"no es nada: espuma apenas".
no es nada: espuma apenas.
no es nada: espuma apenas.
No hay torre inexpugnable sin espuma.
Bajáronse los gorriones hasta el fino polvo de esta noble tierra y allí, como sabios
desnudos, sacudiéronse los piojos unos a otros. Más tarde revolvieron el diccionario del
suelo y echaron a vuelo algunas palabras...
EL TRINO
Dicen que el trino es como espuma
y como espuma es usado
maravilla o quilla de nuestra propia nave
que nave entre la espuma
Pero el trino es otra cosa
si hasta se refugia en el aire
si su cavidad sonora forma pocitos en la tierra dura
El trino es otra cosa
no se puede medir en sílabas
es un asunto
en extremo peligroso
porque desde el pico sale con filo mortífero
porque el mortífero filo que le da su pico
limpiando su cuerpo de plumas
lijando el perfil de su trazo
torneando sus dulces abrazos
porque el mortífero filo que le da su pico
su pico
su filo
su pico
el trino es otra cosa
CELEBRACIÓN
A una bandada de trinos
el trino
espuma
del aire
Ni venas batientes tambores de sangre, ni frágiles huesos neumáticos, ni músculos
fibras y enjambres, ni piel infectada de plumas, ni breve latir, ni duna de alas, sólo
una bandada de trinos que azotan, de espumas el aire...
UN PASE DE MAGIA
Ella se sentó, contrajo los brazos y con un suspiro sacudió su cuerpo. Volaba tan
bajo que casi escarbaba la tierra del suelo, negra y contagiada de la noche negra que
había pasado. Pensando volaba. Pero a ras del suelo dejaba la marca de sus
pensamientos.
Volaba y el mate de fiel calabaza, humeaba en el frágil perfume del aire, refugio del
trino... y con un suspiro sacudió su cuerpo y volvió a sentarse.
UTILIDADES
usar
usar las plumas
usar la espuma
usar
el pico usar los huesos
usar las venas
usar los músculos
usar las patas usar la clave
usar cabezas
usar copetes
usar
el vuelo
usar el canto
usar la paja usar el barro
usar el nido
usar
las
ramas
usar los árboles usar las hojas
usar los postes
usar los cables
usar los ojos
usar
la cola usar timones
usar las alas
usar el cielo
usar
EL ÚLTIMO RINCÓN
En el culo del mundo
en el ojete mismo
aquí
aún hay pájaros
con dos alas
y un pico
por delante
pájaros que son
como la espuma
en el ojete mismo
aquí
aún hay árboles
que viven
buscando la espuma
de los ríos
que se perdió en el cielo
en el culo del mundo
aquí
aún puedes encontrar el aire
poblado de espumas
INTERMEDIO EN OTRO PAÍS
Estoy Alicia
en tu país
y maravillas
en la sala
llena de puertas
y ventanas
que precipitan
dentelladas
CANTO A UNA SIRENA
¿Cuál es la lluvia
que debo crear
para tu cielo,
ahora que soy mucho más
que el aguardiente
de tu pelo?
Déjame llover entero
déjame
llover
entero
que las llaves de tu mar
han caído
desde el cielo.
ALGO MÁS SOBRE LA ESPUMA
Escrito en Ninguna Parte
La espuma es polvo bruma niebla agua.
La espuma es ese sueño, el recuerdo borroso del sueño que no estoy
seguro de haber soñado.
La espuma es borra, la espuma pastosa del banquete que me crece en la
boca, esa cosa que nos queda del tiempo es la espuma.
Es, indudablemente, espuma, la honra, la gloria, los apellidos
ilustres, el cielo azul, su intensidad: espuma celestial.
El cielo y las nubes, todas las formas conocidas de nubes y aun
aquellas nubes vivientes que se alzaban con los campos, las mangas de langosta, digo; y
las nubes de colores con las cuales Kurosawa ilustraba la muerte y las nubes terribles, la
de Chernobyl, por ejemplo; y aún las nubes volcánicas que viajan miles de kilómetros en
el lomo del viento para caer sobre el techo de mi auto, pegajosas; y aún el viento así
de transparente y la transparencia en sí, la de los ventanales.
