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Material compilado y revisado por
la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)
LEYENDA GUARANÍ
EL
BENTEVEO
Cuando Akitá y
Mondorí se casaron, ocuparon una cabaña construida con
varios horcones clavados en la tierra y cubiertos con
ramas y con hojas de palmera. La nueva oga mí estaba en
plena selva misionera.
Cerca, el gran Paraná pasaba impetuoso formando
pequeños saltos en las piedras que encontraba al paso.
Al morir la madre de Akitá, su padre, que quedara
solo, les pidió albergue en su cabaña y, como buenos
hijos, recibieron con cariño al pobre tuyá a quien la
edad y las enfermedades habían restado energías y
capacidad para trabajar. A pesar de ello él trataba de no
ser una carga para sus hijos, a los que ayudaba en lo que
le era posible.
Para entonces ya había nacido Sagua-á, que al
presente contaba ocho años.
Una de las tareas del abuelo, y que por cierto
cumplía con sumo agrado, era atender al pequeño mientras
sus padres, por su trabajo, se veían obligados a alejarse
de la cabaña.
Grandes compañeros eran el abuelo y el nieto.
Jugando, aquél le enseñaba a manejar el arco y la flecha
y nada había que distrajera más al niño que ir con él
a pescar a la costa del río.
Cuando sus padres volvían, era su mayor orgullo
mostrarles el surubí, el pirayú, el pacú o el patí que
habían conseguido y que muchas veces ya se estaba asando
en un asador de madera dura.
Otras veces, era una vasija repleta de miel de
lechiguana que lograran en el bosque no sin grandes
esfuerzos.
Para el pobre tuyá no había más deseos que los
de su nieto y, aunque a costa de grandes sacrificios,
muchas veces, su mayor felicidad era complacerlo.
Valido de tanta condescendencia, el niño era un
pequeño tirano que no admitía peros ni réplicas a sus
exigencias.
Sólo en presencia de sus padres que, compadecidos
de la incapacidad del abuelo, restringían sus
pretensiones, Sagua-á se reprimía.
A medida que el tiempo transcurría, las fuerzas
fueron abandonando al pobre viejo que ya no podía llegar
hasta la orilla acompañando a pescar a su nieto, ni hasta
el bosque a recoger dulces frutos o miel silvestre.
Pasaba la mayor parte de su tiempo sentado junto a
la cabaña, haciendo algún trabajo que su poca vista le
permitía: tejiendo cestos de fibras vegetales o puliendo
madera dura que transformaba en flechas o en anzuelos para
su nieto.
Sagua-á correteaba sin cesar, alejándose de la
oga mí con cualquier pretexto y dejando solo y librado a
sus pocas fuerzas al abuelo, que nada decía por no
contrariar al niño ni privarlo de sus diversiones.
Cuando los padres regresaban, encontraban siempre a
su hijo junto al abuelo, de modo que, confiados en que el
niño no se movía de su lado, dejaban tranquilos la cabaña
para cumplir su trabajo en el algodonal.
El anciano, por su parte, jamás había dicho una
palabra que pudiera delatar al cuminí, ni intranquilizar
a sus hijos.
Pero sucedió que un día, Sagua-á se detuvo más
que de costumbre en sus correrías por el bosque con otros
niños de su edad y al llegar Akitá y su tembirecó
Mondorí a la cabaña, hallaron al abuelo que no había
probado alimento por no haber tenido quien se lo
alcanzara.
Sus piernas ya no le respondían y era incapaz de
moverse sin la ayuda de otra persona.
Indignado Akitá quiso conocer el comportamiento de
su hijo en días anteriores, haciendo preguntas al abuelo;
pero éste, pensando siempre en el nieto con benevolencia
y cariño, contestó con evasivas, evitando acusarlo y
encontrando en cambio disculpas que justificaron su
alejamiento.
Cuando Sagua-á llegó corriendo y sofocado,
tratando de adelantarse al arribo de sus padres, Akitá lo
reprendió duramente, enrostrándole su mal proceder, su
falta de piedad y de agradecimiento hacia el pobre abuelo
que tanto le quería y que no había hecho otra cosa que
complacerlo siempre.
Sagua-á nada respondió. Bajó la cabeza y su
rostro adquirió una expresión de ira contenida. En su
interior no daba la razón a su padre sino que, por el
contrario, juzgaba injusto su proceder. ¿Por qué él,
sano y fuerte, que podía correr por el bosque, trepar a
los árboles, recoger frutos y miel silvestre, o llegar a
la costa, echar el anzuelo y pescar apetitosos peces, debía
quedarse allí, quieto, junto a una persona inmóvil? ¿Acaso
al abuelo, cuando podía caminar, no le gustaba acompañarlo
en sus excursiones? ¿Qué culpa tenía él, ahora, de que
no pudiera hacerlo? Y en último caso, si no podía
caminar, que se quedara el abuelo en la cabaña, que él,
por su parte, nada podía remediar quedándose también.
