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Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com) EL SOL ROJO
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| VOCABULARIO | ||||||||||
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Entre los indios mocoretaes había uno, joven,
aguerrido y valiente llamado Igtá (hábil nadador) que amaba a la
más buena y hermosa de las mujeres de su tribu, Picazú (paloma
torcaz), y quería casarse con ella.
Los padres de Picazú consintieron en que se realizase tal
boda; pero siendo necesario para ello la aprobación de la Luna,
llamaron al Tuyá (adivino) de la tribu para que la consultara.
Era una noche plácida y serena. La luz blanca, clara,
brillante y hermosa de la Luna iluminaba los campos y las tolderías
de los indios. Y el Tuyá interpretó:
-Esa luz que nos envía la Luna significa que ella aprueba
satisfecha la boda de Igtá y Picazú.
Entonces, el Jefe de la tribu ordenó a Igtá demostrase a
todos que en verdad era digno y merecedor de tomar compañera.
Para ello debía arrojarse a las aguas de la laguna y nadar
durante largo rato. Después, ir en busca de un gran número de
presas de caza.
Igtá, que era excelente nadador y había cazado mucho
desde su niñez, realizó las pruebas con el mayor éxito, pues
nadó cuanto se lo pidió y trajo entre sus brazos abundante caza.
Las ceremonias de la boda realizáronse una noche, después
de tres lunas. Se encendió una gran hoguera, a cuyo alrededor
todos los indios comían, bebían, bailaban y gritaban, festejando
tan grande acontecimiento.
Pero algo faltaba para que Igtá y Picazú fueran felices:
tener la seguridad de que Tupá, su dios bueno, había aprobado
también la boda. Y esperaron.
¡Cuál no sería su pena y desconsuelo, cuando llegada la
noche siguiente comenzó a caer una copiosa lluvia! Eran las lágrimas
de Tupá las que caían sobre la tribu para significar el
descontento y desaprobación del dios por haberse realizado la unión
de los jóvenes indios.
Igtá y Picazú no podían, pues, continuar unidos
perteneciendo a la tribu. Debían huir y arrojarse a las aguas de
la laguna. Allí había una isla donde moraban todos los que se
habían casado contrariando la voluntad de Tupá. Los dos debían
ir a esa isla para no volver jamás.
Al día siguiente cesó la lluvia. Y por la tarde, a la
hora en que el sol iba a ocultarse en el ocaso, Igtá y Picazú se
arrojaron al agua y comenzaron a nadar.
Los indios de su tribu, reunidos a orillas de la laguna, viéndolos
alejarse lentamente, los injuriaban y maldecían para aplacar el
enojo de Tupá y evitar sus castigos, pues ésta era su creencia.
Igtá, hábil nadador, consiguió nadar buen trecho,
ayudando también a su infortunada compañera. Poco faltaba a Igtá
y Picazú para llegar a la isla sanos y salvos, cuando una nueva
desgracia cayó sobre ellos: Ñuatí (Espina), un guerrero malvado
de la tribu, les arrojó una flecha. Todos los indios lo imitaron,
y entonces fue una lluvia de flechas la que llegó hasta Picazú e
Igtá, quienes, heridos quizás por ellas, desaparecieron de la
superficie de las aguas.
En ese preciso instante el sol, que se hundía en el
horizonte, tomó un intenso color rojo; y su luz tiñó la laguna
e iluminó de rojo los campos y el cielo.
Esto llenó de asombro a los indios, los que, atemorizados,
huyeron velozmente, alejándose de la laguna.
Mientras tanto Igtá y Picazú, ayudados sin duda por Tupá
porque eran buenos, lograban salvarse y llegar a la isla, donde
podrían al fin vivir felices, pues se amaban mucho.
Estas leyendas fueron adaptadas de la Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952 y de "Antología Folklórica Argentina", del Consejo Nacional de Educación, Kraft, 1940.
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