La espuma de tu vientre que se descuelga entre los labios de tu vulva
encendiendo el deseo, el fuego inasible del pecho, el fuego que enciende los bosques y
aún la espuma, la espuma artificial de los detergentes.
La espuma de la boca de la mujer de la que bebo las aguas esenciales.
La espuma, no es una cosa espumosa precisamente sino la estela
invisible del vuelo del pájaro... y la que se va secando en lo alto poco después del
paso de un jet.
La espuma es esa cosa tóxica negra que los ómnibus nos arrojan a la
cara, espuma demencial.
El pequeño valle entre dos cerros está siempre completamente lleno de
la espuma que el tiempo hace rodar por las laderas.
Indudablemente un árbol, un pájaro, un beso, están compuestos en
forma primordial de espuma.
Y lo que queda de mí cuando me voy, te lo digo porque siempre me estoy
yendo, es sólo espuma, mi espuma.
La lana de las ovejas, la que les crece en el cuerpo y la que les fue
cortada, lo de adentro y lo de afuera, las plumas de los gansos, el pelaje del gato que en
la casa flota en la porción de aire que el sol nos marca entrando por la ventanita.
Los olores del zoológico, que son el afuera del adentro sucio de las
bestias.
La chaqueta brillosa del domador de fieras.
La seda gastada de esa chaqueta.
El instante en que saltan los jugadores de fútbol, todos a un tiempo,
pretendiendo alcanzar el balón con sus cabezas.
Un grupo pequeño de árboles abigarrados por el miedo de estar así
solos en medio de la planicie.
Los alambrados con púas para que el ganado no escape, los
electrificados.
Los que separan y los que unen.
Los alambrados que forman rombos casi idénticos y terminan arriba con
varias líneas oblicuas de más púas, no son acaso la espuma del temor.
El caucho de los neumáticos que se va quedando pegado en la calzada
para siempre.
A más de la espuma que el mar nos arroja constantemente, tan bella en
la distancia cuando alcanza el éxtasis en la cima de la ola, tan pordiosera y babosa
sobre la arena sucia de la playa.
A más de esa espuma está la espuma de la que se compone el páncreas,
por mencionar alguna de mis vísceras menos queridas, y la fétida espuma de los desechos
que llevamos dentro y el perfume de las frutas que se pudren bajo la higuera y los mismos
higos caídos cuando los arranco y les devoro el corazón rosado y los hongos de colores
que infectan la herida y los blancos hongos que comen el árbol y el fino aserrín que las
termitas dejan caer de su delirante fiesta de la madera.
La espuma es esto que me ahoga y otra vez me pregunto: ¿si no es de
espuma, de qué otra cosa estamos hechos?
[a Héctor Osvaldo Mazal, junto a quien leí por primera vez este texto]
Fue una noche de septiembre, en los estudios de la radio universitaria de
Posadas, durante el programa "De Cronopios" que él mismo conducía.
FANTASMAS DE LA ESPUMA
(apéndice)
HAMACAS (las hamacas del patio)
Colgar una hamaca es una tarea sencilla para quien lo ha hecho con
frecuencia. Primero hay que encontrar el lugar, es importante ubicar las ramas necesarias
o los puntos donde vamos a atar sus extremos o engancharlos. Pero no se trata sólo de
sujetarla con seguridad y echarse a descansar, hay que tener en cuenta el sitio, los
espacios de circulación que no deben ser obstaculizados por la presencia de la hamaca.
Podría producirse un accidente: alguien, al querer saltar por encima de la tela, podría
engancharse y caer, fracturarse un brazo, la clavícula, la mandíbula o el tabique nasal.
El lugar debe estar limpio, ser accesible: no debe haber plantas espinosas en derredor,
pues hay algunas particularmente ponzoñosas y podrían obligarnos a recurrir al servicio
médico. En fin, para colgar una hamaca hay que ser un urbanista, se los digo yo que no lo
soy y sufrí las consecuencias.
