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La
Oración de la Maestra
de
Gabriela Mistral
¡Señor! Tú que
enseñaste, perdona que yo enseñe; que lleve el
nombre de maestra, que Tú llevaste por la Tierra.
Dame el amor único de mi escuela; que ni la
quemadura de la
belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los
instantes.
Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el
desencanto.
Arranca de mí este impuro deseo de justicia que aún
me turba, la
mezquina insinuación de protesta que sube de mí
cuando me hieren.
No me duela la incomprensión ni me entristezca el
olvido de los
que enseñe.
Dame el ser más madre que las madres, para poder
amar y defender
como ellas lo que no es carne de mis carnes. Dame
que alcance
a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a
dejarte en ella
clavada mi más penetrante melodía, para cuando mis
labios
no canten más.
Muéstrame posible tu Evangelio en mi tiempo, para
que no renuncie
a la batalla de cada día y de cada hora por él.
Pon en mi escuela democrática el resplandor que se
cernía sobre
tu corro de niños descalzos.
Hazme fuerte, aun en mi desvalimiento de mujer, y de
mujer pobre;
hazme despreciadora de todo poder que no sea puro,
de toda
presión que no sea la de tu voluntad ardiente sobre
mi vida.
Material
desarrollado, compilado y revisado por la educadora
Nidia Cobiella (NidiaCobiella@Educar.Org)
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