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Vista desde la cumbre del cerro Kavaju. |
La
tarde iba preparándose para el sueño, dejaba tras de sí los
multicolores vestidos de fiesta que había llevado durante el día.
Como siempre, rumores de aves en retirada completaban la cercanía
de la noche. La gran dama de negro preparaba las lentejuelas del
universo para pasearse a sus anchas. La luna era en ese momento
apenas un hilo de plata, una pulsera finísima tejida con la luz del
sol, elevándose desde la otra orilla del río.
Frío.
Agosto
reina.
Hoy
las rosadas mieses florales de los tajy
han estallado, pero bajo el hermoso manto de flores aletean las
oscuras sombras del más allá.
Aletean
en torno del joven indio que se prepara para la gran ceremonia.
Aletean
en torno de la anciana que se prepara para la otra vida.
Aletean
en torno de la choza y de los árboles y de las flores y de las
estrellas, que rodean la fuerza del joven y la agonía de la
anciana.
La
anciana clama por el hijo que en ese momento no tiene oídos para su
madre.
El
joven guerrero escucha ahora tan sólo los latidos de su deseo.
Presiente el encuentro amoroso. Lo avizora en los tambores que
resuenan en la noche recién nacida, en los ruidos de los animales
que se deslizan en busca de sus presas, en el zumbido apenas audible
de las flores que se fecundan unas a otras. El joven guerrero no
tiene oídos para el clamor de su madre. Y su madre está muriendo.
El
médico de la aldea sujeta las manos de la anciana entre las suyas y
cierra los ojos para no ver a los enviados del más allá que vienen
a llevársela.
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Supuesta
cueva del Moñái en la ladera del cerro Kavajú, |
El
joven guerrero se aferra a su bastón emplumado y parte, dejando atrás
la choza donde vive. Aún existe un instante en el que duda y se
detiene. Las estrellas lo miran esperanzadas, las flores de los
lapachos gritan: ¡vuelve junto a tu madre! El joven guerrero gira
su altiva cabeza y mira en dirección de la choza que acaba de
abandonar. Su madre clama: vuelve, hijo mío, sólo quiero
despedirme. Pero el joven no la ha escuchado. Cegado por la pasión
de su juventud, retoma el camino y las estrellas dejan caer lágrimas
celestiales.
Ahora
los pasos del joven son firmes.
A
medida que avanza, la noche se cierra sobre él y los tambores
acercan sonidos cada vez más potentes. En la planta de sus pies
descalzos, Karãu, el joven guerrero, siente el pulso de la tierra latir al unísono
con su pecho. Los perfumes del fuego comienzan a llegar hasta su
piel e inician el proceso de enardecer a cada uno de sus músculos.
Su mirada se enciende cuando llega al círculo en el que la tribu
danza sus sueños.
Orgulloso
de sus prendas, orgulloso de su cuerpo, Karãu
se hace un lugar en el círculo de fuego, se apoya en su bastón
emplumado y con su mirada lanza-relámpagos comienza a buscar entre
las jóvenes más bellas a aquella que lo ha estado llamando sin
saberlo.
¡Ahí
está!
La
mirada de aquella mujer ha cruzado, por un instante brevísimo, sus
brillos de río con la mirada del vanidoso guerrero. Lo ha
enceguecido, lo impulsa a la conquista. Esquiva, la joven desaparece
de inmediato en el racimo de hembras teñidas de fuego.
Karãu
duda. Ha sido como una aparición que ahora vuelve para hacerse ver
tan sólo por un momento. El guerrero sale del círculo y camina con
firmeza por el exterior de ese pequeño sol tribal que forman los
indios en su fiesta de la Luna Nueva. Camina sigiloso como el jaguarete sobre las ramas de los árboles. Se diría que sus ojos,
su piel, sus pasos, todo él ruge cada vez que la aparición juega a
incitarlo.
De
pronto, lo que parecía una aparición está ante la vista de todos.
¿Ha
dado un salto, o simplemente la magia de su belleza extrema la ha
puesto allí, junto al fuego? Karãu
se detiene y entra en el círculo. Sólo el fuego los separa. Sólo
el fuego los une. Cualquier otro se quemaría. Ellos, en cambio, están
allí como si estuvieran en su ámbito más natural.
Sus
cuerpos hacen el fuego.
¿Quién
cazará a quién?
Es
la mujer vestida de llamas la que inicia el movimiento, y los
tambores, que se habían callado para escuchar el crepitar de esas
llamas, inician un tam-tam
cada vez más intenso. Karãu
se mueve en sentido contrario, no dejará que los papeles se
inviertan. Él quiere ser el cazador y va al encuentro de la joven
por el lado opuesto. Le da alcance y rodea la pequeña cintura de la
joven con su brazo derecho. Ella echa sus brazos al cuello del joven
y él la desprende del piso como arrancando una planta exótica de
la orilla del río.
Ahora
danzan.
Todas
las cosas giran a alta velocidad.
Las
manos en los tambores. Los pies de Karãu
y la joven. Sus cuerpos. El fuego. Las estrellas. La finísima curva
de la luna. El círculo de la tribu.
Todas
las cosas giran a alta velocidad.
Se
desenfrenan.