DUNAS (las dunas en el monte)
El cura a un costado del sendero barroso dejaba pasar a los niños. Y
los niños pasaban, en fila india, adentrándose en el istmo por donde cruzaban el
pantano. Para llegar a ese lugar misterioso había que cruzar el pantano. El cura los
había entusiasmado no sólo con el paseo, sino con algo diferente, y los niños pensaban
en algo parecido a la tierra prometida. A medida que cruzaban iban formando una pandilla
de niños por la mitad. Entre la maleza, y con las piernas pintadas de barro hasta la
altura de sus pantalones cortos, ejercían de extraños maniquíes vivientes y flotaban en
el aire del otro lado. Por último cruzó el cura con los zapatos en la mano y se puso a
la cabeza de esa expedición de niños aéreos. Trepaban por el sendero apenas visible,
hasta que en un recodo el cura se detuvo, miró hacia arriba y dijo ¡las dunas! y los
niños salieron volando y se perdieron en las hondonadas.
BARCO (el barco encallado)
Siempre estuvo allí Lo vi durante siete años y medio
Algunos días no Apuntando a la ciudad con su proa roñosa Estaba cerca de
la Aduana Ha de ser por eso que siempre mostraba su nombre Su identidad que
ha pesar del tiempo se mantenía legible. Como yo no soy un experto en barcos, ni mucho
menos No supe si trataba de una fragata o un bergantín o una barcaza o una
carabela o un remolcador o qué se yo que otro tipo de barco Pero nunca nunca nunca
pude desviar su mirada lánguida. Cuando pretendía ignorarlo se calzaba un gesto bien
oscuro y me chistaba diciéndome "ey, ey, mi nombre es Lunaria, ¿se lee
todavía?" Entonces miraba de reojo y veía las letras carcomidas sobre el
casco Rectas Aún con partes blancas sobre el óxido Así anduve
durante esos años Sin poder evitar aquella mirada, nunca supe si dulce o
inquisidora De reproche o calma Hasta que al fin le hice un poema.
NUBES (Las nubes ahora/de pie sobre...)
Te veo en la ventana y a la ventana naciendo apenas un poco más arriba
del tejado vecino. Veo los árboles moviéndose como bailarines ciegos. Veo los tejados
agachándose ante el embate del viento, y casi casi veo a Dios, llorando de miedo. Sí,
los dioses lloran, pero nadie puede verlos. En noches como esta, lloran. En noches como
esta que nacen prematuras sin que nadie pueda evitarlo, ni siquiera Dios. Mientras las
nubes avanzan a velocidades desconocidas, no como nubes, sino como increíbles
transbordadores de colores que aún están por inventarse. ¡Qué cosa!, ahora veo cómo
empiezan a caer las primeras gotas impactando sobre el tejado que tienes ante tu mirada,
las marcas redondas y oscuras al alcance de la mano, ¿será que estoy mirando desde los
balcones de tus ojos?
NUBES (aquellas nubes vivientes)
Cuando madre iba a la escuela, las radios hablaban de la plaga. Y
mientras las radios hablaban de la plaga y mi madre levantaba la mano para responder a una
de las preguntas de la maestra, o simplemente solicitando permiso para ir al sanitario, la
plaga avanzaba.
Primero una mordida, un crujido que mastica. Luego una orquesta,
pequeña, de cámara, llena de mordiscos que se elevan más o menos sonoros en el aire de
las nueve de la mañana. De pronto, el sol, que había comenzado a levantarse, desaparece
de la vista de los mortales, y el sonido de la voracidad aplasta cualquier reclamo. En
pocos minutos pasa la manga de langostas y no queda nada verde. Sólo una calle ancha y
devastada en medio del campo.
La estoy viendo: madre se detiene en el umbral de la puerta y levanta
la mano solicitando ingresar nuevamente al aula.
