunda en la literatura fantástica de gran parte del mundo y que se ha convertido en un mito universal.

*****Narciso R. Colmán refiere que en la cumbre del Cerro Jaguaru existe un surgente muy pequeño que filtra un hilo de agua que evoca las dolientes lágrimas de Kerana.

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