El
alma. Los corazones. La carne. Los pensamientos. La pasión.
Una
sombra sola está quieta en medio de la alocada carrera.
Una
sombra a espaldas de Karãu.
Tu
madre ha muerto dice la sombra, y los tambores callan. Enmudece el
aire de la noche y todo lo que giraba abandona su impulso y se deja
ir en un último movimiento que ya no atiende al movimiento...
Tu
madre ha muerto, repite ahora en medio del silencio la sombra
quieta.
No
molestes, viejo. Ahora no es momento. Ahora no es tiempo de llorar.
Karãu,
teñidas sus palabras por el fragor sensual del momento, no
comprende que su madre ha muerto. La tribu en pleno no comprende el
desamor de Karãu y, sintiéndose
culpables, cada uno de los presentes, esconde su mirada en el piso
de tierra. Las llamas retroceden, ceden en la hoguera dejando paso
al reinado de las cenizas. La joven, objeto del deseo desenfrenado
de Karãu, escapa hacia el
bosque. Karãu olvida la
fiesta, a su madre muerta, al viejo médico que le ha dado aviso, y
corre tras ella.
La
persecución ya no es simbólica sino real: el jaguarete persigue a la hermosa gacela.
Karãu
huele en el aire el perfume de la joven y entra en el bosque.
Como
si fuera una premonición, la estela de flores de tajy que va dejando
tras sus largas zancadas, se deshace y las flores, antes perfumadas,
caen marchitas y con un hedor de muerto. Karãu
se interna en el monte que cada vez se hace más y más espeso. Cae
repetidas veces enredado entre las lianas que ahora proliferan por
doquier. Ya no hay flores ni suaves fragancias, todo es oscuridad
impenetrable. El suelo que pisa es un barro pegajoso.
Un
crujido, el canto de un ave, un movimiento de hojas y Karãu cambia de rumbo.
Ya
no sabrá regresar.
El
cielo, ahora ausente, lo sabe, pero Karãu
ya no puede ver el cielo, sólo un cerrado techo de hojas que le
impiden la orientación. Como si fuera un canto de sirenas,
cualquier ruido lo atrae. Karãu
piensa solamente en la bella joven que ha escapado de sus brazos.
Karãu
es ahora otro hombre. El deseo se ha transformado en obsesión
primero y en desesperación después. Ha perdido su preciado bastón
emplumado. Su cuerpo arañado por la vegetación presenta rastros de
sangre. Su rostro se ha hinchado producto de las picaduras de los
insectos. Su temple es ahora obstinación.
Toda
la noche tras un imposible.
Karãu
sale ahora a un claro, ve un cielo bajo y cerrado por nubes oscuras.
Nuevas
esperanzas le trae el pantano neblinoso que tiene frente a sí.
Avanza.
Las
pestilentes aguas hasta la cintura.
Apariciones
entre la niebla.
Ve
a la joven que se aleja caminando suavemente sobre el inmundo
lodazal.
Ve
a la madre muerta que asoma entre las aguas y se hunde nuevamente.
Escucha sus gritos: ¡Sálvame, hijo! ¡Sálvame, por favor!
Una
y otra vez la bella joven y la madre muerta aparecen y desaparecen
ante los azorados ojos de Karãu.
Una y otra vez Karãu
intenta alcanzar a las mujeres con su voz, pero de su garganta no
sale un solo sonido.
El
agua ahora le llega al cuello y sin embargo Karãu
sigue avanzando.
Ya
no hace pie.
Karãu
se hunde y vuelve a salir a flote en el pantano.
Ya
no es un hombre.
Apenas
una masa informe entre el barro.
De
pronto un grito lastimero alza su cuerpo flaco y de entre los
pajonales un ave negra extiende sus alas y se pierde entre la
niebla. Un ave condenada a vagar en los pantanos. El cuerpo del
color del barro. El grito del color del arrepentimiento tardío. Un
ave triste: el karãu.
La
leyenda de Pombéro
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Éstas
son las tierras de Carapeguá, |
En
medio de la noche Itivere
despertó con la sensación de que algo rondaba su choza. Salió y
anduvo un buen rato por los alrededores del monte con pasos
sigilosos pero nada pudo ver ni escuchar. Sólo algunos pájaros
nocturnos, breves aleteos y graznidos apenas perceptibles.
Itivere
piensa en Guyravera, su
amada esposa.
Guyravera
descansa, enorme la curva de su vientre. Habita en él la vida de un
nuevo ser que pronto brillará para ellos. Guyravera sueña paraísos de paz y ni siquiera en sueños atisba la
desgracia que el destino les ha entregado hace ya un buen tiempo.
Itivere
mira al cielo cara a cara al jaguaveve que parece estar quieto pero que, él lo sabe, pronto se
irá. Mira confiado a la desgracia, la desafía. Cree que
enfrentando al astro, las desgracias huirán muertas de miedo. Confía
en su poder. En su fuerza hay algo natural que siempre lo ha sacado
a flote en los momentos más acuciantes. Confía en sus propias
fuerzas.
Itivere
no ha escuchado los silbidos fuertes y agudos que desde hace varias
lunas rodean el poblado y en particular su choza. Un silbido que
parece salir de la oscuridad misma de la noche. Un silbido cargado
de magia, algo que Itivere
desprecia.