NUBES (las nubes de colores)
¡Las vueltas que tiene la vida! Si ahora le preguntan por la
película, de lo único que se acuerda es de lo siguiente:
1ro.) que eran varios episodios, no sabe cuántos,
2do.) que en uno de ellos, que se desarrollaba en el futuro, los
hombres habían inventado una forma de dar color a unas nubes mortales, radioactivas tal
vez o hechas de alguna otra cosa mucho más terrible,
3ro.) que había un hombre que moría, no está seguro que fueran más,
pero cree que había otros personajes,
4to.) que estaban parados cerca de la orilla de un mar que no arrojaba
olas sobre la playa,
5to.) que la situación era lúgubre, porque el cielo no era azul o la
copia era mala, no sabe bien,
6to.) que los personajes dialogaban de pie allí pero no estaban
tranquilos, más bien se los veía desesperados y parece que hablaban de la vida y la
muerte, pero no estaban tranquilos, qué raro, porque el autor era un japonés y dicen que
los orientales esperan la muerte en calma, así como los indígenas de algunas tribus
americanas,
7mo.) que uno de los tipos moría, se ahogaba en una nube de color
amarillo parece,
8vo.) que la nube lo atacaba o algo así, y el tipo no podía zafarse,
era algo inevitable como la muerte misma,
9no.) que la nube era la muerte y era de color, ahora no está seguro
si era amarilla o rosada o tal vez era Graógraman.
¡Las vueltas que tiene la vida! Si ahora le preguntan por la película
no se acuerda de casi nada, ya armó la suya propia y quién se la va a quitar de la
cabeza.
NUBES (las nubes volcánicas)
"¿Y esto, qué pasó acá?", dice el hombre en voz alta
mientras mira al cielo y lo único que ve es un manto gris que no responde a su pregunta.
"Está nublado, sí; pero esto no es lluvia. A menos que... sea lluvia ácida. Dicen
que hay, yo nunca vi, ¿será lluvia ácida? ¿hasta ese punto estaremos destruyendo el
planeta?". Ahora el hombre sólo piensa, para hablar con él mismo no hace falta
más. Los vecinos, es evidente que han marchado rumbo a sus trabajos, sus autos no están
alineados junto al cordón de la vereda. Su esposa, sus hijas, duermen aún, o remolonean
que es más o menos lo mismo. El sol, ausente. ¿Con quién hablar? ¿Con el viento
húmedo, con el viejo árbol de la vereda de enfrente, con los adoquines de la calle?
"No, no, no, qué cosa rara esto", dice el hombre mientras toca las extrañas
manchas blancas esparcidas sobre toda la superficie de su auto. "Como si hubiera
llovido leche", agrega y juntando el índice y el pulgar deshace el extraño polvo
que ha quedado pegado a sus dedos. "Voy a tener que limpiar, no me queda otra".
El hombre entra a la casa, busca los elementos de limpieza, está extrañado. La señora
del departamento de arriba escucha que el canal local informa a la población acerca de
las cenizas de un volcán que ha hecho erupción en Chile y que los caprichos del viento
han traído hasta nuestra ciudad. Llama a todos a no alarmarse puesto que la extraña
ceniza blancuzca es inofensiva. La señora se cepilla el pelo mientras habla para sí
misma o para su imagen en el espejo: "Ya no saben que inventar para llamar la
atención, ceniza volcánica en Paraguay, están todos locos".
YVAPOVÕ (Deja pasar el sol
yvapovõ)
Del otro lado del cerco, el árbol se levantaba por encima de todo.
Parecía haber nacido en el lugar justo, en el momento justo, y parecía haber tenido el
buen tino de ubicar sus raíces estratégicamente, cerca de los arroyos subterráneos que
abundan en la zona. "Es característico de la especie", me informó un biólogo
vecino. Se había hecho enorme quién sabe cuántos años antes nadie me lo sabía
decir con exactitud y conservaba su porte a través del tiempo con absoluta
naturalidad. Siempre estaba de verde y cada tanto lucía unos frutos redondos, pequeños,
de color amarillo fuerte, con los cuales atraía a una enorme colonia de pájaros de
diversas especies. Supongo que también es característico de la especie. Al patio de mi
casa brindaba su sombra generosamente con lo cual yo podía colgar la hamaca y disfrutar
el fresco, pero a los árboles de mi patio les escamoteaba el sol. Mi casa y el yvapovõ
compartían la cresta de una de las colinas de la ciudad, y si no fuera por la antena de
un vecino radioaficionado, el enorme árbol hubiese sido algo así como el faro de la
colina. Un día me fui de la casa. No hubo más, los árboles de mi patio no se sublevaron
ante el gigante, no inventaron artificios para destruirlo, no convocaron a los ángeles en
su ayuda, no hubo más. Los árboles de mi patio se fueron secando de a uno pero el
yvapovõ no se apiadó de ellos.