El tirano egoísta había aparecido en estas
reflexiones, que si bien no exteriorizó con palabras, lo
decían bien a las claras su ceño fruncido y su expresión
airada que en ningún momento trató de disimular.
Desde entonces, varios días se quedó la madre en
la cabaña. El padre iba solo a trabajar.
El abuelo se había agravado y ya no podía
abandonar el lecho de ramas y de hojas de palma.
Era necesario atenderlo y alcanzarle los alimentos,
pues él era incapaz de moverse por su voluntad.
Ese día muy temprano, cuando las estrellas aun
brillaban en el cielo, Akitá salió a trabajar. Su
tembirecó iría algo más tarde pues era imprescindible
su ayuda ese día. Sagua-á quedaría cuidando al abuelo.
Cuando despuntaba la aurora, Mondorí consideró
que era hora de salir. Antes de hacerlo, despertó a su
hijo que dormía profundamente.
El niño se despertó de mala gana, refregándose
los ojos con el dorso de sus manos. Malhumorado al tener
que dejar el lecho tan temprano, respondió irritado al
llamado de la madre:
-¡Qué quieres! ¿No puedes dejarme dormir?
-No seas egoísta, Sagua-á. Tu abuelo no puede
quedar solo y además es necesario atenderlo. Su
enfermedad le impide moverse por su voluntad y es justo
que se lo cuide. Tu padre y yo debemos trabajar y tú
tienes la obligación de dedicarte al pobre abuelo
enfermo.
-¿Por qué tengo que atenderlo? -insistió
iracundo-. ¡Yo había decidido ir al río a pesacr y por
culpa de él debo quedarme acá como si estuviera
prisionero! ¡Ya he preparado la igá y yo iré a pescar!
¡El abuelo no necesita nada!
-¡No seas malo, Sagua-á! Recuerda que tu abuelo
fue siempre muy bueno contigo y que sólo bondades y mimos
has recibido de él. Ahora te necesita, ¡es justo que le
dediques tu atención! ¡Te prohíbo que te muevas de
casa! ¡Ya irás a pescar cuando hayamos vuelto tu padre y
yo!
-¿Exiges que me quede? Muy bien... ¡me quedaré!
¡Pero te aseguro que no me obligarán a hacerlo otra vez!
-concluyó amenazante el desesperado Sagua-á.
Triste se fue Mondorí al reconocer los
sentimientos mezquinos que dominaban a su hijo.
Mientras iba caminando, pensó en Sagua-á cuando
era pequeñito y recordó la bondad que albergaba entonces
su corazón...
Con su manecita tierna acariciaba a los animalitos
que se acercaban a la cabaña en busca de alimento y a los
que era capaz de dar lo que él estaba comiendo... Y no
olvidaba el día cuando, entre dos de sus deditos traía
una florecilla silvestre cortada por él mismo que le
entregó mirándola con expresión tan alegre y orgullosa
como si le hubiera dado un tesoro...
¡Cómo había cambiado su hijo! ¡Qué malos
sentimientos se habían apoderado de su alma! ¿Cuál sería
la causa de este cambio?
Temió la madre por él. Tupá, el Dios que
premiaba a los buenos, no dejaba sin castigo a los malos.
¿Qué tendría reservado para Sagua-á?
Dominada por tan tristes pensamientos hizo el
camino hasta la plantación de algodón, donde su marido
ya estaba trabajando desde tan temprano, y lamentó que la
inminencia de la recolección no le hubiera permitido
quedarse junto al abuelo enfermo. No tenía confianza en
que Sagua-á le prestara la atención necesaria.
Mientras tanto, allá, en la cabaña de la selva
misionera, su triste presentimiento se cumplía.
Sagua-á obedeció a su madre: no se movió de la
casa; pero se dedicó a arreglar sus útiles de pesca y a
preparar los elementos que utilizaría al día siguiente
cuando pudiera ir al río como él deseaba.
Del pobre abuelo ni se acordó siquiera.
En cierto momento oyó que lo llamaba con voz débil
y entrecortada:
-¡Sagua-á...! ¡Sa... gua...á...!
Malhumorado el niño al verse molestado e
interrumpido en su ocupación de mala gana respondió:
-¿Qué quieres? ¡Ya voy!
Pero ni se movió.
El anciano, mientras tanto, se debatía en su lecho
con un desasosiego que crecía por momentos.
Sagua-á oyó que lo volvía a llamar:
-¡Ven... Sa...gua...á...! ¡Ven... por...
favor...!