Desde
cientos de años atrás los akahendy
merodean los poblados guaraníes. Siempre con la esperanza de
engendrar en una mujer de suprema belleza que mejore las extrañas
características de su raza. Los akahendy,
homúsculos pequeños, nunca descubrieron las distintas formas de
generar el fuego. En las noches más oscuras roban los tizones de
los fogones y los llevan hasta sus poblados. Son expertos, eso sí,
en preparar elíxires y filtros con hierbas y mieles. Son expertos
en esa magia que proviene del poder de las hierbas.
El
cuerpo de estos pequeños seres, que no superan la estatura de un niño
de diez años, está cubierto de vellos de una gran suavidad los
cuales les crecen incluso en las palmas de las manos y en las
plantas de los pies.
Pueblo
rencoroso, los akahendy,
marcan a sus víctimas tocándolas con sus velludas manos. Una
caricia imperceptible que provoca un escozor de extraña sensación
en las niñas y que les hace amigas de las sombras para siempre.
Los
akahendy son más veloces
que el viento y para no ser descubiertos se mimetizan como si fueran ñandúes empollando, o como troncos secos o como matorrales.
La forma de su cuerpo y sus extrañas vestimentas hechas de pieles,
plumas y hojas les ayudan a despistar a sus enemigos.
Capaces
de la amistad, los akahendy
esperan la ofrenda de los pueblos que cerca de los matorrales les
dejan caña, tabaco y miel. La respuesta generalmente no se hace
esperar. Los akahendy retribuyen las ofrendas con huevos de pájaros, panales
llenos de miel, y otras delicias del monte. Pero también son muy
vengativos cuando la ofrenda no llega.
Guyravera
ya siente los primeros síntomas del parto. Se recuesta dentro de la
choza y al poco tiempo, cerca de la medianoche, nace una niña. Itivere
escucha un silbido largo y profundo. Sale a ver, siente pasos y un
tizón encendido escapa del poblado hacia el monte a gran velocidad.
Itivere lo entiende todo.
Los akahendy han robado el
fuego de la vida a su pequeña hija. Lleno de furia intenta
perseguir al duende pero sus fuerzas se acaban bien pronto. Es
imposible perseguir a quien corre más rápido que el viento.
Desesperanzado vuelve al poblado. Su niña es más hermosa de lo que
hubiese podido imaginar pero él sabe que el fuego de la vida ya no
le pertenece. Ha sido tocada por las heladas manos del akahendy.
Itivere
se revuelve en su propia impotencia. Sabe que con la fuerza no podrá
lograrlo. Entonces decide granjearse su amistad. Tal vez de esa
forma logre liberar a su hija del maleficio. Itivere deja ofrendas a los duendes. Una y otra vez las ofrendas
desaparecen pero no son retribuidas. Signo inequívoco de que la
amistad no será dada.
Ha
crecido la niña. Su padre la observa con pena. Trata de seguir sus
movimientos pero al menor descuido Iramara
se pierde de la vista de los suyos. La niña prefiere los lugares
oscuros del monte. La penumbra es su aliada y se siente atraída
irremediablemente hacia ella.
Una
tarde en que Iramara se ha
desprendido de la vigilancia de su padre y se encuentra en lo espeso
del monte trepada a un añoso árbol, es sorprendida por un
hombrecillo que se presenta ante ella de improviso y festeja su
gusto por las sombras.
“Si
te gusta la sombra y la oscuridad de los montes, entonces también
te gustará la miel, tanto como a mí” dice el hombrecillo.
La
niña acepta la miel que el duende le alcanza y siente que la
presencia de aquel ser le hace sentirse más segura. Menos
rara. Aceptada y halagada la niña entabla una conversación
fluida con el duende que no se limita tan sólo a esa tarde, sino a
muchísimas tardes más.
El
hombrecito le realiza permanentes obsequios y la niña se siente a
gusto con él.
Ahora,
Iramara es una adolescente
hermosa. Ha pasado mucho tiempo desde aquel primer encuentro con Timbe, el duende, y se han hecho muy amigos.
El
hombrecito le ha estado embrujando con la magia de sus brebajes. Iramara
ya está lista para la gran expedición de la que siempre hablan
cuando están juntos. Partir a tierras lejanas, abandonar la aldea a
la que nada ni nadie la ata, irse por los caminos del monte... Iramara
lo siente en su sangre joven en la que el deseo también empieza a
bullir, no sólo por el desarrollo natural sino, y sobre todo, por
los brebajes que Timbe le
proporciona.
Itivere
y Guyravera se han vuelto
taciturnos de tanta tristeza. Su hija, la luz de sus ojos, los
desprecia. No contesta a sus preguntas. Se encierra en un
ensimismamiento en el que ellos ven el fin. Ambos han decidido irse
de la aldea. Llevarse lejos de allí a Iramara,
arrancarla de las garras de los akahendy
y comenzar una nueva vida más allá del horizonte. Lo han pensado
mucho y al fin se han decidido. No encuentran otra forma de salvar
la vida de su amada hija.
Pero
los akahendy también han
decidido con respecto a la vida de Iramara.