PIANO (El perfecto piano que dibujan)
No sé por qué esa imagen. De todos los fascículos que hojeé me
quedó solo ésa, "así es la cabeza de uno diría mi abuela yo me quedé
con una sola foto de tu madre, fijate. Esa que está en el barco con el gorro de capitán
¿te acordás?". Pero mi abuela no estuvo acá para decirlo. La hilera de árboles,
el sol no. Fuera de cuadro. Pero estaban las sombras que lo nombran, su luz que viene y
choca contra la fronda, contra esa muralla tendida para que el viento del camino no entre
en las plantaciones o para que el viento de las plantaciones no llegue hasta el camino,
vaya uno a saber... Y lo que está apenas: las sombras, una silueta que dura lo que la
luz, un instante, un ratito, un día. Y el sol de ese día el fotógrafo tuvo que
haberlo intuido tenía dotes artísticas, de dibujante y músico, seguro. Porque
usó los árboles para hacer un piano, porque usó el piano para hacer una música
amarilla que lo envolvió todo y enredó la imagen hasta dejarla prendida en mi cabeza.
BANDADA (sólo una bandada de trinos que azotan)
Todo el mundo escuchó que había dicho "andanadas", pero no.
Al abrir la revista me encontré con la verdad. No les miento si les digo que me
desilusioné un poco. Andanadas me parecía una palabra más efectiva, pero ahora
encontraba impresa la palabra "bandadas" y no podía hacer nada. Hecho
consumado. Ahora me enfrasco en otras lecturas, busco otras palabras, trato de no
equivocarme al leer y al escuchar, me concentro e incluso he llegado a grabar lo que
dicen, lo que leen, lo que escriben: las desilusiones no son mi especialidad.
ESTELA (la que se va secando en lo alto)
Por encima del palo borracho quedaba la señal del paso de un avión a
chorro. Se dibujaba en el limpio cielo de la siesta casi todos los días. El palo
borracho, desde donde yo miraba, cortaba en dos la estela del avión. Así de enorme era.
Claro que esos aviones, o ese avión, porque en realidad era el mismo siempre, no eran de
este mundo: cómo iban a llevar a gente de carne y hueso en su interior. El palo borracho
sí era de este mundo, yo veía salir su tronco enorme desde la tierra de mi patio y
alzarse para que el avión a chorro lo viera y no perdiera el rumbo.
VALLE (el pequeño valle entre dos cerros)
En esta zona siempre tengo especial cuidado, no sólo por lo sinuoso
del camino, es que la observo de otra forma. Entonces veo a los topógrafos de pie en
medio del campo, eligiendo las sendas que trazaron los animales, para asentar la cinta de
asfalto que ahora, pasa serpenteando entre las suaves curvas de estos cerros, apenas
verdes. Los topógrafos están allí solos y uno de ellos, usando la mano izquierda como
visera y la derecha para señalar, divisa y advierte a su compañero sobre la presencia de
un hombre a caballo que a lo lejos va. Es la mitad del siglo y el hombre es, en realidad,
apenas un muchacho que acaba de vengar la muerte de su madre con la sangre del asesino,
entonces va, y no piensa en regresar. Eso es lo que vio el topógrafo cuando lo vio. El
muchacho acaba de matar y su acto merece un aplauso. Eso es lo que siente el muchacho
cuando ya hombre saluda desde el escenario sosteniendo apenas el arpa e inclinando la
cabeza.