Acudió por fin el niño de mala gana. Cuando
estuvo junto al inimbé donde yacía el enfermo, airado
volvió a preguntar:
-¿Qué quieres?
-¡Alcánzame un poco de agua...!
-¿Tu vida se apaga? ¿Se apaga como un cachimbo?
-y continuó riendo divertido por la gracia que le habían
hecho sus propias palabras.
-Sí... mi vida se apaga... como un pito güé...
Alcánzame un poco de agua... Hazme ese favor...
Pero el desalmado, sólo pensaba en reír y repetía
sin cesar:
-Pito güé... Pito güé...
El viejo, mientras tanto, llegados sus últimos
momentos, con los labios resecos, vencido por una sed abrasadora,
expiró.
Al mismo tiempo el niño, que asistía impasible a
la escena, continuaba repitiendo las palabras que le habían
hecho tanta gracia:
-Pito güé... Pito güé...
Nada le hizo pensar en la transformación que se
producía en esos momentos en él.
Su cuerpo se achicaba, se achicaba más y más,
cubriéndose de plumas de color pardo. Su cabeza, ya pequeñita,
se alargaba y su boca se transformaba en un pico con el
que hallaba cierta dificultad para seguir gritando:
-Pito güé... Pito güé...
Momentos después, en la cabaña, sobre su lecho de
palma yacía exánime el anciano, mientras en un rincón,
junto a la ventana, un pájaro de lomo pardo y pecho
amarillo, que tenía una mancha blanca en la cabeza, no
cesaba de repetir:
-Pito güé... Pito güé...
Era Sagua-á, que, castigado por su egoísmo y su
mal proceder, fue transformado en ave por uno de los
genios buenos que enviaba Tupá a la tierra. Ellos eran
los encargados de premiar a los buenos y dar, a los malos,
su merecido.
Cuando Akitá y Mondoví volvieron, encontraron al
anciano muerto en su inimbé.
En el momento de entrar, un pájaro de plumaje
pardo y amarillo voló pesadamente, saliendo de la
habitación por la abertura de la puerta.
Una vez en el exterior, parado en una rama del
jacarandá que crecía junto a la cabaña, no dejaba de
gritar con tono lastimero:
-Pi...to güé... Pi...to güé... Pi...to güé...
Este, decían los guaraníes, había sido el origen
de nuestro benteveo, al que ellos llamaban pito güé,
imitando su grito, en el que creían ver reproducidas las
palabras que causaran tanta gracia al pequeño egoísta
cuando las oyó de labios del abuelo moribundo.
Referencias
El benteveo es un
pájaro americano de treinta centímetros de longitud más
o menos.
Tiene el lomo y la cola de color pardo verdoso; la
cabeza negra con dos listas blancas, que, partiendo del
pico, adornan ambos lados de la cara; la garganta y parte
del pecho son blancos; el resto de este último y el
abdomen ostentan un color amarillo vivo, color que luce
también en el copete, que termina en negro.
El pico, de color negro, lo mismo que las patas, es
tan largo como la cabeza, terminando en un gancho bien
pronunciado.
Las alas, alargadas, llegan hasta la mitad de la
cola, que es, asimismo, alargada y además cuadrada.
Aunque se alimenta también de lombrices y de otros
gusanos, es animal insectívoro, causa por la cual difícilmente
puede vivir en cautividad.
Prefiere atrapar los insectos al vuelo, o bien de
las ramas y de las hojas.
Construye su nido, grande, en forma esférica, con
lanas, ramitas y pajas en horquetas o en las ramas de los
árboles, colocándole la entrada al costado. Pone huevos
de color amarillento con manchas parduscas.
Vive en lugares donde hay arboleda, generalmente
cerca de poblaciones.
Su vuelo es recio, alcanzando mayores alturas que
otros pájaros.
Es muy valiente, capaz de hacer frente a algunas
aves rapaces, de las que se defiende con valor y a las que
obliga a alejarse de las cercanías de su nido,
favoreciendo así a otras aves indefensas y hasta a las
aves de corral.
Su grito agudo y prolongado, en el que algunos
creen oír: benteveo, otros pitogüé, o bichofeo, pitaguá,
quetubí, pitojuán y otros, es el que da origen al nombre
que lleva y que varía según las diferentes regiones que
habita.
En nuestro país vive desde Buenos Aires, San Luis
y Mendoza hasta el límite norte, de Jujuy a Misiones.
En algunos lugares se tiene la creencia que cuando
el benteveo grita al mediodía, junto a una casa, avisa la
llegada de gente inesperada: parientes, amigos o personas
extrañas.
En otras partes atribuyen su grito cerca de una
casa a un anuncio de nacimiento.
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