“Ha
llegado el momento”, dice Timbe
a sus congéneres.
“Hoy
traeré a Iramara”,
repite el duende y una multitud de hombrecitos aúllan de placer y
lanzan risotadas sin sentido mientras se revuelcan en el campo
pelado.
“Mañana
partiremos”, dice Itivere
a Guyravera.
La
mujer calla, presiente que todo será inútil pero no contrariará a
su esposo.
Itivere
vigila su choza. Duerme Guyravera. Duerme Iramara.
Pero la noche no duerme. La oscuridad de unas nubes densas y negras
va cubriendo el cielo. Se escucha un silbido. La luna ya ha
desaparecido del cielo. Algunos relámpagos caen en la lejanía como
agujas de fuego.
Un
descuido apenas y la niña ha desaparecido. Itivere
descubre la hamaca vacía. No recuerda haberse dormido. Despierta a Guyravera.
Iramara se ha ido.
“Volverá”
dice la madre. Pero la niña ya no ha de volver.
Cerca
de los pantanos, en la zona más oscura, se puede ver lo que Itivere
y Guyravera no quieren imaginar. Allí están Iramara y Timbe. El duende
la convence para partir. Le da de beber los zumos mágicos y se la
lleva. La niña va sentada en un especie de trono que los akahendy han construido sobre dos varas. Varios hombrecitos se
turnan para llevar las varas sobre sus hombros.
Cuando
llegan a su destino la tierra y los árboles y los matorrales
parecen despertar. De todos lados surgen más y más hombrecitos.
Hediondos y zaparrastrosos. Excitados por la presencia de la bellísima
adolescente rodean el pequeño trono con frenesí ensordecedor.
Gritos. Zapateos. Risas y un olor inmundo que casi desmaya a Iramara.
Nuevamente Timbe le
alcanza zumos mágicos y la niña entra en un estado de sopor del
que ya no saldrá nunca más. Ella no imagina que será fecundada
por estos pequeños monstruos, no entiende del todo lo que sucede,
no entiende la lascivia de los hombrecillos diabólicos. Pero está
allí en medio de la turba y nada puede hacer.
Itivere,
al amanecer, viendo que su hija no regresa, decide reunir a su tribu
y partir en su busca. Allá van los bravos indios en busca de las
tierras de Karapegua, en
busca de los akahendy para
exterminarlos. Dos días caminaron los indios hasta llegar a las
planicies de Karapegua que tienen frente a ellos. Amanece nuevamente y el jefe, Itivere,
siente la proximidad de su hija. La vé y corriendo a su encuentro
la toma entre sus brazos y sale del círculo de duendes, incendiándolo
todo. Los indios ponen fuego a todos los matorrales y el fuego se
extiende de inmediato rodeando a los hombrecitos infernales.
“Ahora
están donde deben estar”, dice Itivere
con su hija en brazos mientras se aleja caminando por la orilla de
un río. La venganza está hecha y el guerrero siente que su hija
está a salvo aunque la observa temblar en sus brazos. Un sudor
helado cubre el cuerpo de la niña que poco después muere. Su padre
con el llanto incontenible la entierra junto al río y regresa
vencido a su aldea.
Aunque
Itivere creyó haber destruído a la raza de los akahendy
con aquel monumental incendio, algunos de ellos lograron escapar. Itivere y Guyravera
murieron poco después de pena y desconsuelo. Los akahendy sobrevivientes se distribuyeron por distintas tierras y aún
hoy continúan haciendo de las suyas en los alrededores de los
poblados. Se les conoce con el nombre de Pombéro,
a raíz de sus manos velludas y continúan dando su protección a
quienes les acercan ofrenda de tabaco, caña y miel. Aparecen en los
lugares donde se los nombra y atacan de vez en cuando a las
adolescentes insistiendo con su manía de fecundar a las mujeres
bellas para mejorar su raza. Se los encuentra solos, y utilizan
andrajos mugrosos como vestimenta, llevando casi siempre un rotoso
sombrero de paja que les cubre el rostro.
La
leyenda del Ñanduti
Como
el humo de las grandes quemazones, un techo bajo de nubes negras
cubría la aldea de los Guerreros del Sol. Las nubes se arrastraban
enceguecidas por la fuerza de los vientos. Los habitantes de la
tribu sabían que esa oscuridad era circunstancial y se preparaban
para el próximo esplendor del Sol. Nadie estaba triste porque sabían
que el astro de oro volvería a brillar sobre sus cabezas alzándose
con toda su fuerza. Nadie, excepto Ñandu Guasu, el hijo del jefe de “los grandes avestruces”.
Desencajado,
se revuelve en su hamaca de fibras.
¿Cuánto
tiempo lleva así?
¿Cuánto
tiempo lleva su madre intentando hechizos para librarlo de aquel
tormento?
“¡Oh,
Sapuru, hermosa ninfa indígena,
abandona esta tierra y nunca vuelvas!” piensa para sí la madre de
Ñandu Guasu, viendo a su
hijo sufrir por el amor no correspondido.
Sapuru
desafía al Sol.
Paradoja:
Sapuru envía su mensaje de
esperanza montado en las nubes y en el viento.