PLUMAS (las plumas de los gansos)
Entre el hospital y la casa de mi abuela un sólo camino llevaba hacia
el río. El resto era puro monte. Alguna casa de vez en cuando aparecía ante la vista
para recordar al caminante que estaba cerca de la ciudad. La mayoría de los terrenos aún
no se habían loteado. Había una cancha de fútbol de tamaño reglamentario que la
mayoría de los vecinos no sabía quién había trazado. Allí, casi todos los fines de
semana se armaban torneos en los que hasta guardia policial había. Pero pasando la cancha
y yendo hacia el río uno podía encontrarse con una gran cantidad de gansos, algunos de
ellos eran los mismos que una tarde de otoño pero soleada corrieron a mi madre y le
picotearon las piernas cuando aún era una niña.
AIRE (la porción de aire que el sol)
La casita tenía tiene aún techo de paja, pero sobre la
paja, chapas de zinc. El techo de cuatro aguas, con una pendiente bien pronunciada, hace
que las puertas sean mucho más bajas que el estándar. Así, mi abuela, que no se
distingue por su altura, debe pasar agachada por la puerta lateral la más
usada de la casa. Por allí pasó, agachándose, luego de afilar el cuchillo grande
contra el piso de cemento, seguida por los dos gatos. Uno, de pelaje increíblemente largo
a pesar de no ser persa. Los dos, maullando insistentemente después de haber escuchado
el característico chic-chac del acero contra el cemento. Mi abuela entró, agachándose
una vez más, a la pequeña cocina y sobre la tabla cortó un pedazo de hígado en
pequeños trozos que arrojaba al piso y que los gatos, con pases de su extraña y bien
conocida magia, hacían desaparecer en el acto.
A través de la ventanita que daba sobre la mesa, el sol ejercía de
varita mágica.
ALAMBRADOS (los alambrados con púas)
Cuando íbamos caminando a la casa del tío Francisco y de la tía
Coca, debíamos atravesar las vías. Y después de las vías, en diagonal, para acortar
camino, ese campo raso, sin árboles, donde a veces juntábamos flores silvestres. No
pasaban quince días sin que marcháramos hacia allí. Había que dejar atrás dos
alambrados. Las vacas que allí pastaban, tranquilamente, en silencio, llevaban unos palos
de ñandubay atados a las astas. A veces, mientras caminábamos por allí pasaba el tren
echando bocanadas de humo y, con aquellos rústicos accesorios, las vacas no podían
cruzar los alambrados.
ALAMBRADOS
(los alambrados que forman rombos casi idénticos)
La pasionaria (nosotros le decíamos mburucuyá que es su nombre
autóctono), se enroscaba con toda su fuerza al alambrado de la fábrica. Ese era el
límite de mi casa. El alambrado se extendía tenso y recto mucho más allá del final del
patio, la pasionaria no. Se quedaba allí, absorta en la contemplación de las calas
blancas que todos en casa nos encargábamos de regar con aguas de desecho.
HONGOS
(y los blancos hongos que comen el árbol)
Para qué alargar la historia, todos los árboles del patio de la casa
paterna, estaban infectados por esos bichitos blancos. Eran como la ceniza de las calderas
de la fábrica pero al revés, en negativo: una ceniza blanca, y se adherían a los
troncos, nevándolos. De aquellos árboles, no ha quedado ninguno en pie.

NOTA FINAL
De este libro se imprimieron, en el mes de diciembre de 1999, 150 ejemplares que
fueron numerados y firmados por el autor. La edición estuvo en manos de Ukoácho
ediciones, en la ciudad de Asunción, República del Paraguay. La tapa se realizó en
cartulina Vergé y el interior en papel cultural de 80 gramos. La composición se realizó
en el tipo Footlight.
El libro no se comercializó, sino que el autor obsequió un ejemplar a cada uno
de los presentes en el acto de lanzamiento, el cual se realizó el 23 de diciembre en el
local del Café Literario de Asunción.
El 11 de enero más de 50 ejemplares fueron despachados con destino a poetas
amigos del autor en Argentina, Uruguay, Brasil, España y Suecia. Ese mismo día, mientras
los libros esperaban su traslado del Correo Paraguayo al aeropuerto la oficina donde
estaban depositados se incendió y desaparecieron en las llamas.
Es por eso que el autor hoy pone a disposición de los interesados esta versión
informatizada del libro esperando que puedan gozarla de la misma manera que hubiesen
disfrutado del libro objeto.