“Sapuru
se quiere casar y se lo ha dicho a sus padres”, dijo la machu
con tono malicioso al oído de Ñandu
Guasu. De inmediato el guerrero está en pie escuchando lo que
la vieja viene a decirle. “Sapuru
se casará con el hombre que le haga el más raro y valioso
presente”. La machu hizo
una pausa para palpar con sus ojos sesgados las reacciones de Ñandu
Guasu. “Claro que será muy difícil superar los que ya ha
recibido –agregó la machu–
aunque dicen que el regalo que trae Jasy
Ñemoñare es más hermoso y raro todavía. Trae collares,
pendientes y brazaletes de un metal raro, blanco y brillante, y
dicen que lo ha sacado de la luna misma una noche en que ascendió
hasta allí con su magia de descendiente directo de la reina de la
noche”.
Ñandu
Guasu
la escucha y se siente demolido por la evidencia verbal de la vieja.
Ñandu
Guasu
piensa en la muerte.
En
su muerte.
Canta
el kogohé y Ñandu Guasu huye de la vieja, del canto y de la muerte.
Corre
por el bosque el joven guerrero.
Corre
con sus piernas de acero.
Corre
ahuyentando a las nubes negras, al canto maléfico, a los augurios
de la vieja machu, al
viento que retuerce el cielo. Trepa a los árboles, los traspasa.
Cruza los manantiales y sobre todas las cosas va extendiendo con
furia la furia del Sol. Todo se ilumina a su paso.
Corre
haciendo el día hasta que cae la noche.
Ahora,
Ñandu Guasu, con paso
reposado, recorre el monte que ha hecho suyo durante el día.
Presiente el hallazgo, lo huele en el aire. Es un perfume finísimo,
casi imperceptible. Una sonrisa se dibuja en su rostro de hombre. Ha
llegado junto al árbol muerto. El árbol que el rayo de los cielos
ha destruido con su fuego. Ñandu Guasu acaricia el tronco muerto y en el lugar que ha tocado
nace un brote pequeño y verde. Ñandu
Guasu levanta la mirada advirtiendo la presencia viva de la más
encantadora obra de la naturaleza que jamás había visto. Un tejido
blanco y brillante, empapado en rocío, lleno de reflejos, hecho con
dibujos de una perfección celestial. Un manto nacido para Sapuru.
Sin dudas un regalo insuperable.
De
pronto, de entre el follaje, surge la figura de Jasy Ñemoñare. El también quiere a Sapuru. Ñandu Guasu no
tiene armas pero lo enfrenta. Un duelo por amor. Por el amor de Sapuru.
Rodeos. Fieras miradas. Ruedan los contrincantes. La luna los mira.
Una piedra, una herida mortal, la sangre corre y la luna llora
porque su hijo ha muerto. Jasy Ñemoñare yace bajo la luz de la luna.
Ahora
Ñandu Guasu trepa hacia
las ramas que sostienen el codiciado manto. Su rostro iluminado por
la certeza de tener a Sapuru
para siempre. El joven alarga sus manos y el finísimo tejido se
deshace en una baba pegajosa e informe. Es un hechizo. Es una
quimera. Es un imposible. Jamás podré tener entre mis brazos a la
bella Sapuru, se lamenta
en sus pensamientos Ñandu
Guasu y lágrimas de rabia ruedan por su rostro.
De
un salto está en el suelo y corre rumbo a su aldea.
Corre
con sus piernas de acero.
Corre
cubriendo la luz lunar con un manto negro que todo lo ensombrece.
Corre
ahuyentando a los hechizos, a la muerte y a la fría luz de la luna.
Corre
haciendo la noche con su llanto hasta que nace el día.
Ahora
Ñandu Guasu se revuelve
en su hamaca. Sueños terribles agitan su espíritu. Habla en
lenguas extrañas mientras duerme. Grita. Su madre, acongojada lo
despierta. Lo saca del infierno. Ñandu
Guasu calla. No cuenta su travesía por el monte. Se lo ve con
el semblante ensombrecido por la pena y por la rabia. El sol ya está
en lo alto cuando el joven decide sincerarse con su madre. Se
sientan juntos, a orillas del río, y con la mirada perdida relata
lo sucedido: la travesía, el claro en el monte, la muerte de Jasy Ñemoñare, la joya de aquel tejido, la desazón final.
La
madre se levanta y simplemente dice: “Llévame a ese lugar”.
El
joven la mira, primero sorprendido y luego con una sonrisa
esperanzadora.
“Confía
en mi”, dice la madre, y parten.
No
corren por el monte, lo sobrevuelan con la fuerza del amor.
Ahora
están en el sitio del hallazgo. La madre observa el cuerpo de Jasy
Ñemoñaré cubierto de insectos y luego dirige su mirada a la
maravilla del tejido allá en lo alto. La fuerza del sol parece
haberle dado más vida, más brillo, más luz. La madre observa con
detenimiento, no se arriesga a tocar la tela, sabe que el mínimo
roce la destruirá. Se limita a mirar el constante movimiento del
pequeño animal. Sus idas y vueltas. Su colgarse y descolgarse contínuo,
casi sin pausas.
Ñandu
Guasu
se ha dormido.
Sobre
una rama repone las fuerzas que ha gastado durante la noche.
La
madre aprende la urdimbre del tejido maravilloso. Sigue los pasos de
la araña. La madre comienza a tejer un manto hecho a imagen y
semejanza del que tiene ante sus ojos. Lo teje con sus propias
canas. Lo teje con amor. Lo teje sabiendo que hará feliz a su hijo.
Cuando
Ñandu Guasu despierta, su
madre descubre ante sus ojos el tejido que ha hecho con sus canas.
El joven sorprendido mira la obra de su madre y mira el tejido
prendido de las ramas: son idénticos. Con temor el joven toma entre
sus manos la suavísima urdimbre. La madre cuenta cómo lo ha hecho
y el hijo, con su natural ingenio, le dice: “lo llamaremos ñandu
ati.”
“Ve
y entrega esta ofrenda a Sapuru”
dice la madre.
Los
descendientes de Ñandu Guasu
y Sapuru continuaron
tejiendo aquel delicado encaje que hoy conocemos como ñanduti,
homenaje eterno al talento y sabiduría de la madre de Ñandu Guasu, y nombraron a las arañas, tejedoras naturales y
primigenias de aquella maravilla, con el nombre de ñandu con el que hoy las conocemos en nuestro idioma guarani.
La
leyenda del Urutau
Es
la calma hora de la siesta, cuando la sombra aparece apenas a
nuestros pies. Uruti, la
hija del mburuvicha de los guarani
sale de la aldea. Guía sus pasos la pasión por un hombre. Un
guerrero. Un solitario que ha desafiado las fuerzas de la naturaleza
con el poder de sus ancestros.
Uruti
llega
junto al tajy florido que
está al borde de la fronda espesa. Allí deberán encontrarse. Allí
espera al amado. Allí, inquieta y ardorosa, Uruti se sienta y se
pone de pie una y otra vez a la sombra fresca del lapacho. Jaguarainga no llega. Algo lo ha retrasado.
Cuando
Uruti está a punto de
retirarse aparece el guerrero solitario deseoso de ver a su amada.
La
tarde se enciende nuevamente y los nubarrones que poblaban el alma
de Uruti con desencantos
desaparecen como si un gigante los hubiera soplado con fuerza alejándolos
para siempre.
Estoy
aquí, viéndolos. Uruti
la bella princesa guarani
y Jaguarainga, el fuerte
guerrero, plebeyo pero orgulloso de ser descendiente de los primeros
habitantes de estas tierras. No sabe él, sepámoslo nosotros, que
su madre ha sido la hermana del gran jefe guarani.
El
diálogo meloso de los jóvenes. Las caricias.
él
le ha traído como ofrenda una piel de tigre aún caliente y algunas
heridas en los brazos y en el pecho, rasguños de la fiera con la
que ha tenido que luchar a plena luz del día, para llegar junto a
su amada. Orgulloso de su triunfo, el guerrero descansa en el regazo
de su amada. Ella cura sus heridas con hojas de ceibo y palabras de
amor.
Los
enamorados sienten pasos y voces.
La
niña se asusta.
El
guerrero le pide calma.
“Es
la voz de mi padre, debo irme”, dice la niña.
“Ya
es tarde para huidas, enfrentemos la situación”, le contesta el
guerrero.
Ambos
se ponen de pie y de esa forma reciben a la comitiva que se acerca
hacia ellos.
Reprende
con voz firme el padre a la hija y ésta pretende poner excusas a la
presencia del guerrero junto a ella. Pero Jaguarainga,
altivo y seguro de sí mismo, enfrenta la situación y confiesa su
amor por Uruti al gran
jefe guarani.
Indignación
es lo que ha logrado con su confesión de amor. Una indignación que
esconde un odio ancestral. La tribu a la que pertenece Jaguarainga
es una tribu esclava de los guarani.
Con soberbia, Arakare, el
padre de Uruti, destrata y
menosprecia al guerrero. El joven se defiende recordando al viejo
jefe que su tribu ya era dueña de estos lugares cuando la suya aún
no existía como pueblo y le advierte que el alejarse de los
consejos de la naturaleza poniendo por encima la ansiedad de poder
le pesará en el futuro, en un futuro muy cercano.
“Hoy
pueden ser dueños de estas tierras y esclavizar a las tribus
ancestrales, hoy tienen el poder, pero si continúan alejándose de
la madre tierra, se volverán esclavos en muy poco tiempo”, dice
el joven. El viejo jefe lo maldice y lo hace echar fuera de su
presencia.
La
niña vuelve a la aldea con sus padres y sus padres la envían al
templo mayor para que los sacerdotes conjuren el daño de la pasión
y el ardor de su alma. Uruti
deberá consagrarse como vestal del templo y alejarse de todo hombre
por siempre jamás.
Se
resiste Uruti, mientras
las otras vestales del templo la animan diciéndole que pronto
olvidará los sucedido. Que los sacrificios, los ayunos y la
disciplina la convertirán en otra mujer.
Pasa
el tiempo y Uruti ha
superado las pruebas para ser consagrada vestal del templo.
Hoy
es el día.
Su
padre y su madre están presentes en el templo.
Los
sacerdotes realizan los ritos iniciales de la ceremonia.
Uruti,
vestida de blanco como las demás vestales está lista para la danza
espiritual.
Las
melodías de los dioses resuenan en ecos profundos y las vestales
comienzan su danza circular. Cuando la música cesa, las vestales
quedan con la vista clavada en el techo del templo. Hay algo allí
que llama la atención de las vírgenes. Pero antes que nadie pueda
darse cuenta ya las mujeres han bajado la vista. Sólo Uruti,
como si escuchara una música del más allá, inicia una danza extraña
a la santidad del templo, extraña a las vestales, extraña a los
sacerdotes. Es una danza de una sensualidad como no se ha visto. Su
cuerpo transformado en las llamas de una gran fogata. Cada
desplazamiento una insinuación. Los movimientos ondulatorios de Uruti
cesan de pronto y cae al piso desmayada.
Los
sacerdotes, alarmados por la expresividad lujuriosa de Uruti, se reúnen y entienden que el espíritu de castidad no ha
penetrado en el alma de la joven. ¿Qué hacer?
La
ira despierta en el gran jefe Arakare.
Como
es posible que de su simiente haya nacido tan baja mujer, que se rehúsa
a ser casta y pura para la eternidad. Que corre tras un bastardo. ¿Qué
clase de hija ha tenido?
Minutos
más tarde los guardias del templo reclaman la presencia de los
sacerdotes en las afueras del lugar. Han sorprendido a un indio
trepado a los techos del templo. Han sorprendido a Jaguarainga
espiando la ceremonia de las vestales. Tratando de impedir la
consagración de Uruti. Y
lo ha conseguido. De inmediato Arakare
condena al maldito a la muerte y a su hija a presenciar el castigo.
“Morirá.
El verdugo le aplastará la cabeza, cortará su cuerpo en pedazos
que serán devorados por la tribu y sus huesos se tirarán en un
claro del bosque para que su alma no tenga reposo”, esas son las
palabras que usa Arakare para sentenciar a Jaguarainga.
El
guerrero intenta defenderse pero nadie atiende sus reclamos. Invoca
el amor por Uruti y eso
enardece aún más al gran jefe: “Llévenlo y átenlo al árbol.
Ofrézcanle mujeres, manjares y vino, para que gozando de los
placeres terrenales sufra más a la hora de la muerte”.
Los
preparativos para el castigo-sacrificio comienzan de inmediato. Los
guardias traen mujeres, manjares y bebidas al prisionero que todo lo
rechaza. Las vestales y Uruti,
mientras tanto, preparan un plan para liberar al guerrero. Mezclan a
las bebidas jugo de adormideras rosadas y ninfeas azules. Una vez
que todos comienzan a beber, pues sin ese paso no hay ritual,
comienzan a caer dormidos como troncos. Es aquí cuando vuelve a
aparecer en escena Uruti.
Llega para liberar al prisionero. Desata las cuerdas que lo
mantienen unido al árbol y luego de solazarse en caricias y
declaraciones de amor eterno escapan del lugar llenos de esperanza.
Desean alejarse lo más pronto posible hasta que la ira de Arakare
se aplaque. Toman el rumbo del naciente. Van unidos en el amor.
Huyen pero en la huida no hay rencores. En sus almas no hay espacio
para otra cosa más que para el amor.
Días
después una nutrida comitiva de trescientos
guarani armados hasta los dientes y encabezados por el jefe de
los guerreros de Arakare y
antiguo pretendiente de Uruti
atrapan a los fugados y los regresan al templo. Ahora el castigo es
doble. A Jaguarainga se le
impone la misma forma de muerte que fuera sentenciada por el gran
jefe y a Uruti, la condena para las vestales mancilladas, que es tan terrible
como aquella: ser devorada por la boa de templo. Una terrible y
gigantesca pitón con poderes de augur. Ruega la madre de Uruti por su hija, implora ante Arakare
por la vida de Uruti pero
éste no le perdonará la afrenta. La suerte está echada.
Un
rugido terrible hace temblar todo el templo, ¿se está cumpliendo
la sentencia? ¿de dónde ha venido aquel terrible rugido que aún
desde el eco continúa haciendo temblar las poderosas paredes? ¿Qué
es lo que está pasando allí afuera? Dos guardias horrorizados
penetran en el templo y dan aviso: Juaguarainga
ha dado muerte a la serpiente gigante. La ha partido en dos luego de
librarse de sus ataduras. Al ver que la serpiente se enroscaba a los
pies de amada, logró zafar de las ataduras y como un poceso arrebató
el hacha de uno de los guardias y de un sólo golpe partió en dos a
la terrible boa. Sus dos partes aún siguen agitándose y manchando
de sangre las paredes del templo.
Jaguarainga
continúa disputando con los guardias hasta que al fin cae rendido.
Arakare
perdona la vida de Uruti
aconsejado por los sacerdotes y ratifica la condena de Jaguarainga, sacrificio que deberá ser presenciado por
Uruti. La sentencia se cumple sin ritual. El verdugo le aplasta
la cabeza, troza su cuerpo muerto y tira los huesos. Luego del
sacrificio libera a Uruti
que corre hacia su padre. Uruti
llora, grita y maldice a su padre que se mantiene impávido ante los
reclamos infructuosos de la bella Uruti.
Uruti
se
marcha del templo seguida por su madre, Ojampi,
que decide seguir a su hija a donde vaya en lugar de cuidar del
anciano y malvado jefe de los guaraníes. Las señales de desastre
para la tribu de Arakare
no se hacen esperar. Los sacerdotes se las hacen saber, pero el
viejo jefe ha perdido la capacidad de entender esas cosas y no hace
caso de los avisos. “Los malos augurios se cumplen sólo con los
cobardes y yo soy un hombre valiente”, dice Arakare.
“Nada ni nadie me doblegará”. Los dioses para hacer más penosa
su soledad deciden convertir a la bella Uruti
en un pájaro nocturno que llora todas las noches y descansa durante
el día y a su madre en un árbol seco sobre el cual se posará el urutau.
El
viejoArakare ya no puede
conciliar el sueño. Su tribu fue perdiendo sus posesiones y él fue
perdiendo el poder. Arakare
envejeció rápidamente y murió solo, escuchando el lamento
terrible del urutau
durante todas las noches de su vida y aún después de muerto.
La
leyenda del guavira
Corren
las primeras épocas de la colonización. Corren como los primeros
caballos que atravesaron la mar océano. Corren como las nubes que
vienen empujadas por los mismos vientos que ensancharon las velas de
las primeras carabelas. Corren como lo han hecho en todos los
tiempos, sin detenerse, avanzando siempre en pos del futuro
inalcanzable.
Los
bravos indios de esta tierra se enfrentan a los conquistadores que
vienen con su soberbia en busca de Eldorado. Dispuestos a todo por
un pedazo de oro, los hombres de allende el mar se internan en los
bosques de las nuevas tierras y se enfrentan cuerpo a cuerpo con los
aborígenes.
En
una de aquellas luchas un guerrero español cae prisionero del
temido cacique Jaguati.
Jaguatí
tenía una hija muy hermosa pretendida por varios de sus mejores
guerreros a los cuales ella había rechazado uno a uno.
Cuando
el hombre blanco llegó a la aldea fue encerrado en una jaula.
Allí,
avergonzado y temeroso, pasó sus primeros días sin probar bocado.
Pensaba en su dulce amada que había dejado en las ahora lejanas
tierras europeas. Imaginaba que ya no volvería a verla. Sufría por
ella. Se veía sacrificado por aquellos salvajes de los cuales no
entendía ni siquiera el idioma. Lloraba en silencio.
En
esos pensamientos estaba cuando sintió la penetrante mirada de Apykasu,
la joven y bella hija de Jaguati.
Ella le entregó dulcemente una vasija con agua fresca y él,
sediento, aceptó. Desde entonces fue Apykasu
quien llevó los alimentos destinados al prisionero. Su figura le
había impactado al punto de sentirse totalmente enamorada del
extranjero.
Apykasu
entonces habló con su padre. Le pidió que le entregara al
prisionero porque se había enamorado de él, que le perdonara la
vida. El cacique se mostró condescendiente con su amada hija. ¿Cómo
iba a negarle un deseo? Además quería que su hija le diera
descendientes.
Apykasu
inició la seducción del extranjero. Ante las atenciones de la
joven el hombre se mostraba amable pero distante y no daba muestras
de corresponderle. Como si estuviera en otro lado y no en aquella
aldea.
Apykasu
le hizo mantas y adornos. Le preparó platos especiales. Le hizo
entender que le amaba y al fin, vencida por la desdicha del amor no
correspondido, Apykasu
ordenó que lo enviaran a la hoguera. Fue un simulacro lamentable ya
que el prisionero, aún al borde de las llamas, no se inmutó.
Prefería la muerte a ser infiel a la promesa que le había hecho a
su amada. Prefería morir antes que faltar a su palabra.
Terminada
la farsa de la hoguera Apykasu
intentó por todos los medios comunicarse con el apuesto joven hasta
que al fin lograron entenderse. Entonces ella suplicó su amor una y
otra vez. Pero él, con absoluta sinceridad le confesó que no podía
amarla, que le agradecía lo que ella había hecho por su vida pero
que era un imposible porque había dado su palabra a otra mujer.
Apykasu
lloró mucho aquel día encerrada en su choza.
Su
padre intentó consolarla pero ella insistía en que estaba
enamorada del extranjero.
Una
voz amiga que Apykasu no
reconoció la sacó de triste llanto. “Ve a ver a la kuña
Paje” murmuró alguien a través de una abertura de la choza
en medio de la noche. Apykasu
salió a ver quien le aconsejaba pero sólo encontró el silencioso
sueño de la aldea.
De
inmediato, Apykasu se puso
en marcha. Al llegar a la casa de la hechicera, Apykasu
encontró que ésta le estaba esperando. “Pensé que ya no vendrías”,
le dijo. “Hace días que estoy esperándote. Cuéntame todo“,
dijo la hechicera acomodándose en su poltrona.
Apykasu
le contó sus desdichas y sus penas paso a paso sin olvidarse de
ningún detalle.
“Es
muy sencillo lo que debes hacer”, dijo la Kuña
Paje.